Rivalidades contemporaneas

M... era reconocida como una belleza en todos los círculos, en donde se movía, pero, más que sus rozagantes carnes, quizás excesivamente redondeadas (aunque no para ciertos gustos más sinceros que elegantes, era su sonriente descaro lo que la hacía atractiva. Mujer madura, o joven, o cincuentona, nadie lo sabía. Podría haber sido una quinceafiera fenómeno, o un mango muy bien conservado. Lo cierto es que su llegada era siempre un acontecimiento de tipo sensorial y vibrátil, que desde sus aleteantes pestañas e irónica y entreabierta sonrisa, reverberaba por todo el cuarto, atrayendo miradas, comentarios, disimuladas caricias a su paso.

SEÑORA. USTED NO ME CONOCE, Y YO NO LA CONOZCO A USTED. PERO ESTOY PERDIDAMENTE ENAMORADO DE SU PERSONA. MUERO POR VERLA. SE QUE TIENE MÚLTIPLES OCUPACIONES Y COMPROMISOS, PERO LE SUPLICO RENDIDAMENTE TENGA, SI NO LA CARIDAD, SI LA CURIOSIDAD DE CONOCERME Y PERMITIRME PONERME A SUS PIES f EN LOS PRÓXIMOS DÍAS RECIBIRÁ USTED UN PASAJE REDONDO, DE PRIMERA CLASE, CON FECHA ABIERTA,QUE PUEDE USTED UTILIZAR CUANDO LO DESEE, O TIRAR A LA BASURA, SI ASI LO DECIDE. EN TODO CASO YO LA ESPERO EN MI CASA DE INVIERNO EN SUIZA, DESDE DONDE PODREMOS VIAJAR A DONDE USTED ELIJA O BIEN DEDICARNOS A LOS PLACERES DE LA NIEVE, O, MEJOR AUN, DE LA INTIMIDAD JUNTO A LA CHIMENEA. ATENTAMENTE, SU ARROBADO ADMIRADOR, C... DE E... P.D.: SI LE EXTRAÑA MI ENAMORAMIENTO RECUERDE QUE NO ES EL PRIMER CASO DE LA HISTORIA EN QUE UN HOMBRE SE ENAMORA DE LA DESCRIPCIÓN DE UNA MUJER MARAVILLOSA.

 

 

El telegrama puso a M... en un estado de zozobra indescriptible. Sobre todo cuando se vio seguido de una serie de impetraciones telefónicas desde el otro lado del Atlántico. Lo que más intrigaba a M... era que su "ardiente pretendiente de los nevados Alpes", como empezaron a llamarle su secretaria y demás empleadas de oficina, no se fijaba en absoluto en el tiempo que duraban las llamadas telefónicas, y eso que eran intercontinentales. Por lo visto le importaban un comino las cuentas que tarde o temprano le presentarían, así fueran de cientos de miles de francos suizos. Tal vez fue esto, más que el apasionamiento de su misterioso pretendiente, lo que la hizo comenzar a vacilar, y finalmente decidirse a usar el boleto que le había llegado días antes. Es posible que además influyeran en ella sus románticas empleadas de oficina que, enamoradas todas del invisible suizo, soñaban con él y luego le contaban su sueños, y se apiñaban como abejas en tomo al teléfono cada vez que llamaba.

"¡Sí!" se dijo, "Vamonos a Suiza.. Total, ¿Qué puede pasar? El negocio aguanta... y puedo aprovechar mi paso por París para resolver el asunto ese de las exportaciones."

 

El día que tomó la decisión se marchó temprano a casa, dejando instrucciones a su secretaria, hizo las maletas en media hora y advirtió a la servidumbre que sus negocios le imponían un viaje a Europa que podría durar algunas semanas.

 

Llegó a París muerta pero no quiso detenerse y tomó en seguida el tren para Ch..., no sin antes informarle telegráficamente a C... la hora de su llegada.

 

Ya cómodamente sentada en el vagón del ferrocarril comenzó a preguntarse: "¿Cómo será? ¿Viejo, elegante, canoso? ¿Gordo pero jovial? ¿Joven y tierno? ¿Musculoso y decidido, un deportista apolíneamente escultural?" M... recorrió mentalmente los amantes más memorables que había tenido y decidió que sería moreno, de ojos intensos, pasiones caprichosas, riquísimo y con toda la elegancia y delicadeza de trato que puede darle a un joven la riqueza heredada. En todo caso, no tardaría ya más de 45 minutos en saberlo puesto que, naturalmente, iría a recibirla a la estación.

 

Cuando el tren se detuvo en la pequeña estación de Ch... junto a la cual descollaban unos inmensos picos nevados que M... reconoció como los Alpes, gracias a tantas películas que había visto en su adolescencia, se adelantó a recibirla un hombre joven, moreno, de ojos negros y mirada intensa, que vestía un uniforme gris y se quitó la gorra para preguntar "¿Madame M...?" en voz respetuosa, e identificarse acto seguido como el chofer de C...

 

M... reconoció que, efectivamente, ella era Madame M..., y le permitió que cargara su equipaje y le abriera la puerta de un Rolls Royce negro recubierto por dentro de tapices turcos y con pequeñas puertas corredizas que ocultaban lámparas, botellas y vasos, con las cuales jugó M... hasta que el automóvil se detuvo ante una residencia rodeada de pinos y constelada de ventanas que centelleaban en la noche. Encuadrado en la puerta principal había un hombre que de ninguna manera podía ser el mayordomo.

 

C... la recibió con un beso en la mejilla derecha, otro, más tierno, en la mejilla izquierda, y finalmente uno, más tierno todavía, en la frente. Luego, después de dar órdenes al chofer, le ofreció su brazo y juntos subieron la breve escalinata.

 

Siguieron horas de regocijo difícilmente descriptible... "Tal vez," comentaba más tarde M..., "las horas más hermosas de mi vida." Comieron, bebieron, bailaron, y, finalmente hubo una maravillosa seducción. Conversación, propiamente, no la hubo. Todo se redujo a comentarios sobre su belleza, exclamaciones de deseo, lamentaciones respecto al tiempo perdido por no haberse conocido antes y, una vez más, comentarios sobre su belleza.

 

Cuando entraron a la recámara de C... después de cenar, bailar, beber y excitarse mutuamente hasta rayar en el paroxismo M... notó algo inquietante pero no inmediatamente identificable. Dando una ojeada en torno notó que en un rincón había una pantalla de televisión que cambiaba constantemente de imágenes, situada entre el ventanal que daba a los Alpes y la chimenea. Pronto la olvidó, algo fácil, puesto que el sonido estaba apagado. Además, después de tan buenos vinos franceses, filetes tan bien cocinados y música tan exquisita, las caricias de C... la encontraban en estado propicio. Se dejó ir. Baste decir que nunca se arrepintió de la experiencia.

Pero todo, en este mundo, termina alguna vez. Después de un rato de dormir M..., sintiéndose cariñosa, buscó la mano de su compañero. Estaba contenta. Feliz. Y quería expresarle algo así como amistad o afecto, en fin. Al alargar los dedos se encontró con una espalda erguida. Tan inusitada superficie la provocó a abrir los ojos y enderezarse un poco, buscando todavía la mano de C...

 

Pero C... estaba mirando la televisión. Para no incomodar a su compañera de cama se había puesto los audífonos y escuchaba en sonido estereofónico la música o las palabras que acompañaban las imágenes. La pantalla no era ya la del pequeño y mudo televisor que había observado M... al entrar a la recámara sino una pantalla gigantesca, de pared a pared, antes disimulada por cortinajes que no ocultaban, como había imaginado M..., una ventana al bosque, ni un vestidor, sino una serie incesante de imágenes en movimiento. Viéndolo completamente absorto M... optó por volver también ella la espalda y dormirse..

 

Al día siguiente, después del desayuno, C... le enseñó la casa. La paseó por todos los cuartos, desde la biblioteca hasta el comedor, pasando por el salón de billar. En cada cuarto había cuando menos una televisión y a veces dos. Finalmente le enseñó su videoteca, compuesta no sólo de cassettes adquiribles en el mercado sino de sus propias grabaciones de innumerables programas.

 

Ese día cenaron otra vez con champaña, meseros y música, y con la televisión prendida, aunque sin sonido. Otra vez no hubo, prácticamente, conversación, aunque sí cumplidos y jaculatorias románticas que comenzaban a sonar a hueco. Hay que confesar, de una vez, que M... no logró nunca enterarse en qué se ocupaba C... ni como había obtenido el dinero que derrochaba con tanta tranquilidad. La verdad es que le estaba dejando de importar.

 

Pero M... no renunciaba fácilmente a ninguna meta y no desistió en seguida de su aventura romántica. Durante varios días con sus noches persistió en su esfuerzo por encontrar satisfacción en esta relación con un hombre que la había hecho traer desde el otro lado del mundo y que seguía profesándole su rendida admiración y tratándola a cuerpo de reina. Tenía, sin embargo, que admitir que se sentía cada vez más desplazada por una rival bidimensional cuyo único atractivo era el de la rutina. A la quinta noche se preguntó qué estaba haciendo en Suiza y, tomando una decisión tan rápida como era su costumbre aprovechó la distracción de C..., absorto en su pasatiempo favorito, para pedir un taxi y largarse. De la estación de ferrocarril le telegrafió a su secretaria advirtiéndole que regresaba y, sin demorarse ni una noche en París, llegó de nuevo al aeropuerto de su propia ciudad, luego a su propio barrio, a su propia casa y a su propio negocio. Negocio que, fueran cuales fueran los riesgos que ofrecía, no la ponían en competencia con una pinche pantalla de televisión.