Revista Mexicana de Literatura 1 - 2 (1964)

ISABEL FRAIRE: PRE­SENCIA DE LUIS CER­NUDA

 

 

La muerte de Luis Cernuda fue una pérdida para mí. Sa­ber que estaba vivo en alguna parte era tener la seguridad de que había cuando menos un hombre que lo era en el sentido mejor de la palabra. Su fidelidad a su sueño, su no cejar, su no rendirse, su persistir siendo lo mejor de sí mismo, su nos­talgia dolorosa de las posibilidades supremas, su fe, no en Dios, sí en la verdad y en la belleza (que, para San Agustín, por ejemplo, serían lo mismo) eran una garantía, una mano tendida a través de la noche de los otros, una mano en soledad, sin saber que se daba, y mucho menos si era recibida.

Era un hombre perdido en el mundo, perdido en su carne, exilado no de su patria terrenal, sino de su patria interior, y su poesía era el grito de su soledad (no el grito desaforado del adolescente, que se queja de fantasmas que él mismo pro­yecta, sino el grito contenido de la madurez).

El tema de la soledad fue constante a través de su obra. Son muchos los poemas dedicados a la imposibilidad de encon­trar a alguien que lo reconozca, ya sea como amigo, o como lector. Siente la soledad como destino cerrado, y aún la poe­sía, que trabajaba con infinito esmero en la esperanza de que algún día encontrara a un lector digno de ella, aún su poesía, presiente que no logrará abrirse paso a través de los hombres y encontrar un oído. No se le puede llamar público a lo que quiere Cernuda para su obra, lo que quiere es un amigo, la otra mitad del diálogo que entabla a solas a lo largo de su vida:

Cuando en días venideros...

lleve el destino Tu mano hacia el volumen donde yazcan Olvidados mis versos, y lo abras, Yo sé que sentirás mi voz llegarte, No de la letra vieja, más del fondo Vivo en tu entraña. . . En sus limbos mi alma quizá recuerde algo, Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos Tendrán razón al fin, y habré vivido.

Sin embargo teme no encontrar a ese lector, ni aún después de muerto:

Y" mi voz no escuchada, o apenas escuchada,

Ha de sonar aún cuando yo muera,

Sola, como el viento en los juncos sobre el agua.

Pero si la poesía de Cernuda es poesía de la soledad, en gran medida, su poesía salva de la soledad, si no al poeta, sí al lector. Su poesía es una conversación íntima, musical e intensa. Cuando lo leemos la soledad se rompe, la soledad comunica, y estamos con nosotros mismos en silencio.

Sin embargo la obra de Cernuda no es nada más un instru­mento de comunicación, de ruptura de la soledad: es un ob­jeto, o conglomerado de objetos, fuera de él, que queda. Como toda obra importante, más que tener un tema, es su propio tema, y como todo creador, Cernuda ama a su criatura por sí misma:

Quién le diera a tus versos . . .

Vivir sin tí y sin nadie, con vida entera y libre.

La trabaja con un infinito cuidado, hace de ella un objeto bello, vivo, libre, le entrega todo, y si se pone a sí mismo en ella, no es por amor a sí mismo, sino por amor a su poesía. No puede, por otra parte, ser de otra manera, si el poeta tiene que dar la verdad, no puede dar otra verdad que la suya. Y el poeta tiene que descubrir la verdad y decirla, no tiene otro asunto ni cometido:

Sueño no es lo que al poeta ocupa, Mas la verdad oculta

 

Es este amor a la verdad, tan fuerte como su amor al sueño (¿Sueño? Es difícil llamar por su nombre a algo que los hom­bres no se ponen de acuerdo para nombrar. Sueño, ideal, deber ser, los valores) lo que define a Luis Cernuda. En realidad no hay pugna. Verdad, belleza, bondad, son inseparables en nuestro deseo, y es su separación en la realidad la que nos hiere, su fragmentación. El tema subyacente de la obra de Cer­nuda fue la escisión entre realidad y deseo, el abismo entre lo que es y lo que debería ser.

El nombre de su último libro de poesía es muy significativo: Desolación de la quimera. Ya no era la lucha entre pares: La realidad y el deseo, sino el declararse vencido y abandonado el sueño, mas no poder rendirse, no poder dejar de querer ser cierto. El soñador despierta, pero aunque se de cuenta de que el sueño es un engaño, no puede ya acomodarse a la realidad, y vive en un perpetuo exilio. El sueño por su parte, sobrevi­ve a sí mismo, sin hombres que lo sueñen.

Sin embargo, Cernuda encuentra descanso y salvación en algunos momentos, en la individualidad, en la unidad, en la excepción, en la cual el sueño encarna por un momento:

Uno, uno tan sólo basta Como testigo irrefutable De toda la nobleza humana.

 

Y también en la poesía:

El poeta, sobre el papel soñado

Su poema inconcluso, Hermoso le parece, goza y piensa

Con razón y locura

Que nada importa: existe su poema.

Desolación de la quimera es un amargo desenlace, una úl­tima afirmación y un retrato fiel del hombre como era poco antes de morir.

Nadie fue tan consciente de su propia muerte como Cer­nuda. El tema de la muerte lo obsesionaba tanto como el de la soledad. Es, en el fondo, la otra cara de la soledad. La temía, porque temía no trascenderla, y porque sabía que era inútil trascenderla; y por otra parte la esperaba como al des­canso, la nada, la liberación.

Yo no podré decirte cuánto llevo luchando Para que mi palabra no se muera Silenciosa conmigo, . . .

. . . El histrión elocuente, El hierofante vano miran crecer el cono Propicio a la mentira. Ellos viven, prosperan; Tú vegetas sin nadie. El mañana ¿qué importa? Cuando a ellos les olvide el destino, y te recuerde, Un nombre tú serás, un son, un aire.

En un largo poema llamado Apología pro vita sua, escrito hace más de veinte años, dice:

Caminar a la muerte no es tan fácil,

Y si es duro vivir, morir tampoco es menos.

La llegada a esa meta final pudieron otros

Aliviarla, ya rota la cadena, el eslabón doliente

De la conciencia propia; no asistieron

Como yo insobornables al vencimiento amargo

De la muerte, renunciando a sus almas

Con adiós inconsciente. Yo contemplo

La mía, como pájaro herido bajo un ala

Que a tierra viene, mas lucha todavía

Con plumas abolidas que no sostiene el aire.

Cuan hermosa la luz parece ahora

Temblando en halo azul tras de las ramas

Pardas de invierno donde brilla el hielo.

La renuncia a la luz más que la muerte es dura.

Pero si se dice que Cernuda es el poeta del desencanto, la soledad y la muerte, no se da sino una idea muy incompleta de su obra, en la cual cabe también el erotismo, la euforia, la ironía, la observación psicológica y el ensayo. Algunos de sus poemas son tan densos como novelas, su forma es tan pura y tan elástica que en ella cabe la descripción prosaica, la creación de atmósferas y caracteres, la observación. Para dar una ligera idea de su concentración, basta citar un pe­queño fragmento:

Por esta extraña llama hoy trémula en tus manos Que aun deseándolo, temes ha de apagarse un día. Hasta ti trasmitida con la herencia humana De experiencias inútiles y empresas inestables Obrando el bien y el mal sin proponérselo, . . .

 

No me cabe duda de que la obra de Luis Cernuda lo tras­cenderá, y se puede decir que su poesía lo salva y salva al mundo. Un mundo en que nunca hubiera habido una quimera, sería el mundo cómodo y seguro de las hormigas, en que todos comerían un pan insípido. Pero mientras haya hombres que corren el riesgo de soñar, la realidad no será estéril.

 

Enero, 1964.