Ralph Waldo Emerson

RALPH WALDO EMERSON

Si alguno de los norteamericanos aquí antologados merecen el nombre de pensador, éste es Emerson, y no porque pensara más que otros, ni mejor o más rigurosamente, sino porque dedicó su vida única y exclusivamente a pen­sar y a comunicar su pensamiento. Éste, como conviene al descendiente de una larga línea de ministros y predicadores, es, fundamentalmente, moral. Es decir que su principal preocupación no es el conocimiento del mundo o del hombre, sino la debida relación del hombre con el mundo.

Nacido en 1803, en Boston, tercer hijo del reverendo William Emerson, estudió teología en Harvard y recibió autorización para predicar en 1826; sin embargo la tuberculosis -y su propia inseguridad respecto de su vocación-lo obligaron a suspender temporalmente sus planes y no fue sino hasta 1829 que se ordenó como ministro protestante. Poco después se casó, para enviu­dar dos años más tarde y, quizá deprimido y más inseguro que nunca, aban­donó su ministerio y viajó a Europa, donde conoció a Carlyle, Coleridge y Wordsworth. A su regreso inició su carrera como conferencista y se casó por segunda vez. Su fama comenzó con la publicación de Natureen 1836; éste es también el año en que se celebra la primera reunión de los "trascendentalis-tas", movimiento filosófico con el cual se lo identifica y del cual es el princi­pal exponente. El resto de su vida se lo pasó escribiendo ensayos y dictando conferencias hasta su muerte, en 1882, en el pueblo de Concord, del cual provenía su familia.

El pensamiento de Emerson no constituye un sistema filosófico estructu­rado ni riguroso. De hecho, un cuidadoso análisis descubriría contradiccio­nes difíciles de resolver, que salva en una primera lectura su elocuencia y convicción. Es difícil, sin embargo, rechazar ciertas posiciones suyas, por am­biguas que parezcan, porque en última instancia se fundan en la fe instinti­va del hombre posrenacentista en la fuerza de su ego individual. No de otra manera se explica que resulte convincente, y haya sido tan bien recibida, una filosofía que insiste al mismo tiempo en la profunda unidad e identidad aní­mica de todo lo creado y en la estricta independencia y autonomía del indi­viduo.

De hecho el principio dominante en la filosofía de Emerson no es, qui­zás, el de la identidad subyacente de la humanidad, que evoluciona por ins­piración divina hacia metas divinas, sino su demanda de que cada cual pien­se y actúe por sí mismo y asuma la responsabilidad de su salvación individual, desentendiéndose de la comunidad... que debe, evidentemente, buscar su propia salvación, no como comunidad, sino como suma de individuos que buscan cada uno su propia salvación.

Es este aspecto de su pensamiento el que triunfa dentro de la ideología norteamericana. El famoso concepto del self-reliance o confianza en sí mis­mo, o autodependencia, que, en el fondo, no es otra cosa que el movimiento de rechazo surgido ya a mediados de la Edad Media contra el magister dixit o fe ciega en la autoridad establecida, se convirtió, mediante una repetición deformada, autorizada en parte por las posiciones de los mismos "trascen-dentalistas", en un rechazo a cualquier apoyo del Estado que, a la larga, im­plica el cuestionamiento de la moralidad misma del seguro médico, el segu­ro de desempleo, las pensiones a los jubilados, etcétera. Según esta tesis el norteamericano tiene la obligación moral de valerse por sí mismo y repu­diar, no sólo cualquier intervención o asistencia del Estado, sino también otras formas de apoyo mutuo, tales como la sindicalización. Pero esta defor­mación tardía del pensamiento de Emerson no invalida, de ninguna manera, su obra. Esta desborda ampliamente los aspectos aquí señalados, y el lector comprenderá que en el brevísimo espacio de esta introducción es imposible hacerle justicia. Además, el mensaje filosófico o ético original de Emerson sigue mereciendo nuestra atención, y no sólo en las sociedades de tipo tra­dicional, sino también en el mundo contemporáneo, donde las conciencias son manipuladas por los medios de difusión y "pensar por sí mismo" resul­ta un consejo o lema tan importante o más que el "conócete a ti mismo" de Sócrates. 

el intelectual americano 

Señor presidente, señores, los saludo al reanudarse nuestro año lite­rario. Nuestro aniversario es uno de esperanza, y, quizás, de insufi­ciente trabajo. No nos reunimos para competir en fuerza o destreza, para recitar historias, tragedias y odas, como los antiguos griegos; pa­ra parlamentar sobre amor y poesía, como los trovadores; ni para hacer avanzar la ciencia, como nuestros contemporáneos en las capi­tales británicas y europeas. Hasta ahora nuestro día de fiesta ha sido sencillamente un signo amistoso de que sobrevive el amor a las letras en un pueblo demasiado ocupado para dedicarles otra cosa. Como tal es precioso por ser la señal exterior de un instinto indestructible. Tal vez ha llegado el tiempo en que deba ser, y será, algo más; en que el perezoso intelecto de este continente mirará por debajo de sus pár­pados de hierro y cumplirá las aplazadas esperanzas del mundo con algo mejor que los esfuerzos de la habilidad mecánica. Se acerca a su fin el día de nuestra dependencia, el fin del largo periodo en que he­mos sido aprendices sujetos a la sabiduría de otras tierras. Los millo­nes que nos rodean se apresuran a la vida, y no se los puede alimen­tar siempre con los restos resecos de cosechas extranjeras. Surgen acontecimientos, acciones, que han de ser cantados, que cantarán ellos mismos. ¿Quién puede dudar de que la poesía revivirá para encabezar una nueva era, así como, según los astrónomos, la estrella de la cons­telación Harp, que ahora resplandece en nuestro cénit, será algún día la estrella polar durante mil años?

Alentado por esta esperanza acepto el tema que no sólo la costum­bre sino la naturaleza de nuestra asociación parece prescribir para es­te día: El intelectual americano. Año tras año venimos aquí a leer un ca­pítulo más de su biografía. Preguntemos qué luz han arrojado sobre su carácter y sus esperanzas los nuevos tiempos y los acontecimientos más recientes.

Según una de esas fábulas que nos traen, desde una antigüedad desconocida, una sabiduría inesperada, los dioses, en un principio, dividieron al Hombre en hombres, para que pudiera serse más útil a sí mismo; de la misma manera en que la mano fue dividía en dedos, para mejor responder a su finalidad.

La vieja fábula encubre una doctrina que es siempre nueva y subli­me; que hay Un Hombre presente en cada hombre particular tan só­lo parcialmente, o a través de una sola facultad; y que hay que tomar a toda la sociedad para encontrar al hombre completo. El Hombre no es un labrador, ni un profesor ni un ingeniero, sino que es todos ellos. El Hombre es sacerdote, y estudiante, y estadista, y productor, y soldado. En el estado dividido o social, estas funciones están repar­tidas en individuos; cada uno de los cuales se esfuerza por hacer su parte del trabajo conjunto, mientras cada uno de los demás hace el suyo. La fábula implica que el individuo, para poseerse a sí mismo, debe algunas veces volverse de su propio trabajo para abrazar el de los demás trabajadores. Pero, por desgracia, esta unidad original, es-


ta fuente de poder, ha sido distribuida de tal manera entre la multi­tud, ha sido tan menudamente subdividida y alquilada, que se ha de­rramado en gotas, y es imposible juntarla. El estado de la sociedad es uno en que los miembros han sido amputados del tronco y deambu­lan orondamente como otros tantos monstruos: un buen dedo, un cuello, un estómago, un codo, pero jamás un hombre.

El hombre está así transformado en cosa, en muchas cosas. El cam­pesino, que es el Hombre enviado al campo a conseguir alimento, pocas veces se alegra con la idea de la verdadera dignidad de su mi­nisterio. Ve su fanega y su carreta, y no ve nada más allá, y se hunde en el campesino, en vez de ser El Hombre que trabaja en el campo. El comerciante casi nunca da a su trabajo un valor ideal, sino que es­tá atosigado e inmerso en la rutina de su oficio, y su alma sometida a los dólares. El sacerdote se convierte en rito; el abogado en un libro de estatutos; el mecánico en máquina; el marinero en una soga del barco.

En esta distribución de funciones el intelectual es el intelecto de­legado. En el estado verdadero es El Hombre Que Piensa. En el estado degenerado, cuando es ya la víctima de la sociedad, se convierte en un mero pensante, o, todavía peor, en un loro que repite el pensa­miento de otros hombres.

En esta visión de él, la del Hombre Que Piensa, está contenida la teoría de su cargo. A él solicita la naturaleza con todos sus plácidos, sus admonitorios cuadros; a él instruye el pasado; a él invita al futu­ro. ¿No es, en realidad, todo hombre un estudiante, y, no existen to­das las cosas para bien del estudiante? Y, finalmente, ¿no es el verda­dero estudiante el único verdadero maestro? Pero, en palabras del viejo oráculo, "Todas las cosas tienen dos asas: cuidado con tomar la que no corresponde." También en la vida, con demasiada frecuencia, el intelectual se equivoca con la humanidad y pierde su privilegio. Veámoslo en su escuela, y considerémoslo con referencia a las prin­cipales influencias que recibe.

Entre las influencias que actúan sobre la mente la primera en el tiempo y la primera en importancia es la de la naturaleza. Día tras día, el sol; y, después de que se pone, la noche con sus estrellas. Los vien­tos soplan siempre; el pasto crece siempre. Día tras día, hombres y mujeres, conversan, contemplan y son contemplados, dan y reciben agradecidos. El estudioso es, entre todos los hombres, a quien más absorbe este espectáculo. Tiene que juzgar mentalmente su valor.

¿Qué es para él la naturaleza? No hay jamás un principio, no hay ja­más un fin a la inexplicable continuidad de este tejido de Dios, sino siempre un poder circular que regresa a sí mismo. En eso se parece a su propio espíritu, cuyo principio, cuyo fin, no puede encontrar ja­más -tan entero, tan ilimitado es. Además, por lejos que resplandez­can sus maravillas, lanzándose sistema tras sistema como rayos, hacia arriba, hacia abajo, sin centro, sin circunferencia, en masa y en par­tícula, la naturaleza se apresura a rendir cuentas de sí misma a la men­te. Comienza la clasificación. Para la mente joven cada cosa es indivi­dual, se yergue en sí misma, aislada. Poco a poco, descubre cómo unir dos cosas y ver en ellas una misma naturaleza; luego tres, luego tres mil; y así, siempre tiranizada por su propio instinto unificador, sigue atando unas cosas con otras, reduciendo la importancia de las ano­malías, descubriendo raíces subyacentes que corren bajo el suelo, por medio de las cuales cosas contrarias y remotas confluyen y florecen en un solo tallo. Al rato descubre que desde la aurora de la historia ha habido una constante acumulación y clasificación de datos. ¿Pero qué es la clasificación sino el percibir que estos objetos no son caóti­cos, y no son extraños entre sí, sino que obedecen una ley que rige también a la mente humana? El astrónomo descubre que la geome­tría, abstracción pura de la mente del hombre, es la medida de los movimientos planetarios. El químico descubre proporciones justas y un método inteligible en toda la materia; y la ciencia no es otra cosa sino el descubrimiento de analogías, de identidades, en las partes más remotas. El alma ambiciosa se sienta ante cada dato refractario; uno tras otro reduce todas las extrañas constituciones, todos los nuevos poderes, a su específica clase y a su propia ley, y sigue siempre en su tarea de animar a la última fibra de la organización, a la orla de la na­turaleza, con la luz del entendimiento.

Es así como a este alumno, bajo el domo inclinado del día, se le in­sinúa que él y ella proceden ambos de una sola raíz; uno es hoja, otro flor; la relación, la simpatía, se agitan en cada fibra. ¿Yqué es esa raíz? ¿No es acaso el alma de su alma? Pensamiento demasiado atrevido; sueño desorbitado. Y sin embargo, cuando esta luz espiritual haya re­velado la ley de naturalezas más terrestres [que ella], cuando haya aprendido a adorar al alma, y a ver que la filosofía natural que ahora tenemos, es tan sólo el primer tentaleo de su gigantesca mano, alen­tará la esperanza de un conocimiento siempre en expansión como quien contempla a un creador en proceso de llegar a ser. Verá que la naturaleza es la imagen reflejada de su alma, que le responde parte por parte. Uno es sello y otro impresión. La belleza natural es la be­lleza de su propia mente. Sus leyes son las leyes de su propia mente. La naturaleza se convierte entonces para él en la medida de sus lo­gros. Lo que le falta por saber de la naturaleza es lo que le falta por poseer de su propia mente. Y, en suma, que el antiguo precepto de "Conócete a ti mismo" y el moderno de "Estudia la naturaleza" se con­vierten al fin en una sola máxima.

La siguiente gran influencia en el espíritu del intelectual es la men­te del pasado, en cualquier forma -literatura, arte, instituciones- en que esté inscrita dicha mente. Los libros son el mejor ejemplo de la influencia del pasado, y tal vez la mejor manera de llegar a la verdad -la forma más conveniente de averiguar el caudal de esta influencia-sea considerar únicamente el valor de los libros.

La teoría de los libros es noble. El intelectual de la primera edad recibió en sí mismo al mundo circundante; reflexionó sobre él; le dio una nueva disposición en su propia mente, y volvió a pronunciar o emitirlo. Llegó a él como vida; salió de él como verdad. Llegó a él en actos vitales de breve duración; salió de él en pensamientos inmorta­les. Llegó a él en negocios; salió de él en poesía. Era un dato muer­to; ahora es un pensamiento vivo. Ahora se tiene sobre sus propios pies, camina. Ahora perdura, vuela, inspira. En precisa proporción con la profundidad de la mente de la cual salió, tan alto vuela, tan lar­go tiempo canta.

O bien, podría decir que depende de cuánto ha avanzado el pro­ceso de transmutar a la vida en verdad. Mientras más completa la des­tilación, más puro e imperecedero será el producto. Pero ninguno es del todo perfecto. Así como ninguna bomba de aire puede, por nin­gún medio, hacer un vacío perfecto, así tampoco puede ningún ar­tista excluir enteramente lo convencional, lo local, lo perecedero de su libro, ni escribir un libro de pensamiento puro, que sea tan eficaz, en todos aspectos, para una posteridad remota, como para sus con­temporáneos, o más bien para la segunda edad. Cada edad, descubri­mos, üene que escribir sus propios libros; o más bien, cada generación los de la siguiente. Los libros de un periodo más antiguo no servirán para el actual.

Sin embargo, de aquí se origina un grave daño. La sacralidad que se adhiere al acto de creación, al acto de pensamiento, se transfiere al registro o asentamiento del mismo. Se sentía que el poeta en el ac­to de cantar era un hombre divino: de allí en adelante el canto tam­bién se considera divino. Que el escritor era un espíritu justo y sabio: se decide que el libro es perfecto; de la misma manera que el amor al héroe se corrompe y transforma en adoración de la estatua. Instan­táneamente el libro se vuelve venenoso: el guía se convierte en tira­no. La mente perezosa y pervertida de la muchedumbre, lenta para abrirse a las incursiones de la Razón, una vez abierta, habiendo acep­tado este libro, se levanta y planta sus pies en él y se pone a gritar si se lo menosprecia. Se edifican sobre él universidades. Escriben libros sobre él, no Hombres Que Piensan, sino pensantes [de profesión]; es decir, hombres de talento que comienzan mal, que parten de dogmas aceptados, y no de su propia visión de los principios. Se crían en las bibliotecasjóvenes tímidos, que creen que es su deber aceptar las opi­niones de Cicerón, de Locke, de Bacon; olvidando que Cicerón, Loc-ke y Bacon no eran sino jóvenes que leían en bibliotecas cuando es­cribieron esos libros.

Tenemos así, en vez del Hombre Que Piensa, a la rata de bibliote­ca. Tenemos así a la clase-que-aprende-de-libros, que aprecia a los li­bros por ser tales; no porque se relacionan con la naturaleza y con la constitución humana, sino como si constituyeran una especie de Ter­cer Estamento con el mundo y el alma. Este es el origen de los restau­radores de textos, de los enmendadores y comentadores, los biblió­manos en cualquier grado.

Los libros, si bien se usa de ellos, son lo mejor que hay; si mal, son lo peor. ¿Cuál es el uso correcto? ¿Cuál el fin único que todos los me­dios se encaminan a lograr? No sirven para otra cosa sino para inspi­rar. Más me vale no ver jamás un libro, que ser seducido y torcido por su atracción lejos de mi propia órbita, convertido en un satélite en vez de un sistema. Lo único que hay en el mundo de valor, es el alma activa. A ésta todo hombre tiene derecho; todo hombre la posee, aun­que en la mayoría de los hombres esté obstruida, y como nonata. El alma activa ve la verdad absoluta y pronuncia la verdad, o bien crea. En este acto se identifica con el genio; genio que no es privilegio de uno que otro favorito, sino el estado saludable de cualquier hombre. En su esencia es progresista. El libro, la universidad, la institución pa­ra la enseñanza de las artes, el instituto de cualquier tipo, se detienen en algún pronunciamiento del genio pasado. Esto es bueno, dicen, atengámonos a ello. Me traspasan con un alfiler. Miran hacia atrás y no hacia adelante. Pero el genio mira hacia adelante: los ojos del hombre están puestos en su frente, no detrás de su cabeza; el hom­bre espera; el genio crea. Sean cuales sean sus talentos, si el hombre no crea, el puro eflujo de la Deidad no es suyo, puede haber cenizas y humo, mas no llama. Hay costumbres creadoras, hay acciones crea­doras, y palabras creadoras; costumbres, acciones, palabras, es decir, que no remiten a ninguna [anterior] costumbre o autoridad, sino que surgen espontáneas del sentido que tiene de lo bueno y de lo justo la propia mente.

En cambio, en vez de ser su propio visionario, dejad que reciba de otra mente su verdad, así fuera en torrentes de luz, sin periodos de so­ledad, de cuestionamiento, de recuperación de sí mismo, y le habréis hecho un servicio fatal. El genio es siempre el enemigo del genio por exceso de influencia. La literatura de todas las naciones atestigua la verdad de lo que digo. Hace ya doscientos años que los poetas dramá­ticos de Inglaterra shakespearizan.

Es indudable que hay una manera buena de leer, con tal de que esté severamente subordinada. El Hombre Que Piensa no debe ser sojuzgado por sus instrumentos. Los libros son para los tiempos de ocio del estudioso. Cuando puede leer directamente a Dios sus ho­ras son demasiado preciosas para ser malgastadas en transcripcio­nes de las lecturas de otros hombres. Pero cuando llegan los inter­valos de oscuridad, y tienen que llegar -cuando se oculta el sol y las estrellas pierden su brillo-, nos volvemos a las lámparas que fueron encendidas por sus rayos, para guiar de nuevo nuestros pasos al Oriente, donde está la aurora. Escuchamos, para poder hablar. El proverbio árabe dice, "Una higuera, contemplando a una higuera, comienza a dar fruto."

Es notable el carácter del placer que obtenemos de los mejores li­bros. Nos impresionan con la convicción de que es una misma la na­turaleza que escribió y la que lee. Leemos los versos de uno de los gran­des poetas ingleses, de Chaucer, de Marvell, de Dryden, con la alegría más moderna -es decir, con un placer ocasionado en gran medida por la abstracción de todo tiempo en sus versos. Hay cierto azoro mezclado con eljúbilo de nuestra sorpresa cuando este poeta, que vivió en algún mundo pasado, hace dos o trescientos años, dice algo que está cerca de mi propia alma, algo que yo mismo había casi pensado o dicho. Si no fuera por la prueba que esto ofrece de la doctrina filosófica de la iden­tidad de las mentes, supondríamos que hay una armonía preestable­cida, una previsión respecto de las almas futuras y preparativos para satisfacer sus futuras necesidades, como en el caso de los insectos, que antes de morir almacenan alimentos para las larvas que jamás verán.

No me dejaría yo llevar demasiado apresuradamente por ningún amor a la sistematización, por ninguna exacerbación de los instintos, a subestimar al Libro. Todos sabemos que, así como el cuerpo huma­no puede ser nutrido con cualquier alimento, así sea yerba hervida o caldo de zapatos, así también la mente humana puede ser alimenta­da por cualquier conocimiento. Y han existido hombres grandes y he­roicos que casi no tuvieron más información que la que les dio la pá­gina impresa. Sólo que yo diría que se necesita una cabeza fuerte para soportar tal dieta. Uno tiene que ser un inventor para leer bien. Co­mo dice el proverbio, "Aquel que quiere traer a casa la riqueza de las Indias tiene que salir de casa con la riqueza de las Indias." Hay, pues, una lectura creadora tanto como una escritura creadora. Cuando la mente está fortalecida por el trabajo y la invención, la página de cual­quier libro que leamos se vuelve luminosa y pletórica de alusiones. Cada oración es doblemente significativa, y el sentido de nuestro autor es tan amplio como el mundo. Vemos entonces algo que es siem­pre cierto: que, siendo breve e infrecuente la hora de iluminación del visionario entre los pesados días y meses, su registro ocupa, quizá, la menor parte de su volumen. Los que tienen discernimiento leerán, en su Platón o en su Shakespeare, sólo esa parte mínima -sólo los au­ténticos pronunciamientos del oráculo-, todo el resto lo rechazan, así fuera una y mil veces de Platón o de Shakespeare.

Por supuesto que hay lecturas completamente indispensables para un hombre sabio. La historia y las ciencias exactas tiene que apren­derlas mediante una laboriosa lectura. Las universidades también tie­nen su función indispensable: la de enseñar los elementos fundamen­tales del conocimiento. Pero sólo pueden servirnos altamente cuando no se proponen someternos a un entrenamiento rutinario, sino crear; cuando recogen a distancia todos los rayos de los diversos genios en sus hospitalarias aulas y, mediante tal concentración de fuegos, pren­der la llama en los corazones de la juventud. El pensamiento y el co­nocimiento son naturalezas en las cuales el aparato y la pretensión no valen nada. Ni las togas y birretes, ni las dotaciones pecuniarias, así fueran éstas de ciudades de oro, pueden jamás equivaler a la menor frase o sílaba de inteligencia. Si olvidáis esto, nuestras universidades americanas irán perdiendo importancia pública a medida que se en­riquecen cada año.

Corre por el mundo la idea de que el estudioso debe ser un reclu­so, un hombre físicamente débil -tan inadecuado para cualquier tra­bajo manual o labor pública como un cortaplumas para el trabajo de un hacha. Los llamados "hombres prácticos" desprecian a los hom­bres especulativos, como si, por el hecho de que especulan o ven, no pudieran hacer nada. He oído decir que a los clérigos -que son siem­pre, más umversalmente que ninguna otra clase de hombres, los es­tudiosos de su día- se les dirige la palabra como a damas; que no oyen la conversación ruda y espontánea de los hombres sino sólo un len­guaje diluido y falsamente refinado. Con frecuencia están virtualmen-te privados de los derechos comunes del ciudadano e incluso hay quienes argumentan que deben permanecer solteros. En la medida en que esto se aplica a las clases estudiosas, no es justo ni sabio. La ac­ción es, con el estudioso, algo subordinado, pero indispensable. Sin ella no es siquiera un hombre. Sin ella el pensamiento no puede ja­más madurar y convertirse en verdad. Mientras el mundo penda an­te el ojo como una nube de belleza no podemos siquiera ver su belle­za. La inacción es cobardía, y no puede haber un auténtico estudiante sin mentalidad heroica. El preámbulo del pensamiento, la transición por la que pasa del inconsciente al consciente, es acción. Sólo tanto sé como haya vivido. Instantáneamente reconocemos aquellas pala­bras que están cargadas de vida, y las que no.

El ancho mundo -esta sombra de mi alma, este otro yo mismo- me rodea. Sus atractivos son las llaves que abren mis pensamientos y me hacen conocerme a mí mismo. Corro presuroso al centro de es­te tumulto resonante. Aprieto las manos de los que están junto a mí, y tomo mi lugar en la ronda para sufrir y trabajar, sabiendo por ins­tinto que es así como se dotará de palabras al mudo abismo. Penetro y comprendo su orden; disipo el temor que inspira; lo dispongo den­tro del círculo de mi vida en expansión. Sólo tanto de la vida como conozca por experiencia, tanto de tierra virgen como haya conquis­tado y sembrado, tanto habré extendido mi ser, mi dominio. No veo cómo hombre alguno pueda darse el lujo, por proteger sus nervios o su siesta, de ahorrarse acción alguna en la cual pueda tomar parte. Son perlas y rubíes para su discurso. Las fatigas, la calamidad, la exas­peración, la necesidad y el hambre son instructores en elocuencia y en sabiduría. El verdadero intelectual se lamenta de cada oportuni­dad de acción que deja pasar, como de una pérdida de potencia.

Esta es la materia prima de la cual modela el intelecto sus esplén­didos productos. Extraño proceso, por el cual la experiencia se con­vierte en pensamiento, como se convierte en seda la hoja de la more­ra. Su labor prosigue a todas horas.

Los actos y acontecimientos de nuestra infancia y juventud han lle­gado a ser objetos de la más tranquila observación. Yacen como her­mosos cuadros suspendidos en el aire. No así nuestras acciones recien­tes ni el negocio en que ahora nos ocupamos. Sobre esto nos es enteramente imposible especular. Nuestros afectos circulan todavía en ellos. No los sentimos o conocemos, como no sentimos ni conoce­mos nuestros pies o nuestras manos o nuestros sesos. La acción re­ciente sigue siendo parte de la vida, sigue estando inmersa por un tiempo en nuestra vida inconsciente. En alguna hora de contempla­ción se desprende de la vida como un fruto maduro, para convertir­se en pensamiento. Instantáneamente se eleva, transfigurada; lo co­rruptible se ha revestido de incorrupción. De allí en adelante es algo bello, por bajo que haya sido su origen y su circunstancia. Obsérvese también la imposibilidad de apresurar el proceso, adelantar la fecha de este acontecimiento. En su estado larvario, no puede volar, no pue­de brillar, es un torpe y deslucido gusano. Pero de pronto, sin que na­die la observe, la mismísima cosa despliega alas hermosas, y es un án­gel de sabiduría. Y así también no hay circunstancia ni acontecimiento de nuestra historia privada que, tarde o temprano, no pierda su for­ma pegajosa, inerte, y nos sorprenda volando de nuestro cuerpo al empíreo. Cuna e infancia, escuela y campo de juegos, el temor a los muchachos, a los perros, a los reglazos, el amor a las niñas y las frutas, y muchas otras vivencias que alguna vez llenaron todo el cielo, se han marchado; amigo y pariente, profesión y partido, ciudad y campo, pa­tria y mundo también han de elevarse para volar y cantar.

Por supuesto, aquel que ha gastado su fuerza en actos adecuados es quien tiene la más rica ganancia de sabiduría. Me niego a excluirme de esta esfera de la acción y plantar una encina en una maceta, para que allí languidezca y muera de hambre; tampoco confiaré la cosecha a la fortuna de una sola facultad, agotando una vena del pensamien­to, como los habitantes de Saboya, que se ganaban la vida tallando pas­tores, pastoras y holandeses fumadores suficientes para surtir a toda Europa, y que salieron un día en busca de madera a la montaña sólo para descubrir que habían talado y tallado el último de sus pinos. Te­nemos autores, y muchos, que habiendo agotado su vena, movidos por una encomiable prudencia, se embarcan para Grecia o Palestina, si­giien al cazador de pieles a tierras inexploradas, vagan a la deriva por Argelia, en un esfuerzo por renovar su materia prima.

Así fuera tan sólo por procurarse un vocabulario, el intelectual co­diciaría la acción. La vida es nuestro diccionario. Los años se han gas­tado bien trabajando en el campo, en la ciudad, en la comprensión de oficios y manufacturas, en la conversación franca con muchos hombres y mujeres, en la ciencia, en el arte, con el único fin de do­minar en todos sus aspectos prácticos un lenguaje con el cual ilustrar y dar cuerpo a nuestras percepciones. Por la pobreza o esplendor de sus palabras me entero inmediatamente cuánto ha vivido quien las pronuncia. La vida queda detrás de nosotros como la cantera de la cual sacamos las losas y piedras necesarias para construir el día de hoy. Ésta es la forma de aprender gramática. Las universidades y los libros sólo copian el lenguaje que construyeron el campo y el taller.

Pero el valor último de la acción, como el de los libros, y con ma­yor razón que el de los libros, es que es un recurso. Ese gran princi­pio pendular de la naturaleza, que se manifiesta en la inspiración y expiración del aliento; en el deseo y la saciedad; en el flujo y reflujo del mar; en el día y la noche; en el calor y el frío; y que está más pro­fundamente aún inculcado en cada átomo y cada fluido; que cono­cemos bajo el nombre de Polaridad... esos "estados de fácil transmi­sión y reflexión", como los llamara Newton... son ley de la naturaleza porque son ley del espíritu.

La mente ahora piensa, ahora actúa, y cada estado reproduce al otro. Cuando el artista ha agotado su materia prima, cuando la fan­tasía ya no pinta, cuando no se captan ya los pensamientos y los libros fatigan, tiene siempre el recurso de vivir. El carácter es más alto que el intelecto. Pensar es la función. Vivir el funcionario. El caudal se re­gresa a su fuente. Un alma grande será fuerte para vivir, y no sólo pa­ra pensar. ¿Le falta el órgano o medio para difundir su verdad? Pue­de retirarse y tomar nueva fuerza viviéndola. Éste es un acto total. Pensar es un acto parcial. Que la grandeza de la justicia brille en sus acciones. Que la belleza del afecto alegre su humilde hogar. Los que viven y actúan con él, "alejados de la fama", sentirán la fuerza de su constitución en los hechos y episodios de la vida cotidiana con mayor claridad que en cualquier despliegue público y premeditado. El tiem­po le enseñará que el intelectual no pierde ninguna hora en la que vive el hombre. Allí desarrolla la sagrada semilla de su instinto, pro­tegida de cualquier influencia. Lo que se pierde en dignidad aparen­te se gana en fuerza. No de entre aquellos en quienes se han vertido sistemas enteros de educación saldrá el servicial gigante que venga a destruir lo viejo y construir lo nuevo, sino de la naturaleza salvaje y li­bre; de entre los terribles druidas y vikingos enfurecidos surgen por fin el rey Alfredo de Inglaterra y Shakespeare.

Escucho pues con alegría lo que comienza a decirse de la dignidad y necesidad del trabajo para todo ciudadano. Hay virtud en el azadón y la pala, tanto para las manos cultas como para las incultas. Y el tra­bajo es en todas partes bienvenido; siempre se nos invita a trabajar; tan sólo obsérvese esta limitación, que un hombre no sacrifique, en aras de una actividad más amplia, ninguna opinión a los juicios y mo­dos de acción populares.

He hablado ya de la educación del intelectual por la naturaleza, por los libros y por la acción. Queda por decir algo respecto de sus deberes.

Éstos son los que corresponden al Hombre Que Piensa. Todos pue­den abarcarse en la frase apoyarse o confiar en sí mismo. El oficio del in­telectual es alentar, elevar y guiar a los hombres mostrándoles los he­chos en medio de las apariencias. Su tarea es la lenta, gratuita, y escasa en honores de la observación. Flamsteed y Herschel, en sus observa­torios recubiertos de vidrio, pueden catalogar las estrellas y recabar la alabanza de todos los hombres; como sus resultados son espléndi­dos y útiles, el honor es seguro. Pero aquel que, en su observatorio privado, cataloga las oscuras y nebulosas estrellas de la mente huma­na, que hasta ahora ningún hombre ha pensado que lo sean -que se pasa a veces días y meses en espera de unos cuantos datos; corrigien­do continuamente sus viejos registros- debe renunciar a la ostenta­ción y a la fama inmediata. Durante el largo periodo de su prepara­ción mostrará con frecuencia una ignorancia e ineptitud en los menesteres populares que lo hacen incurrir en el desprecio de los há­biles que lo hacen a un lado. Largo tiempo tartamudea; renuncia mu­chas veces a la compañía de los vivos para buscar la de los muertos. Peor aún, debe aceptar -¡y con cuánta frecuencia!- la pobreza y la soledad. En vez de la comodidad y el placer de caminar por la vieja y conocida carretera, y aceptar las modas, la educación, la religión de la sociedad, toma al hombro la cruz de fabricarse las suyas propias y, por supuesto, del desaliento, del sentimiento de culpa, de la frecuen­te incertidumbre y pérdida de tiempo, que son los arbustos espino­sos y embrolladas enredaderas que obstruyen el camino de quienes confían y se apoyan en sí mismos y se dirigen a sí mismos; y del esta­do de virtual guerra en el que parece estar con la sociedad, y en es­pecial con la sociedad educada. Ya cambio de tanta pérdida y despre­cio, ¿qué compensación le espera? Ha de encontrar consuelo en el ejercicio de las más altas funciones de la naturaleza humana. Se ele­va por encima de las consideraciones privadas y respira y vive de pen­samientos públicos e ilustres. El es el ojo del mundo. El es el corazón del mundo. Tiene el deber de resistirse a la vulgar prosperidad que retrocede siempre a la barbarie, preservando y comunicando senti­mientos heroicos, biografías nobles, versos melodiosos, y las conclu­siones de la historia. Recogerá y comunicará todo oráculo que haya pronunciado el corazón humano en horas de crisis, en momentos so­lemnes, al comentar el mundo de la acción. Escuchará y promulgará todo nuevo veredicto que pronuncie la Razón desde su asiento invio­lable sobre los transitorios hombres y acontecimientos de hoy.

Siendo éstas sus funciones, lo conveniente para él es confiar abso­lutamente en sí mismo y jamás ceder al clamor popular. Él y sólo él conoce el mundo. El mundo en cualquier momento dado es la más inconsistente de las apariencias. Una mitad de la humanidad ensalza y la otra repudia a gritos algún gran respeto, algún gran fetiche gu­bernamental, algún efímero trato comercial o guerra o personaje, como si todo dependiera de ello. Lo más probable es que todo el asunto no merezca el más pobre pensamiento perdido por el intelec­tual en atender a la controversia. Que no abandone su convicción de que una pistola de juguete es una pistola de juguete, así afirmen los más ancianos y honorables hombres de la tierra que se trata del ca­ñón del cual saldrá la detonación del fin del mundo. Que se atenga a sí mismo en silencio, en constancia, en severa abstracción; que su­me observación a observación, sufriendo con paciencia el olvido, el reproche, y espere su hora feliz si puede satisfacerse a sí mismo de que ese día ha visto algo en verdad. El éxito le pisa los talones a todo paso certero. Porque es seguro el instinto que lo mueve a decirle a su hermano lo que piensa. Aprende entonces que al descender a los secretos de su propia mente ha bajado a los secretos de todas las men­tes. Aprende que quien ha dominado cualquier ley en su propio pen­samiento es maestro en esa misma medida de todos los hombres cuyo idioma habla y de todos los hombres a cuyo idioma pueda traducirse el suyo propio. A la larga se descubre que el poeta, recordando a so­las sus pensamientos espontáneos, y tomando nota de ellos, ha escri­to algo que los hombres en las pululantes ciudades también encuen­tran verdadero. El orador desconfía al principio de lo conveniente de su franca confesión, de su desconocimiento de las personas a quienes se dirige, hasta que descubre que es el complemento de sus audito­res que beben sus palabras porque cumple su propia naturaleza, la de ellos; mientras más profundamente bucea en su más privado, su más secreto presentimiento, descubre maravillado que ése es el más aceptable, el más público, el más universalmente cierto. La gente se deleita en él; la mejor parte de cada hombre siente: ésta es mi músi­ca, éste soy yo mismo.

En la confianza en sí mismo están comprendidas todas las virtudes. El intelectual debe ser libre, libre y valiente. Libre en la plena defini­ción de la libertad: "sin traba alguna que no surja de su propia cons­titución". Valiente; porque el temor es algo que el intelectual, por su misma función, tiene que dejar atrás. El temor surge siempre de la ig­norancia. Qué vergüenza para él si su tranquilidad, en tiempos de pe­ligro, se debe a la presunción de que, como las mujeres y los niños, la suya es una clase protegida; o si busca una paz temporal apartan­do sus pensamientos de la política o de las cuestiones polémicas, ocul­tando su cabeza como un avestruz entre arbustos floridos, asomándo­se a microscopios, y modelando rimas, como un muchacho que silba para no sentir miedo. De esa manera el peligro sigue siendo un peli­gro; de esa manera es peor el temor. Que se vuelva y lo enfrente co­mo un hombre. Que lo mire a los ojos e investigue su naturaleza, ins­peccione su origen -que considere el parto de este león- que no queda muy atrás en el tiempo; encontrará entonces en sí mismo una perfecta comprensión de su naturaleza y tamaño; habrá hecho que sus brazos lo abarquen y se toquen sus manos del otro lado, midien­do su grosor, y podrá desde ese momento desafiarlo y pasar adelante, superior a él. El mundo es de quien puede traspasar con la mirada sus pretensiones. La sordera, la costumbre ciega como una piedra, el error descollante que pueden contemplarse en él, sólo están allí gra­cias a la tolerancia, a tu tolerancia. Date cuenta de que es una menti­ra, y le habrás dado un golpe de muerte.

Sí, nosotros somos los intimidados -nosotros, los que no confia­mos en nosotros mismos. La idea de que llegamos tarde a la natura­leza, de que el mundo fue terminado hace mucho tiempo, es una mal­hadada y perjudicial falsedad. Tan plástico y fluido como es el mundo en las manos de Dios, tan plástico y fluido será siempre en respuesta a tantos de sus divinos atributos como traigamos a él. ¿Para la igno­rancia y el pecado, es pedernal; ésos tienen que adaptarse a él como puedan; pero en la medida en que un hombre tenga en él algo de di­vino, el firmamento fluirá ante él y tomará su sello y su forma. No es grande quien puede alterar la materia, sino quien puede alterar mi estado mental. Los reyes del mundo son aquellos que dan el color de sus actuales pensamientos a toda la naturaleza y todo el arte, y per­suaden a los hombres mediante la alegre serenidad de su forma de comunicar el asunto que lo que ellos hacen es la manzana que todas las edades han deseado cortar, que está por fin madura, e invita a las naciones a cosecharla. El gran hombre vuelve grande lo que hace. Donde se siente MacDonald, allí está la cabecera de la mesa. Linneo hace de la botánica el más atractivo de los estudios, ganándoselo al labriego y a la herbolaria; Davy hace lo mismo con la química; Cuvier con los fósiles. El día siempre le pertenece a quien trabaja en él con serenidad y grandes propósitos. La admiración inestable de los hom­bres acude en tropel arremolinándose en torno a aquel cuya mente está llena de una verdad, así como las amontonadas olas del Atlánti­co siguen a la luna.

La razón que justifica esta confianza en sí mismo es más profunda de lo que se pueda sondear, más oscura de lo que se pueda iluminar. Es posible que no lograra yo convencer y arrastrar conmigo a mi pú­blico si expresara mi propia convicción; pero he indicado ya el fun­damento de mi esperanza, al decir que el hombre es uno. Creo que al hombre se le ha hecho un mal; se lo ha hecho a sí mismo. Casi ha perdido ya la luz que podría conducirlo a la recuperación de sus pri­vilegios. Los hombres han llegado a ser algo de poca monta. Los hom­bres en la historia, los hombres en el mundo de hoy, son bichos, in­sectos, hueva de pescado; se los llama "la masa", "el rebaño". En un siglo, en un milenio, hay uno o dos hombres; es decir, una o dos apro­ximaciones al estado debido, al que corresponde a todo hombre. Los demás contemplan maduro en el héroe o el poeta su propio ser, ver­de e incipiente; y se contentan con ser menos, con tal de que eso pue­da alcanzar su plena estatura. Qué grandioso testimonio -digno de tanta admiración, digno de tanta lástima- da de las auténticas exigen­cias de su propia naturaleza el pobre miembro del clan, el pobre par­tidario, que se regocija en la gloria de su jefe. Los pobres y humildes encuentran alguna satisfacción para su inmensa capacidad moral cuando aceptan una inferioridad política y social. Se contentan con ser apartados como moscas del paso de una gran persona, con tal de que esa persona haga justicia a la común naturaleza que es su más ca­ro deseo ver engrandecida y glorificada. Se solazan en la luz del gran hombre, y se sienten en su propio elemento. Arrojan su propia dig­nidad humana pisoteada sobre los hombros del héroe y morirían con tal de añadir una gota de sangre para hacer latir ese gran corazón, combatir y conquistar esos gigantescos músculos. El vive por nosotros, y nosotros en él.

Hombres como esos buscan el dinero o el poder en forma muy na­tural; el poder porque equivale al dinero, al "botín" como se dice, "del cargo público". ¿Y por qué no? Aspiran a lo más alto, y esto, pa­ra sus ojos sonámbulos, es lo más alto. Despiértalos y abandonarán el falso bien y saltarán a tomar el verdadero, dejando a los gobiernos en manos de oficinistas y escritorios. Semejante revolución hay que rea­lizarla mediante la gradual domesticación de la idea de Cultura. La mayor empresa del mundo en cuanto a esplendor, en cuanto a exten­sión, es la construcción de un hombre. He allí los materiales disper­sos por el suelo. La vida privada de un hombre será una más ilustre monarquía, más temible para el enemigo, más dulce y serena en su influencia para el amigo, que cualquier reinado de la historia. Por­que un hombre, bien visto, comprende las naturalezas particulares de todos los hombres. Cada filósofo, cada bardo, cada actor, sólo ha hecho por mí, en representación mía, lo que un día puedo hacer por mí mismo. Los libros que alguna vez estimamos más que la niña de nuestros ojos, los hemos agotado por completo. ¿Qué significa esto sino que hemos llegado a la atalaya desde la cual miró la mente uni­versal a través de los ojos de un escriba, hemos sido ese hombre, y hemos pasado adelante? Bebiendo primero de una, luego de otra, he­mos agotado todas las cisternas, y, creciendo gracias a estas provisio­nes, ansiamos un mejor y más abundante alimento. No ha vivido jamás el hombre que pueda alimentarnos para siempre. La mente humana no puede estar entronizada en una persona que coloque barrera al­guna a este imperio ilimitado, ilimitable. Es un sólo fuego central el que lanza sus llamas un día por la boca del Etna, iluminando la pun­ta de Sicilia, y otro por la garganta del Vesubio, iluminando las torres y viñas de Ñapóles. Es una sola luz la que destella de un millar de es­trellas. Una sola alma la que anima a todos los hombres.

Pero he hablado mucho, quizá tediosamente, en torno a esta abs­tracción del Intelectual. No debería esperar más para agregar lo que tengo que decir respecto del intelectual en este tiempo y en este país.

Desde el punto de vista histórico se piensa que hay una diferencia entre las ideas que predominan en las sucesivas épocas, y hay datos que permiten caracterizar el genio del periodo clásico, el del román­tico, y ahora el del reflexivo o filosófico. Dada la opinión que he insi­nuado respecto de la unidad o identidad de la mente en todos los indi­viduos, no me fijo mucho en estas diferencias. De hecho creo que todo individuo pasa por las tres épocas. El niño es un griego, eljoven un ro­mántico, el adulto un reflexivo. No niego, sin embargo, que puede percibirse claramente el avance de una revolución en la idea rectora.

Se lamenta amargamente el hecho de que nuestra edad es la edad de la Introversión. ¿Y ha de ser eso por fuerza un mal? Somos, al pa­recer, hombres críticos, pensamos dos veces las cosas, y esto es un es­torbo; no podemos gozar plenamente de nada porque inmediata­mente ansiamos saber en qué consiste ese placer; estamos forrados de ojos; vemos con los pies; el tiempo sufre el contagio del mal de Hamlet:

Bañado en la enfermiza palidez del pensamiento.

¿Es esto algo tan malo? La vista es lo último que hay que compade­cer. ¿Preferiríamos estar ciegos? ¿Tememos agotar con la vista a la na­turaleza y a Dios y beber de la verdad hasta secarla? El descontento expresado por la clase letrada me parece una mera señal de que se encuentra en un estado mental distinto del de sus padres y se lamen­ta del estado venidero por no haberlo probado todavía; de la misma manera que un niño teme al agua cuando aún no ha aprendido que puede nadar. Si hay algún periodo en el que quisiera uno nacer, ¿no es acaso el de la Revolución, cuando lo viejo y lo nuevo se yerguen uno junto al otro y pueden compararse, cuando las energías de todos los hombres son tensadas por la esperanza y el temor, cuando las glo­rias históricas de la vieja era se ven compensadas por las ricas posibi­lidades de la nueva? Esta época, como todas las épocas, es muy bue­na; sólo hay que saber qué hacer con ella.

Leo con cierto júbilo los augurios de los días venideros, que bri­llan ya en la poesía y el arte, la filosofía y la ciencia, la Iglesia y el Es­tado.

Uno de estos augurios es el hecho de que el mismo movimiento que elevó a lo que se llamaba la clase más baja del estado ha tomado en las letras un aspecto muy marcado e igualmente beneficioso. En vez de lo sublime y lo hermoso se comienza a explotar y poetizar lo cercano, lo bajo, lo ordinario. Se descubre de pronto que lo mismo que era antes negligentemente pisoteado por quienes se abstenían y preparaban para viajar a países lejanos, es más rico que todas las ne­nas extranjeras. La literatura de los pobres, los sentimientos del ni­ño, la filosofía de la calle, el sentido de la vida hogareña, son los te­mas de la época. Este es un gran paso. Es señal de un nuevo vigor, ¿no es cierto?, el que se activen las extremidades, el que lleguen corrien­tes cálidas de nueva vida a las manos y los pies. No pregunto por lo grandioso, lo remoto, lo romántico; lo que se hace en Italia o en Ara­bia; en qué consiste el arte griego o la poesía de los provenzales. Abra­zo lo común, y exploro lo familiar, y me siento a los pies de lo bajo. Que comprenda yo el día de hoy, y podéis quedaros con el mundo antiguo y el futuro. ¿De qué querríamos realmente entender el senti­do? De la harina en el barril; de la leche en la olla; de la balada en la calle; de las noticias del barco que acaba de llegar a nuestra costa; de la mirada del ojo; de la forma y manera de caminar del cuerpo -mos-tradme la razón última de todo esto, mostradme la sublime presencia de la más alta causa espiritual que palpita agazapada, como siempre lo hace, en estos suburbios y extremidades de la naturaleza; que vea yo pletórica cada cosa trivial de la polaridad que la cataloga al instan­te como ejemplo de una ley eterna; que vea yo remitido el taller, el arado y el libro de cuentas a la misma causa por la cual vibra la luz y cantan los poetas -y el mundo deja de ser una tediosa miscelánea o desván lleno de trastos viejas e inservibles para adquirir forma y or­den; no hay trivialidades, no hay rompecabezas, sino un solo diseño que une y anima al más distante pináculo y a la más baja zanja.

Es ésta la idea que ha inspirado a genios como Goldsmith, Burns, Cowper y, en tiempos más recientes, a Goethe, Wordsworth y Carlyle. La han obedecido de distintas formas y con diverso éxito. Compara­do con ellos el estilo de Pope, de Johnson, de Gibbon parece frío y pedante. Lo que escribieron los primeros tiene calor de sangre. Al hombre le sorprende descubrir que las cosas que tiene cerca no son menos hermosas y maravillosas que las remotas. Lo cercano explica lo distante. La gota es un pequeño océano. Cada hombre está rela­cionado con toda la naturaleza. Esta percepción del valor de lo vul­gar es fructífera en descubrimientos. Goethe, en esto el más moder­no de los modernos, nos ha revelado, como nadie antes, el genio de los antiguos.

Hay un hombre de genio que ha hecho mucho por esta filosofía de la vida y cuyo valor literario no ha sido jamás apreciado con justi­cia, me refiero a Emanuel Swedenborg. Siendo el más imaginativo de los hombres, aunque escribía con la precisión de un matemático, in­tentó injertar una ética estrictamente filosófica en el cristianismo po­pular de su época. Semejante propósito, por supuesto, tenía que pre­sentar dificultades que ningún genio podía superar. Pero vio y señaló la conexión que hay entre la naturaleza y los afectos del alma. Pe­netró en el carácter simbólico o espiritual del mundo visible, audible, tangible. Su musa, amante de las sombras, flotaba muy especialmen­te sobre las partes más bajas de la naturaleza, interpretándolas; reveló la misteriosa afinidad del mal moral con las formas materiales sucias y nos dio en sus épicas parábolas una teoría de la locura, de las bes­tias, de las cosas sucias y temibles.

 

Otro signo de nuestro tiempo, que tiene también su movimiento político paralelo, es la nueva importancia que se concede a la perso­na individual. Todo lo que tiende a proteger al individuo -a rodear­lo de barreras de respeto natural, de tal manera que cada hombre sien­ta que el mundo le pertenece, y el hombre trate con el hombre como un estado soberano con otro- tiende a la verdadera unión y a la ver­dadera grandeza. "Aprendí", dijo el melancólico Pestalozzi, "que ningún hombre en todo el ancho mundo está dispuesto o puede ayudar a ningún otro." La ayuda tiene que venir del propio pecho únicamente. El intelectual es el hombre que tiene que reunir en sí mismo todas las habilidades de la época, todas las contribuciones del pasado, todas las esperanzas del futuro. Debe ser una universidad de conocimientos. Si hay una lección que, más que ninguna otra, deba penetrar su oído, es ésta: el mundo es nada, el hombre es todo; en ti mismo está la ley que rige a toda la naturaleza y no sabes aún cómo asciende una gota de savia; en ti duerme toda la Razón; a ti te corres­ponde saberlo todo; atreverte a todo. Señor presidente, señores, esta confianza en la potencia aún ignota del hombre le pertenece, por to­dos los motivos, por todas las profecías, por todos los preparativos, al intelectual americano. Hemos escuchado demasiado tiempo a las mu­sas corteses de Europa. El espíritu del hombre libre americano está ya bajo sospecha de ser tímido, imitativo, manso. La codicia pública y privada vuelven denso y grasoso el aire que respiramos. El intelec­tual es decente, indolente, complaciente. Vemos ya las trágicas con­secuencias. La mente de este país, enseñada a proponerse objetivos bajos, se alimenta de sí misma. No hay trabajo sino para los decoro­sos y los complacientes. Los jóvenes de mayor promesa que comien­zan la vida en nuestras tierras, bañadas por el mar, respirando el vien­to puro de las montañas, mirando resplandecer en el cielo todas las estrellas de Dios, descubren que la tierra que está debajo no está en armonía con ellas; los paraliza y les impide actuar la repugnancia que les inspira el principio que rige el mundo de los negocios, y se con­vierten en seres derrotados y rutinarios, o mueren de disgusto. Algu­nos se suicidan. ¿Cuál es el remedio? Ellos no vieron todavía, y miles de jóvenes tan llenos de esperanza como ellos, y que ahora se dispo­nen a iniciar la carrera, no ven todavía que si el hombre individual planta sus pies indomablemente en sus propios instintos, y allí se sos­tiene, el gran mundo a la larga acudirá a él. Hay que tener paciencia, paciencia; con las sombras de todos los buenos y grandes por compa­ñía, y por solaz la perspectiva de la propia vida infinita; por tarea el estudio y la comunicación de principios, el hacer que prevalezcan esos instintos, la conversión del mundo. ¿No es acaso la mayor ver­güenza del mundo la de no ser uno? ¿La de no ser contado como per­sona? ¿La de no rendir ese peculiar fruto para dar el cual fue creado cada hombre, sino ser contado por gruesas, por cientos o por milla­res, como uno de tantos miembros del partido, de la sección a la cual pertenecemos; y predicha nuestra opinión en términos geográficos, como la del norte, o la del sur? No, hermanos, amigos, con el favor de Dios esto no nos sucederá. Caminaremos sobre nuestros propios pies; trabajaremos con nuestras propias manos; expresaremos nues­tros propios pensamientos. El estudio de las letras dejará de ser otro nombre de la compasión, la duda, la indulgencia sensual. El respeto por el hombre y el amor por el hombre serán un muro defensivo y una corona de alegría para todos. Por primera vez existirá una nación de hombres, porque cada uno se sabrá inspirado por el Alma Divina que inspira igualmente a todos los hombres.