Libro Pensadores Norte...

INTRODUCCIÓN A ESTA EDICIÓN

 I. preámbulo

Al intentar una nueva introducción a la colección de ensayos nortea­mericanos del siglo xix, en la cual figuran como precursores promi­nentes Tilomas Jefferson, Benjamin Franklin y Thornas Paine, se ha visto la necesidad de encontrar alguna explicación de las múltiples y graves contradicciones internas de las colonias y, más tarde, de los es­tados, que explicaría también la diferencia entre el comportamiento histórico de Estados Unidos y los ideales expresados por los precurso­res y promotores de su independencia. Los conflictos internos estaban ya presentes en el periodo colonial, y las contradicciones persistentes que se siguieron dando afectaron la política exterior e interior nortea­mericana desde entonces. Sólo tomando en cuenta el origen y razón de ser de las diferencias entre las colonias y las distintas corrientes den­tro del conjunto será posible explicarse el desarrollo de Estados Uni­dos durante sus más de dos siglos de existencia como república libre y soberana e incluso en los años que van del siglo xxi.

Habrá pues que buscar la respuesta a semejantes preguntas en la época en que se formaron las primeras colonias británicas y remon­tarse aún más atrás, a las relaciones de las distintas potencias imperia­les que descubrieron y conquistaron el continente americano.

Cuando se inició la colonización inglesa en un pequeño rincón de la costa norte del continente americano, Inglaterra no era aún due­ña ni de Escocia ni de Irlanda, y vivía en perpetua guerra con Fran­cia de donde eran oriundos sus reyes y reinas. Sus piratas autorizados atacaban continuamente a la flota de los reyes españoles que, junto con sus primos portugueses, habían recibido del Papa autorización para establecerse en América con objeto de evangelizarla. Con la con­quista de la Nueva España, y más tarde del Perú, la Corona española se había enriquecido inmensamente y gobernaba, además de la pe­nínsula ibérica, antes en manos de árabes musulmanes, las islas Fili­pinas, y la mayoría de las islas salpicadas en el Adámico. Además España, gracias a su riqueza y sus matrimonios reales, también se había apoderado de partes de Italia y los Países Bajos, y emprendía intermi­nables guerras religiosas contra los países que habían dejado de ser católicos, como Inglaterra y Holanda.

La abundante riqueza de las colonias españolas, consistente sobre todo en el producto de la minería y del comercio con Asia vía las Fi­lipinas, dio lugar a que Inglaterra, Francia y Holanda enviaran corsa­rios a asaltar los barcos que la transportaban de América a España y Portugal. Los piratas ingleses autorizados por Isabel de Inglaterra a ejercer este comercio a punta de cañonazos eran magníficos navegan­tes y militares y fueron premiados con títulos de nobleza. No se dedi­caban únicamente a robar, sino que también hacían la guerra como abanderados de Inglaterra. Sir William Drake, por ejemplo, acabó con la flota española en la batalla naval de Cádiz en 1587 y participó el año siguiente, junto con el también corsario Sir Walter Raleigh, en la destrucción de la "Armada Invencible" enviada por el rey Felipe II a invadir a Inglaterra e imponerle el catolicismo.

En 1585, Sir Walter Raleigh propuso a la reina Isabel que se fun­dara una colonia en la costa atlántica al norte de Florida. Se envió a los primeros colonos ingleses a la isla de Roanoke y Raleigh le dio a la colonia el nombre de Virginia, en honor de la Reina Virgen, como se le llamaba a la reina Isabel I con quien tenía, al parecer, relaciones amorosas. La idea era que la colonia sirviera de base desde la cual se pudiera incursionar fácilmente contra los galeones españoles que, sa­liendo de Veracruz, se dirigían a España cargados de plata obtenida de las minas de Nueva España y de los productos comerciales adqui­ridos en la Colonia española de Filipinas y transportados al puerto de Acapulco por la Nao de China. Sin embargo, la isla de Roanoke re­sultó tan inhóspita que al año de su llegada los colonos rogaron a Sir Francis Drake que los regresara a Inglaterra, lo cual hizo por compa­sión hacia sus sufrimientos. Un segundo intento también fracasó, y fi­nalmente sólo sobrevivió el nombre de Virginia, que serviría para atraer a nuevos grupos de colonos en años posteriores gracias a la pro­paganda de un gran amigo de Sir Walter Raleigh, Richard Hakluyt.

No fue sino hasta 1607 que llegó el primer grupo de colonos que logró asentarse permanentemente, ya no en la isla de Roanoke sino más al norte, en la desembocadura del río James. Gracias a la organi­zación impuesta por el ex militar y mercenario John Smith, quien asu­mió el mando desde el principio, la nueva Virginia logró afianzarse, aunque tardó más de diez años. Durante ese tiempo se intentó, con sucesivas remesas de colonos, iniciar la producción de seda con gusa­nos importados, la producción de vidrio, de jabón, la exportación de vino, de madera, etc., pero no fue sino hasta que se les ocurrió sem­brar tabaco que comenzó a prosperar la Colonia. Para ello la Colonia tuvo que seguir extendiéndose por las riberas del río hacia el interior, ya que el tabaco agotaba la tierra después de siete años y había que ir en busca de tierra virgen para plantar nuevas cosechas. La costumbre de fumar tabaco en pipas, como los indígenas, se había puesto de mo­da en Inglaterra a donde la había llevado Raleigh, y el tabaco se ven­día a buen precio que, sin embargo, no redituaba lo suficiente si se sembraba en pequeñas cantidades, que era lo que podían cultivar per­sonalmente los colonos. Para que prosperara el cultivo se necesitaba más mano de obra de la disponible. Finalmente, en 1619, los merca­deres holandeses llevaron esclavos africanos para su venta en Virgi­nia y comenzó a resolverse el problema de la mano de obra. Después de 1660, cuando los esclavos se habían abaratado gracias a su expor­tación desde África en cantidades industriales, el número de esclavos utilizados para el cultivo del tabaco creció notablemente, su tenencia comenzó a considerarse indispensable y la producción de tabaco se disparó.

La necesidad de mano de obra estable que se viera obligada a acep­tar las condiciones de trabajo que les fueran impuestas fue un factor presente incluso en las colonias de los puritanos y los cuáqueros en la primera época. En 1620 llegó la primera remesa de puritanos, que se instaló muy al norte, en Cape Cod. Este grupo había salido inicial-mente de Inglaterra para Holanda, ya que en Holanda, país protestan­te, podían vivir en paz. Pero los holandeses no eran lo suficientemen­te estrictos en su religión: eran demasiado amantes de los hijos y diversiones y no respetaban ni siquiera el domingo, día que debería dedicarse por completo a la oración y los servicios religiosos. Sus hijos estaban creciendo y los puritanos temían que se contagiaran de seme­jante corrupción. Fue éste el motivo de que muchos regresaran a In­glaterra, donde buscaron la ayuda de personas compasivas que les otorgaron un préstamo para hacer el viaje a América, donde podrían vivir según sus propias leyes. Salieron del puerto de Plymouth en un barco que, aparte de la tripulación, llevaba ciento cinco personas, de las cuales únicamente treinta y cinco eran puritanos que viajaban al exilio por motivos religiosos. Los demás pasajeros eran sirvientes que habían firmado un contrato que los obligaba a trabajar para los puri­tanos durante nueve o diez años antes de poder dedicarse a otra cosa (una especie de esclavitud voluntaria por tiempo limitado), o bien eran carpinteros, mecánicos o albañiles cuyos servicios serían necesarios pa­ra el asentamiento de los colonos. La presencia de estos últimos pasa­jeros era un requisito indispensable descubierto por John Smith, que había constatado, en Virginia, que muchos miembros de la expedición que carecían de oficio se negaban a trabajar, eran pendencieros, se em­borrachaban y amotinaban, o bebían y creaban problemas, sobre todo si eran soldados desempleados o personas decepcionadas de la dura realidad de la colonización, por haber tomado al pie de la letra la pro­paganda de Hakluytque pintaba a América como un jardín del Edén, donde no tendrían más que estirar la mano para tomar los frutos de los árboles en un clima permanentemente primaveral.

A pesar de todo siguieron llegando colonos de distintas conviccio­nes religiosas, atraídos por la libertad de pensamiento, por una parte, y por la otra por la existencia de tierra despoblada que sería suya en propiedad permanente y no simplemente alquilada. Porque en Ingla­terra, hasta la fecha, es frecuente que la tierra en que se edifica una ca­sa pertenezca a un dueño que se reserva la propiedad de la úerra, y que recupera tanto la úerra como el edificio al terminar el tiempo fijado en el contrato de alquiler. Además en Inglaterra, debido a los grandes cam­bios habidos en los siglos xvii xviii, los campesinos fueron desaloja­dos de sus tierras tradicionales (que eran más o menos seguras, a pesar de no pertenecerles del todo), y muchos habían sido transformados, además, en obreros sujetos a sufrimientos indecibles por los nuevos in­dustriales. Hombres, mujeres y niños trabajaban durante doce, dieciséis o más horas diarias, y vivían en covachas insalubres aglomeradas en tor­no a las fábricas de hilados y tejidos o bien cerca de las minas de car­bón o, en algunos casos extremos, en el interior de la mina misma. A estos cambios se agregaban las sempiternas guerras, acompañadas del equivalente inglés de "la leva" para el ejército, y el secuestro de hom­bres para la marina... secuestro disfrazado de afiliación voluntaria me­diante la recepción por el secuestrado de "el chelín del rey". La sola idea de que había una tierra donde, gracias al esfuerzo propio, se po­día subsisúr e incluso, a la larga, comprar una granja propia o un ne­gocio con el cual mantener una familia y dejarles una herencia a los hi­jos, bastaba para atraer a colonos de diversas motivaciones a este nuevo mundo que les prometía una vida mejor.

Las distintas sectas protestantes que colonizaron el rincón nordeste de lo que sería posteriormente Estados Unidos, eran sumamente in­tolerantes y estaban reñidas entre sí. Los cuáqueros, por ejemplo, eran perseguidos, maltratados, y hasta asesinados por sus ideas. Final­mente se estableció la colonia de Pennsylvania, encabezada por un cuáquero próspero, de hecho terrateniente y respetado político en Inglaterra, a quien convencieron para que dirigiera la colonización y viera por su prosperidad y buen orden. Los únicos librepensadores dispuestos a tolerar a las demás religiones sin excepción alguna fue­ron los colonizadores de Rhode Island pero, como Rhode Island, por un malabarismo legalista, fue incorporado a Massachusetts, los diri­gentes de los librepensadores tuvieron que huir y refugiarse entre los holandeses de Nueva York, mucho más tolerantes. Nueva York, por cierto, colonizada iniciahnente por holandeses, se había convertido en una capital cosmopolita que servía de centro comercial y ban-cario. De hecho Nueva York fue la primera capital de las colonias cuando se independizaron y su primer presidente, el general George Washington, residió allí varios años antes de que se decidiera trasla­dar la capital a la futura ciudad de Washington, que era en aquella época una lluviosa, calurosa y semipantanosa extensión de tierra ex­cepto en los centros de gobierno que se recortaron artificialmente de su conjunto.

Las colonias más prósperas fueron las del norte: Massachusetts, con su puerto de Boston, y las colonias inmediatamente circundan­tes (New Hampshire, Connecticut, Rhode Island), Nueva York, Pennsylvania y Virginia. En estas colonias la producción era variada, incluía la pesca de alta mar, la construcción de barcos, el comercio, etc. Maryland (colonia fundada en 1632 por Lord Baltimore como refugio para los católicos, aunque no abundaron en ella los católi­cos), Carolina del Norte y Carolina del Sur (retoños de la próspera colonia de Virginia) se mantenían de plantaciones y eran por lo tan­to esclavistas. La última colonia en establecerse, Georgia, fue funda­da directamente por el gobierno inglés y poblada por ex presidiarios, ya sea rebeldes, o víctimas de las leyes que castigaban al deudor con la cárcel mientras no pudiera pagar sus deudas, sin tomar en cuenta que estando en la cárcel difícilmente podía llegar a pagarlas. En In­glaterra el deudor condenado a prisión vivía durante años, junto con su familia, avecindado en la cárcel, en espera de poder resolver su problema. Georgia, al parecer, fue fundada para impedir la extensión hacia el norte de los territorios gobernados por España o Francia (Florida y Luisiana).

Cuando finalmente se apartaron de Inglaterra, todas las religiones cristianas, incluso la católica y la anglicana, estaban representadas en las trece colonias que firmaron la declaración de independencia el 4 de julio de 1776.

Tanto como la libertad religiosa, lo que buscaban los colonos en el nuevo continente era tierra, y sobre todo tierra propia, así como posibilidades industriales, comerciales y de producción agrícola. Co­mo la tierra en Inglaterra estaba prácticamente toda ocupada o era propiedad privada, el desempleo y las condiciones de vida eran cada vez peores. Además las guerras europeas habían costado mucho di­nero a la Corona y mucho sufrimiento a la población, que se sentía estancada y sin posibilidades de progresar. 

Autogobierno y religión de las colonias

Una característica crucial que afectó el futuro de las colonias ingle­sas en América del Norte es que en todas y desde el principio se ha­bía instituido un sistema de gobierno que reglamentaba todos los as­pectos de la vida en común. Éste variaba de una colonia a otra, pero desde la de Virginia, que tantas penalidades pasó, se comprendió la necesidad de establecer una forma de decidir de común acuerdo lo que debía hacerse, y de castigar o disciplinar a quienes infringían las reglas que la mayoría había impuesto. Esto era indispensable pa­ra organizar el trabajo, las tareas, la propiedad, la vigilancia, la salud y el orden.

No tardó en asentarse por escrito la forma en que se gobernarían a sí mismas. Habría una asamblea en que todos los hombres votarían, y que se reuniría a intervalos fijos. Habría también en algunos casos un Consejo compuesto de los más calificados, sea por su experiencia, su educación, o su profesión, y en el cual figuraban automáticamente los representantes de la Iglesia, fuera ésta católica, protestante, angli­cana, presbítera, episcopal, independiente, inconformista, cuáquera o congregacionalista. Una corte de justicia. Un gobernador, general­mente nombrado por las autoridades inglesas, o bien elegido por los colonos de entre sus miembros.

La forma de organización se volvía más compleja cuando se exten­día la colonia y comprendía varios centros de población. En ese caso se establecían autoridades locales de acuerdo con el mismo sistema de autogobierno, y cada población o municipio enviaba delegados a la asamblea general.

Desde un principio se intentó, sobre todo en las colonias compues­tas de puritanos que huían de la persecución religiosa, cultivar man-comunadamente la tierra, o sea poseerla en cooperativa, pero este in­tento fracasó totalmente. El comunismo cristiano primitivo resultó imposible de imitar. Los granjeros tomaban mayor interés si tenían su propio pedazo de tierra y se negaban a trabajar en común. Las mu­jeres y los niños rehuían el esfuerzo alegando debilidad y falta de fuer­zas. Una vez que se decidió que cada familia tuviera su propia tierra tanto mujeres como niños trabajaban en el campo y los cultivos pros­peraron. (Esta fue una de las principales diferencias con los indíge­nas americanos, acostumbrados a poseer todo en común, e incapaces de adaptarse al sistema de propiedad individual de la tierra, incluso cuando comenzaron a cultivarla en lugar de dedicarse solamente a la cacería.)

El derecho a votar en la asamblea no era precisamente universal, ya que, desde un principio, se otorgó el derecho a votar únicamente a los hombres que tuvieran propiedad, ya fuera por dedicarse al co­mercio o a la manufactura, o por tener bienes raíces, o haber acumu­lado sus ganancias o traer su caudal desde Inglaterra o de donde hu­biera llegado y que, por lo tanto, tenían un interés propio en trabajar por el bien público (sólo los ricos, al parecer, eran lo suficientemen­te altruistas como para procurar el bien común de la colonia). Ade­más tenían derecho a votar y ser votados los que tenían autoridad religiosa, los predicadores o ministros protestantes, los sacerdotes, obispos, presbíteros, etc. Era, pues, una sociedad patriarcal en donde la propiedad y la prosperidad eran indispensables para influir en el destino de la comunidad, sobre todo como miembros del Consejo, o Concilio, que acabó por ser equiparable a la Cámara de los Lores de Inglaterra o, tal vez, al Senado republicano. En cambio la Asamblea, en la cual votaban todos quienes tenían derecho al voto, era semejan­te a la Cámara de los Comunes de Inglaterra, o a la Cámara de Dipu­tados en un régimen republicano.

Este hábito de participación de los colonos en el gobierno y su complicación y reglamentación creciente, sobre todo al extenderse y multiplicarse las colonias y no haber en ellas una administración que hubiera enviado Inglaterra y que se encargara de gobernarlas, fue además propiciado por el hábito de libre expresión y examen, y las formas de participación directa en el gobierno características del pe­riodo de la guerra civil en Inglaterra y el triunfo de los rebeldes con­tra el rey Carlos I a quien acabaron por cortarle la cabeza. Esa rebe­lión y el gobierno subsiguiente, dirigido por Oliverio Cromwell, fue en realidad un movimiento profundamente religioso en el cual par­ticiparon muy distintas sectas protestantes y durante el cual se fomen­tó la discusión y la lectura entre los participantes, y la disputa entre representantes de las diferentes sectas, armados de la Biblia, que por primera vez se había traducido al inglés. La primera etapa de la rebe­lión que alcanzó el triunfo militar remató en sesiones interminables sin resultados prácticos del parlamento, hasta que Oliverio Cromwell, que había dirigido los ejércitos rebeldes, lo disolvió y comenzó a lu­char contra los enemigos internos y externos y a gobernar Inglaterra con tanto éxito que le ofrecieron la Corona y pudo haberse conver­tido en rey. Un año después de la muerte de Cromwell fue restaura­da la monarquía y se reiniciaron las dificultades por el fundado te­mor de que los nuevos monarcas intentarían restaurar el catolicismo. Los problemas internos de Inglaterra siguieron, se produjeron revuel­tas, y los reyes participaron en las guerras europeas, como también lo había hecho Cromwell con éxito. Todo esto sucedió a mediados del siglo xvii, y viene al caso porque explica, entre otras cosas, las diferen­cias entre los fundadores de las distintas colonias americanas, así co­mo una fe instintiva en la conciencia individual, el hábito de discu­sión y análisis y la experiencia de alguna forma de autogobierno y votación parlamentaria de quienes huyeron de Inglaterra en busca de tierra y libertad.

En las colonias británicas la libre discusión, la idea de la relación directa del hombre con su dios, y la libre interpretación de la Biblia y de los Evangelios, dieron lugar a toda una gama de iglesias, desde la Anglicana, cuya cabeza era quien tuviera la Corona heredada de otro rey o reina, y que nombraba al arzobispo de Canterbury, quien se encargaba de dirigir y administrar todo el aparato eclesiástico, has­ta los congregacionistas, que pensaban que la congregación misma debía ser la máxima autoridad eclesiástica, pasando por los presbite­rianos, los bautistas, los anabaptistas, los "igualadores", los indepen­dientes, los no conformistas, etc. Lo tínico que no se toleraba era el ateísmo. Esto condujo a la mayoría a abominar el último escrito de

Thomas Paine que ponía en duda la existencia de Dios. La últíma sec­ta que se popularizó fue una variante de la Iglesia metodista, cuyos predicadores se dedicaban a provocar una especie de catarsis en los miembros más susceptibles de la congregación, que se sentían poseí­dos y sufrían convulsiones en el tránsito a una nueva vida o "renaci­miento" del alma, libre de culpa hasta que una recaída la enfrentara de nuevo con la condenación eterna.

Estos predicadores se volvieron muy populares, sobre todo entre la gente de menos educación, y eran despreciados por los predica­dores más estudiosos y tradicionales. Por otra parte, atrajeron a los descendientes de los esclavos africanos, cuyos cantos religiosos fue­ron la base de los cantos "espirituales" que les son característicos. Sus dirigentes eclesiásticos se convirtieron, ya en el siglo xx, en dirigen­tes políticos comprometidos con los derechos civiles y la igualdad eco­nómica de sus feligreses. De ellos el más famoso es, desde luego, el reverendo Martin Luther King, asesinado el 4 de abril de 1968, pero también, más recientemente, el reverendo Jesse Jackson, uno de los más inteligentes aspirantes a la presidencia que, a pesar de su enor­me popularidad, no tenía la menor esperanza de ser propuesto por su partido como candidato a presidente de Estados Unidos. Quien ahora es visto como presidenciable es nada menos que el general Co-lin Powell, actual secretario de Relaciones Exteriores y no es del todo imposible que a la larga llegue a ser el primer presidente "afroameri­cano" de Estados Unidos.

En todo caso es posible observar que los años que transcurrieron desde 1607, cuando se fundó la primera colonia duradera en Virgi­nia, hasta el año 1763, cuando comenzó el largo proceso que condu­jo finalmente a la guerra contra Inglaterra que se inició en 1775, es­tuvieron marcados no sólo por los ideales sino también por los prejuicios de los colonos y sus dirigentes, con resultados finales total­mente inesperados.

Quizá lo más extraño es que, a pesar de que más de dos siglos han pasado desde la independencia de Estados Unidos, siguen presentes las diversas sectas religiosas e iglesias de los primeros colonos, a las cuales se han agregado otras más recientes. Lo que no se tolera es el escepticismo religioso. El ateo es, tradicionalmente, un paria. En cam­bio toda clase de cultos nuevos o importados de Oriente florecen jun­to a sectas inventadas por un fundador hábil que se finge iluminado y explota económicamente a los creyentes. La conversión de muchos afroamericanos al islamismo fue un intento de regresar a sus oríge­nes por la vía de la religión. El budismo, por otra parte, es especial­mente popular en California entre personas que desean una discipli­na física que tranquilice los nervios y predique la paz y el amor.

Tal vez sea oportuno mencionar que el actual presidente de Esta­dos Unidos es miembro de una variante evangélica de la religión me­todista, y que el hijo del famoso reverendo Billy Graham, que, como su padre, llena estadios completos de creyentes a quienes entusiasma con sus exhortaciones religiosas, fue invitado recientemente a dirigir la palabra a los invitados del presidente en una función destinada a agradecer a Dios la victoria sobre un país enemigo alejado por com­pleto del cristianismo... acto que recuerda, por cierto, la celebración del Te Deum por el clero mexicano en ocasiones semejantes duran­te las guerras del siglo xix. 

Mercantilismo, colonización e imperialismo

Mientras que algunas colonias fueron instituidas directamente por el gobierno británico -como la primera Virginia promovida por Sir Wal-ter Raleigh y la colonia de Georgia, que tenía por finalidad impedir la expansión hacia el norte de la Florida- las demás casi sin excepción fueron organizadas por compañías comerciales como negocio. Las compañías se constituían mediante la inversión de capital de parte de sus socios, buscaban personas dispuestas a hacer el viaje y quedarse en el territorio escogido en el cual recibirían tierra que cultivar. También buscaban personas dispuestas a contratarse como sirvientes durante un periodo de nueve o diez años al final de los cuales podían buscar otro medio de vida, o bien adquirir un lote de tierra para independi­zarse cultivándola ellos mismos. Las compañías anunciaban los bene­ficios que se podrían obtener en América pero inicialmente tenían que vender acciones a los inversionistas, las cuales podían subir o ba­jar de precio, venderse, o heredarse. También tenían que obligarse a proporcionar a los colonos lo que necesitaran, enviarles materiales de construcción, alimentos, animales, armas, etc., y aconsejarlos o diri­girlos en su empresa.

En todo caso tenían que obtener del gobierno inglés una Carta (Charter) autorizando la nueva colonia, y fijando condiciones a las cuales tendría que ajustarse. El gobierno metropolitano se reservaba el poder de legislar sobre dicha colonia, cobrar impuestos, autorizar su comercio, exigir el pago de deudas e imponiendo otras obligacio­nes como la de mantener a tropas inglesas cuando fuera necesario, etc. Además nombraba al gobernador de la colonia que podía ser se­leccionado entre los colonos mismos y propuesto por ellos, o bien, enviado desde Londres.

Al mismo tiempo que Inglaterra colonizaba o autorizaba la coloni­zación de la costa norteamericana, su imperio se extendía en otras di­recciones. Curiosamente fueron compañías mercantiles las que im­pulsaron la extensión cada vez mayor del imperio británico. La Compañía de las Indias Orientales (East India Company) fue la que promovió el comercio con la India al mismo tiempo que iba insinuán­dose y conquistando ciudades y regiones de dicho país. En América las Indias Occidentales, o sea del Caribe, fueron por mucho tiempo más importantes para Inglaterra que las colonias de tierra firme en América del Norte. Sin embargo, después de que la Compañía de las Indias Orientales logró conquistar la mayor parte de la India llegó el momento en que creció demasiado y el gobierno inglés acabó final­mente por hacerse cargo directamente del gobierno de la India en 1807. Entre tanto la Compañía de las Indias Orientales ya había avan­zado en dirección opuesta, para apoderarse de Afganistán, región que jamás pudo gobernar con tranquilidad, e iniciar hacia el sur el descu­brimiento y "colonización" de África.

Desde luego que el imperio británico, fluctúan te, se extendió tam­bién en otras direcciones, por ejemplo, en algunos puertos de la Chi­na, país donde el opio le sirvió para sojuzgar indirectamente a gran parte de la población y se apoderó además del enorme territorio de Australia y de la vecina Nueva Zelanda.

Ni tardos ni perezosos los franceses, los holandeses, los españoles, los portugueses, hacían lo mismo. Si bien España y Portugal habían iniciado la colonización y apropiación del continente americano, lo habían hecho de una forma diferente. Su conquista, sangrienta y cruel, llevó a los conquistadores a asentarse en la tierra conquistada y gobernarla para bien o para mal en forma permanente, y crear una nueva civilización, que ya no era ni española ni indígena. Esto fue po­sible porque los indígenas tenían ya una organización sumamente avanzada, sus propios imperios, sus propias rivalidades, sus propias re­ligiones, y, finalmente, por las buenas o por las malas, se sometieron a los conquistadores, aunque no sin rebelarse una y otra vez. En cam­bio en Filipinas, España apenas si colonizó una parte de las islas y hu­bo resistencia a hacer de ellas otra cosa que un mercado o lugar de intercambio, donde se compraban y vendían los productos de Asia.

En todo caso es posible pensar que la tendencia imperialista de los ingleses fue heredada por muchos de sus vastagos en las colonias bri­tánicas, con el resultado de que no tardaron mucho en extender su territorio en todas direcciones. El hecho de que Thomas Jefferson, ardiente republicano y paladín de los derechos humanos, habiéndo­se convertido en presidente de la nueva república, le haya comprado el territorio de Luisiana a Napoleón Bonaparte, quien le vendió ade­más el de Florida, sin preocuparse ninguno de los dos por la opinión de sus habitantes, resulta inexplicable si se atiene uno rigurosamen­te a los ideales de Jefferson. Además, ya había invadido un pedazo de la Luisiana con anterioridad, por sentir la necesidad imperiosa de una salida al mar, que le estaba bloqueando la flota inglesa durante la nue­va guerra de las ex colonias contra Inglaterra, que se declaró en 1812 después de años de hostigamiento por parte de Inglaterra.

Tampoco hay que olvidar que la adquisición de todo el territorio de la Nueva España al norte del Río Bravo fue condición previa indis­pensable para la expansión territorial de las trece colonias iniciales ha­cia occidente, y del desarrollo industrial pasmoso de Estados Unidos en el siglo xix. Además fue uno de los motivos inmediatos de la gue­rra civil norteamericana, ya que Texas, originalmente parte de la Nue­va España, había sido parcialmente poblada por norteamericanos que tenían esclavos, y su ingreso en la unión norteamericana fue favore­cido por ese mismo hecho, ya que era un estado más en el platillo es­clavista de la balanza que equilibraba el número de estados libres y esclavistas. También hay que tomar en cuenta que la guerra civil en­tre los estados libres y los esclavistas a mediados del siglo xix no hu­biera sido posible sin la expansión previa hacia occidente, el descu­brimiento de oro en el nuevo estado de California y la construcción de ferrocarriles con que se intentó comunicar las distintas partes del territorio recién ensanchado.

Al final de ese siglo llegó a la presidencia Theodore Roosevelt, quien no tardó en promover la adquisición de todas las colonias españolas a las cuales, en un principio, se pretendía ayudar a liberarse del yugo español. Entre estas colonias estaban no sólo Cuba y Puerto Rico sino también las islas Filipinas, cuya conquista no respetó siquiera la exis­tencia de una lucha de independencia previa, que tenía ya una cons­titución republicana y un presidente. De hecho se engañó al presiden­te Aguinaldo, ofreciéndole apoyo como pretexto para acercarse y lue­go invadir el archipiélago, al cual se conquistó a sangre y fuego, aca­bando por imponerles a los filipinos un protectorado que se prolongó durante seis décadas a pesar de las sucesivas insurrecciones.

Estas son algunas de las contradicciones abiertas, no sólo entre los ideales originales de quienes lucharon por la independencia y la instau­ración de la república, sino entre la idea que tienen de sí mismos los norteamericanos, acostumbrados a verse siempre en el papel de salva­dores magnánimos, y la experiencia que de ellos tienen los territorios sometidos a su gobierno directo o a su influencia política y económica.

Por otra parte todas estas conquistas, ya sea en forma de compra, de invasión o de influencia política, han tenido opositores dentro de Estados Unidos. Opositores que han luchado contra esas intromisio­nes en la vida de otros pueblos de todas las formas posibles: en las ca­lles en marchas y manifestaciones, en los periódicos y medios publi­citarios, en las universidades, en el Congreso como senadores o diputados o incluso como presidentes. Algunos de estos disidentes es­tán incluidos en la antología de pensadores norteamericanos del si­glo xix que el lector tiene entre las manos. 

ii. declaración de independencia, guerra y constitución 

Dos siglos después de iniciarse las colonias inglesas en América del Norte su población se había multiplicado y su territorio extendido hacia el oeste y hacia el norte y sólo la existencia de colonias france­sas y españolas impedía su extensión hacia el sur. La pesca, la cons­trucción de barcos, la explotación de bosques, la navegación fluvial, las granjas y huertos en abundancia, las plantaciones de algodón y tabaco, los establecimientos bancarios facilitadores del comercio, la educación primaria, media y superior que, aunque informal o desti­nada a educar únicamente a los hijos de familias acomodadas, pro­ducía no sólo clérigos sino médicos y abogados, la abundancia de im­prentas aptas para imprimir no sólo tarjetas y anuncios sino también revistas y periódicos, eran prueba de que la apuesta inicial de los co­lonos y sus patrocinadores había triunfado.

Mientras tanto en Inglaterra la adquisición de colonias riquísimas en Asia por intermediación de sus compañías comerciales, las gue­rras contra España primero y, más tarde, contra Francia y contra los rivales de Inglaterra en Asia, hacían crecer su poderío pero consu­mían muchísimo dinero. Isabel, la primera y más famosa reina de In­glaterra, que reinó desde 1558 hasta 1603, había sido remplazada por una sucesión de reyes y reinas, e incluso por una república revolucio­naria. En efecto, después de la guerra civil y religiosa de 1642 que culminó, tras una corta paz, en la decapitación del rey Carlos I en 1649, se instaló un régimen republicano que abolió la monarquía, remplazándola con un consejo ejecuüvo de cuarenta y un miembros. Al mismo tiempo conservó una cámara legislativa de elección popu­lar pero acabó con la cámara de los lores, o sea de la nobleza ecle­siástica y hereditaria. En 1653, Oliverio Cromwell, jefe militar del mo­vimiento, se convirtió en dictador al disolver el parlamento por ser incapaz de ponerse de acuerdo. Este caudillo sin título de nobleza encabezaba un estado que aspiraba a implantar la libertad de culto (excepto para los católicos), la igualdad de derechos y el voto para la mayoría de los ciudadanos (las mujeres ni siquiera habían pensa­do en la posibilidad de votar). Cromwell era un gran estratega y há­bil político que encabezaba un ejército popular, por lo tanto, hizo la guerra con éxito contra los enemigos internos que seguían levantán­dose en armas en favor de la monarquía y emprendió otras guerras contra los enemigos externos aliados con la monarquía derrocada. Se negó a aceptar el título de rey que le ofrecieron y no quiso nom­brar a su sucesor. Dos años después de su muerte, que tuvo lugar en 1658, se reinstauró el régimen monárquico con el ascenso al trono de Carlos II y se reanudaron las disensiones religiosas y políticas. Fi­nalmente la "Revolución Gloriosa" logró conciliar los ánimos me­diante la importación de un príncipe protestante, Guillermo de Orange, que estaba casado con una tal María, hija del rey decapita­do. El reinado de ese matrimonio tenía por lo tanto el aval de la su­cesión "legítima" y directa. Fue Jorge III, descendiente de esta nue­va dinastía, quien gobernara Inglaterra en 1764, cuando las colonias norteamericanas comenzaron a rebelarse contra él por la obligación que les impuso de pagar nuevos y desmesurados impuestos que les parecieron injustos. Su rebeldía les pareció a los colonos claramen­te justificada porque no habían sido consultados. Alegaban que no se les podían cobrar impuestos sin su consentimiento, y, por otra par­te, no lo podían dar porque no estaban representados por miembros de su elección en el parlamento inglés.

Para esas fechas se habían efectuado cambios fundamentales. En el siglo xvn Inglaterra se había fortalecido gracias al comercio y la pi­ratería, la lucha contra el imperialismo francés y español, la guerra civil y religiosa que renovó las clases sociales e impulsó la lectura y la discusión, el descubrimiento y conquista de territorios extranjeros por compañías comerciales inglesas que sojuzgaban a los naturales con su propio ejército y marina, y la lucha interna por controlar to­do el territorio de lo que sería, a la larga, Gran Bretaña. El siglo xviii se inició con la consolidación oficial de Irlanda, Escocia e Inglate­rra en un solo país gobernado por el rey y el parlamento de Inglaterra en el cual Irlanda y Escocia tendrían representantes (1707). Fue, ade­más, el xviii, un siglo de creciente poderío de Inglaterra gracias a sus compañías comerciales cuyo imperio se extendía cada vez más en In­dia y cuyo comercio e importación de productos extranjeros y expor­tación de productos ingleses la beneficiaba económicamente. Hubo, como de costumbre, una serie incesante de guerras europeas por el predominio de las diferentes casas reales. Por otra parte se dieron adelantos científicos que mejoraron los sistemas de producción y co­municación que produjeron la llamada revolución industrial y que transformó drásticamente las relaciones sociales dentro de Inglate­rra. La invención de los telares mecánicos, cada vez más rápidos y complejos, en los que se utilizaba el algodón producido en sus colo­nias, cuyo producto se exportaba y producía ganancias fabulosas; el inicio de la construcción de canales que servirían para la comunica­ción interior, y para transportar mercancías hacia los puertos en que se embarcaban hacia el exterior; la transformación de campesinos en obreros que vivían amontonados en tugurios malsanos en los alrede­dores de las fábricas y minas; la rebelión de los trabajadores que no sólo hacían huelgas sino que destruían las máquinas que reducían sus salarios y alargaban sus jornadas; la proliferación de imprentas, pe­riódicos, círculos de lectura y bibliotecas por suscripción entre los obreros y habitantes de las ciudades... todos estos cambios, para bien o para mal, afectarían en forma permanente a Gran Bretaña y se re­flejaban en las colonias americanas que compraban la ropa inglesa importada y copiaban las novedades de la metrópolis. Los colonos norteamericanos enviaban, además, a sus hijos más hábiles a estudiar en universidades inglesas, o bien a aprender de primera mano en los talleres y fábricas los métodos más modernos. Por otra parte, los des­contentos, los perseguidos por agitar en favor del sufragio universal, por reducir lajornada de trabajo, o por terminar con abominaciones e injusticias como la prisión de los deudores o el tráfico de esclavos, huían hacia las nuevas colonias donde encontraban terreno fértil pa­ra sus ideas.

La guerra por la independencia de las colonias inglesas en Amé­rica del Norte se gestó en el periodo posterior a la guerra entre Fran­cia e Inglaterra que duró desde 1755 hasta 1763 y terminó en la derrota francesa, con la pérdida de sus colonias en Asia y América. Inglaterra, triunfante y mucho más poderosa que antes, quedó sin embargo endeudada por la suma de 129 586 789 libras esterlinas so­bre la cual debía pagar 4 688 177 libras de interés anual. Además se enfrentaba a una depresión económica en el interior del país, agu­dizada para las clases bajas por los avances de la revolución industrial. Ésta había transformado la relación de trabajo tanto en las ciudades como en el campo. Los trabajadores se amotinaban contra los due­ños de las minas y las fábricas de telas de algodón y de lana y des­truían las nuevas máquinas que mecanizaban la producción. Ni tar­dos ni perezosos los dueños se armaban contra los trabajadores y los jueces condenaban a sus dirigentes a la cárcel o al destierro, cuando no a la horca. Los propietarios, por su parte, enfrascados en una com­petencia mutua, intentaban reducir sus costos alargando los horarios de trabajo y aumentando la velocidad de las máquinas, con lo cual sometían a hombres, mujeres y niños a una forma de vida indistin­guible de la esclavitud. A pesar de todo la población aumentaba o cuando menos se concentraba cada vez más en torno a los sitios de trabajo o en las ciudades, a donde huían en busca de supervivencia. La nueva ley de atención a los pobres obligaba a éstos a trabajar a marchas forzadas dentro de los asilos, y hasta las prostitutas atrapa­das por la sociedad bien pensante eran obligadas a hilar en casas de corrección como forma de regenerarlas. Quienes perdían su casa o su propiedad o su trabajo y no podían pagar sus deudas eran envia­dos a la cárcel para deudores donde vivían apiñados con sus familias en condiciones insalubres y denigrantes. La desigualdad era tan ex­trema y evidente que los miembros más progresistas de la sociedad buscaban formas de solucionar el problema mediante cambios en la legislación ya que el descontento amenazaba con convertirse en re­volución abierta.

Es por esta explosiva situación que los ministros de Jorge III, a quien le urgía pagar la enorme deuda colectiva de Inglaterra, teme­rosos de las consecuencias de imponerles nuevas cargas a los subdi­tos que tenía cerca, decidieron obtener los recursos necesarios impo­niendo nuevos impuestos a las distantes colonias americanas, que contenían una población numerosa y económicamente rozagante. Además había en las colonias muchos propietarios de barcos que se dedicaban también al contrabando, como se llamaba a la piratería marítima en pequeña escala que ejercían no sólo contra barcos fran­ceses, españoles y portugueses, sino también contra los británicos con la consiguiente pérdida de ganancias para la metrópolis, por lo cual había que aplicar más estrictamente las leyes que reglamentaban la navegación.

La solución a los problemas económicos del gobierno británico se buscó, inicialmente, en la exportación desde Inglaterra y compra obli­gatoria por los colonos que lo necesitaran de papel timbrado, no a los timbres necesarios para franquear cartas, o para legalizar cual­quier transacción mercantil o documento legal. Éste fue el llamado Impuesto sobre los Timbres que se promulgó en marzo de 1765. No se tomó en cuenta que semejante impuesto no sólo afectaría directa o indirectamente a todos los colonos, sino muy especialmente a los individuos más capaces de quejarse y propagar su descontento: los clérigos, los abogados y, sobre todo, los impresores, que habitualmen-te producían ellos mismos el papel e imprimían los escritos que ha­bía que timbrar para cualquier transacción e incluso imprimían -al menos en Filadelfia- los billetes que se utilizaban corrientemente en lugar de monedas y publicaban panfletos y periódicos, que también requerían de timbres para su circulación.

La ira de los afectados no tuvo límites. Se enviaron peticiones a In­glaterra demandando que se suspendiera el impuesto sobre los tim­bres (Stamp Tax). Benjamín Franklin fue a Londres para presentar sus argumentos contra el susodicho impuesto en el Parlamento. Además se discutió en las asambleas y se alegó la injusticia de exigirles el pa­go de impuestos cuando no estaban representados en el Parlamento de Inglaterra. No taxation without representation!'fue el grito de guerra que calentó los ánimos que, sin embargo, no se tranquilizaron cuan­do se logró la suspensión del odiado impuesto.

Y no se tranquilizaron porque el gobierno inglés procedió a impo­ner una sucesión de medidas agresivas y restricciones a la navegación y el comercio que herían y humillaban a los colonos, como, por ejem­plo, el envío de ejércitos y la exigencia de que fueran acuartelados en las casas y campos de los colonos y mantenidos a su costa. Cuando los soldados eran recibidos con demostraciones de odio por turbas furi­bundas, las tropas inglesas disparaban contra ellas. Este tira y afloja, abuso y rechazo, fue un proceso que tomó varias formas y se prolon­gó durante trece años antes de que comenzara a hablarse de la posi­bilidad de separarse de la Corona inglesa.

La idea de la unión de todas las colonias en un gobierno común ya había sido sugerida como forma de coordinar la defensa de las mis­mas mucho antes de la ruptura con Inglaterra. En 1754, a punto de estallar la guerra de los Siete Años con Francia, Benjamin Franklin fue enviado como representante de Pennsylvania a una reunión de comisionados de las distintas colonias en Albany, capital de la colonia de Nueva York, para conferenciar con los jefes de las seis naciones in­dígenas consideradas amistosas y negociar con ellos su ayuda para los ingleses. En el camino Franklin redactó un plan según el cual repre­sentantes de las asambleas de todas las colonias se reunirían anual­mente para considerar y legislar todo lo necesario, no sólo para la de­fensa de las mismas sino también para planear conjuntamente otras medidas referentes al comercio, navegación, industria, etc. Cuando llegó a Albany propuso este plan para su discusión en el Congreso y se encontró con que otros delegados habían pensado ya en algo pa­recido y se discutieron diversos planes.

Según el plan de Franklin el gobierno general sería administrado por un presidente nombrado por la Corona y un gran consejo elegi­do por las asambleas de las diversas colonias. Estos planes se debatie­ron diariamente en el Congreso, junto con el asunto de las tribus in­dias. Al final, después de superarse las objeciones, el plan de Franklin se aprobó por unanimidad, se hicieron copias del mismo con las en­miendas que se le habían hecho, las cuales debían transmitirse al Se­cretariado de Comercio y a las asambleas de las diversas colonias. Sin embargo no paso de allí. Las asambleas no estuvieron de acuerdo, por parecerles demasiado favorables a las clases pudientes a quienes se les otorgaban demasiados derechos. En Inglaterra, en cambio, se juzgó que el plan era demasiado democrático por lo cual el Secretariado de Comercio (Lords of Trade) no lo aprobó y no se le presentó al rey pa­ra su aprobación. De hecho les había parecido demasiado peligroso y hasta subversivo. Según Franklin, de haberse aprobado, no habría sobrevenido la necesidad de mandar tropas inglesas a proteger a las colonias del ejército francés, puesto que las colonias se habrían podi­do defender a sí mismas, y no habría habido necesidad de imponer nuevos impuestos para pagar a los ejércitos encargados de defender­las, ni se habría declarado la independencia de las colonias ni habría habido guerra entre Inglaterra y éstas. Eso es, al menos, lo que pen­saba Benjamin Franklin, quien aborrecía la guerra e incluso tenía por sistema evitar las disputas y buscar siempre la conciliación, moüvo por el cual era escogido para negociar acuerdos o servir de embajador en tantas ocasiones.

Es importante señalar que, si bien la idea de una asamblea regular de todas las colonias y su unión para decidir no sólo su defensa sino también otros asuntos de interés común flotaba ya en el ambiente des­de 1754, nadie proponía que las colonias se independizaran de Ingla­terra. Era tan ajena semejante idea a la mentalidad de los colonos que fue necesario que un inmigrante recién venido de Inglaterra la pro­pusiera, argumentando en su favor tan convincentemente que al fin fue vista como la solución lógica e inevitable de los problemas con In­glaterra y se declarara la independencia.

Pero antes pasaron casi 13 años, contados desde el final de la gue­rra contra Francia, durante los cuales el gobierno inglés tomó una sucesión de medidas inusitadas contra sus subditos norteamericanos, con el propósito inicial de resolver sus propios problemas económi­cos y luego con la intención de castigar a los colonos que se rebela­ban contra dichas medidas y someterlos al orden. No fue sino hasta la batalla de Lexington, en abril de 1775, que estalló formalmente la guerra por lograr la independencia, pero éste fue sólo el último de una cadena de incidentes.

En Inglaterra los problemas económicos seguían agravándose por­que la Compañía de las Indias Orientales, de cuyas actividades depen­día en gran medida la riqueza y poderío de Inglaterra, se encontraba al borde de la quiebra. Sus acciones se habían desplomado, ocasio­nando un pánico financiero y la subsiguiente depresión económica que duró doce meses; en India, que todavía administraba dicha Com­pañía, hubo hambruna en Bombay, con los consiguientes desórdenes y amotinamientos. Además de todos los gastos de administración la Compañía tenía una deuda con el gobierno inglés de más de un mi­llón de libras esterlinas y, para colmo, tenía demasiado té que no po­día vender por estar saturado el mercado.

Originalmente el primer ministro de Inglaterra, William Pitt, ha­bía pensado recuperar el costo de las recientes guerras imperialistas de Inglaterra no sólo contra Francia sino también contra España, Por­tugal y Holanda, cobrándole a la Compañía de las Indias Orientales la suma de 400 000 libras esterlinas anuales. Esta idea fue desechada porque hubiera perjudicado a ingleses acaudalados que tenían accio­nes o participaban de alguna manera en la Compañía. Pitt perdió su puesto y el siguiente ministro, Lord North, urdió el plan de permitir que la Compañía vendiera su té excedente a las colonias norteameri­canas, a muy bajo precio y sin pagar ningún impuesto. Esta ley, cono­cida como la Ley del Té, se promulgó el 10 de mayo de 1773.

En la primavera de ese año se había propuesto en Virginia la for­mación de comités de correspondencia entre las colonias con el fin de concertar medidas comunes contra cualquier acto de opresión por parte de Inglaterra. La propuesta se hizo para apoyar a los mercade­res de Newport, Rhode Island, que, en el verano de 1772, habían cap­turado y quemado un barco recabador de impuestos, a cuyo coman­dante se le acusaba de secuestrar hombres para que sirvieran en la marina inglesa por la fuerza, robar corderos, puercos y gallinas, y cor­tar árboles frutales para quemarlos y calentarse. Durante el juicio que se hizo contra los colonos se comprobó que eran culpables de dedi­carse al contrabando, pero eso no les resto simpatía, ya que no eran ni con mucho los únicos, y la tolerancia al respecto era tradicional. Además estaba implicado en el crimen John Hancock, respetable co­merciante y dueño de barcos que sería uno de los firmantes de la de­claración de independencia.

Tres meses antes de que se organizaran efectivamente los comités de correspondencia en Virginia, ya se habían organizado en Massa-chusetts. A instancias de Samuel Adams en una asamblea se decidió poner en práctica la idea organizando comités en cada población de Massachusetts. Cada comité debía informar directamente a Boston, la capital, y Boston informaría a todos los comités de los demás esta­dos. Para el año 1774 habría ya trescientos comités de corresponden­cia en Massachusetts y a la larga sobreseyeron a las habituales asam­bleas convirtiéndose en el gobierno de facto de la colonia.

En cuanto se supo la noticia de que se había promulgado la Ley del Té cundió la alarma entre los colonos y se intentó hacer todo lo posible para que no se pudiera imponer. Como hemos visto el con­trabando era un buen negocio y, aunque les saldría más barato el té, les pareció escandalosa la medida y ofensiva para las colonias. En oc­tubre de 1773 se formaron comités de correspodencia intercolonial en Pennsylvania, Delaware y Maryland, los cuales aprobaron resolu­ciones en que se denunciaba la Ley del Té por abusiva y dañina.

Entre tanto la Compañía de las Indias Orientales había iniciado el envío de embarcaciones cargadas de té a las colonias norteamerica­nas. El primero de los barcos llegó a Boston y ancló en la bahía el 28 de noviembre de 1773. Siguieron tres semanas de discusiones sin de­cidirse nada. Bajo las leyes de comercio habría sido necesario pagar el impuesto de exportación de dicho té si se regresara a Inglaterra como se proponía. Hutchinson, el gobernador, que incialmente apo­yó su regreso, cambió de opinión, calculando que si no se pagara el impuesto para el 17 de diciembre la aduana de Boston podría requi­sarlo y luego venderlo (con lo cual, posiblemente, se obtendría una buena cantidad de dinero cuyo desuno final ponían en duda los ciu­dadanos). Mientras tanto llegaron dos barcos más cargados de té a la bahía. El 16 de diciembre, en una asamblea multitudinaria un amigo de Adams preguntó en voz clara y sonora: "¿Qué sabor tendrá el té mezclado con agua salada?" Otro gritó: "¡Un motín, un motín!" y acto seguido varios hombres disfrazados de indios norteamericanos enca­bezaron una turba que se dirigió a la bahía. Allí los amotinados abor­daron los tres barcos, sacaron a cubierta 342 cajas de té, las rompieron con hachas y arrojaron el té al mar, finalizando todo en una marcha triunfal con flautas y tambores por las calles de Boston.

La noticia corrió como fuego por las colonias que la recibieron con entusiasmo. Diez días después Filadelfia regresó los barcos cargados de té a Inglaterra. En Charlestown el té fue desembarcado pero no se permitió su distribución. El 22 de abril la ciudad de Nueva York repi­tió la hazaña de Boston y el té de la Compañía de las Indias Orienta­les fue nuevamente arrojado al mar. En Londres se publicó la noticia de la descarada contravención de los deseos expresos de la Corona el 20 de enero de 1774, con la consiguiente ira de los ingleses, entre quienes había, sin embargo, simpatizantes de las colonias y su rebel­día. Benjamín Franklin, que seguía en Londres abogando por las co­lonias intentaba todavía calmar los ánimos.

Pero Inglaterra, lejos de calmarse, envió tropas a imponer el or­den al mando del general Gage. Se les prohibió a los habitantes de Boston el libre comercio de que gozaban en tanto no pagaran una compensación a la Compañía de las Indias Orientales por el té aho­gado. La Ley del Puerto de Boston fue firmada por el rey el 31 de mar­zo de 1774. Otras medidas, que llamaron los colonos las "leyes into­lerables", estipularon que el consejo de Massachusetts ya no sería ele­gido por los ciudadanos sino por el gobernador enviado por Inglaterra, a quien se le otorgó poder para despedir a jueces, algua­ciles y demás oficiales de seguridad pública, y para controlar y restrin­gir las actividades de las asambleas municipales. Otra "ley intolera­ble", firmada por el rey el 2 de junio del mismo año, autorizaba al gobernador a acuartelar a los soldados a costa de los ciudadanos y en cualquier domicilio o campo que le diera la gana.

El siguiente paso hacia la guerra contra Inglaterra lo dio el gene­ral Gage, directamente responsable de poner fin a la rebelión en Bos­ton. Aunque tenía a la ciudad prácticamente sitiada, no podía impe­dir las reuniones de los comités de correspondencia ni se atrevía a detener a los líderes de la resistencia que se paseaban impunemente por la ciudad.

Sabiendo, como lo sabía todo el mundo, que en el campo un gran número de ciudadanos estaba pracücando ejercicios militares duran­te cuatro horas diarias, antes de entrar y después de salir del trabajo, y aprendiendo además a disparar armas de fuego, se enteró de que guardaban las armas y la pólvora en un almacén del poblado de Con-cord y decidió requisar sus armas y demás pertrechos. Tomó la deci­sión a regañadientes porque se había dado cuenta de que no era po­sible acabar con la insurrección en dos meses como había pensado originalmente. Por otra parte tenía que hacer algo, ya que había re­cibido del secretario para América, puesto recién creado, una carta ordenándole actuar en contra de los alzados.

El 18 de abril de 1775 envió en secreto una fuerza de setecientos sol­dados de infantería a apoderarse de las armas y demás pertrechos que guardaban los rebeldes en un almacén del poblado de Concord, a unas veinte millas de Boston por la carretera. En Boston los dirigentes rebel­des se enteraron de los propósitos del general Gage y enviaron ajine-tes que cabalgaron a toda velocidad a informar del inminente ataque a los sublevados. Se llamaban a sí mismos "hombres del minuto" y no cabe duda de que llegaron a tiempo. En el pueblito de Lexington, a medio camino de Concord, las tropas de Gage se toparon con una ba­rrera de setenta y cinco voluntarios armados y listos para impedirles el paso. Alguien disparó y los soldados abrieron fuego matando a ocho de los defensores e hiriendo a diez. Los rebeldes se dispersaron y los soldados siguieron avanzando hasta Concord, en donde encontraron vacío el almacén. Durante el camino de regreso a Boston sufrieron mu­chísimas bajas ya que los rebeldes, ocultos entre los árboles o parape­tados tras muros de piedra, los iban cazando a medida que avanzaban.

Con esta batalla se inició la guerra abierta contra Inglaterra que se propagó inmediatamente en una serie de acciones independientes. En Virginia los ingleses lograron capturar toda la pólvora que tenían los colonos almacenada en Williamsburgh pero en cambio perdieron el fuerte de Ticonderoga junto con sus armas y pertrechos, entre los cuales había muchos cañones. Esta victoria, además, dejaba abierto el camino hacia Canadá que aprovecharían los colonos para atacar allí a los ingleses.

El mismo día de la victoria de Ticonderoga, 10 de mayo de 1775, comenzó a sesionar el Segundo Congreso Continental que decidió destinar fondos a la formación de un ejército y nombró para dirigir­lo a George Washington. Este hacendado de Virginia había servido como coronel en las milicias coloniales que participaron en la guerra de los siete años pero no se sentía capaz de dirigir un ejército. Sin em­bargo, se le exigió que aceptara el cargo para que las colonias del sur se sinúeran representadas. En otoño del mismo año el ejército colo­nial invadió las posesiones británicas de Canadá.

¡Y todavía no se declaraba la independencia!

En diciembre del fatídico año 1775, Tom Paine, que desde que lle­gó de Inglaterra el 30 de noviembre del año anterior había escrito ar­tículos contra la esclavitud y en favor de la insurrección, les enseñó a sus amigos el original de un panfleto de cincuenta páginas en que re­comendaba que las colonias se independizaran de Inglaterra y adop­taran una forma republicana de gobierno. El doctor Benjamín Rush, hombre muy influyente, le sugirió que le pusiera el título de "Senti-do Común" y le consiguió un editor. El panfleto fue publicado en ene­ro de 1776 y tuvo una gran difusión, alcanzando a venderse casi me­dio millón de ejemplares en cuestión de semanas. Se publicaron además párrafos selectos en todos los periódicos de las colonias y el 4 de mayo de 1776 se publicó una traducción francesa, después de eliminar los párrafos antimonárquicos. Muchos predicadores lo leían desde el pulpito como si se tratara de un sermón. Además Paine, en lugar de quedarse con las ganancias que le correspondían, las rein-vertía para publicar nuevas ediciones a un precio accesible para cualquier persona. Hubo muchas críticas al libro de parte de los con­servadores, sobre todo de uno que se firmaba Catón y publicó una se­rie de cartas contra Paine en el mes de abril de 1776. Paine le contes­tó inmediatamente en cuatro cartas en las cuales ampliaba los argu­mentos expresados en "Sentido Común". También estas cartas fueron ampliamente difundidas.

En mayo de 1776 el Congreso Continental resolvió que en cada co­lonia donde no hubiera ya un gobierno capaz de enfrentar la nueva situación se formara uno nuevo, y uno por uno los nuevos gobiernos indicaron a sus delegados al Congreso Continental que votaran pol­la independencia. Finalmente, en medio de dudas y disensiones, el Congreso ordenó que se formara un comité encargado de poner en práctica una de las sugestiones de Paine redactando una declaración de independencia. Los miembros del consejo de redacción fueron Benjamín Franklin, John Adams, Roger Sherman, Robert R. Livings-ton y Thomas Jefferson. Dos de los miembros realmente capaces de redactar la declaración no podían o no querían hacerlo: Franklin, re­cién regresado de sus negociaciones en Inglaterra, estaba muy enfer­mo de gota, y Adams, más conservador, se resistía a hacerlo porque no quería alarmar a las colonias menos revolucionarias. Fue por esto que le tocó a Thomas Jefferson redactar, el primer día de junio, la de­claración de independencia y lo hizo apasionada y lúcidamente. Ade­más de su amplia cultura y talento de escritor, tenía la ventaja de es­tar familiarizado con las leyes y podía argumentar con precisión la legalidad de lo declarado. Dos días más tarde, el Congreso aprobó el texto aunque eliminando, muy a pesar de Jefferson, la cláusula en que se abolía la institución de la esclavitud, debido a que los delega­dos de Carolina del Sur y Georgia no habrían firmado la declaración de otra manera. La Declaración de Independencia fue, pues, aproba­da por unanimidad y se publicó el 4 de julio de 1776.

Pero no terminaron allí los servicios de Paine a la causa de las co­lonias. En julio de 1776 ingresó en el ejército a las órdenes de Wash­ington. Durante la guerra combinó su actividad militar con la de pro­pagandista, y publicó una serie de panfletos para reanimar a los rebeldes y defender su causa en Inglaterra y en Europa. El primero de ellos apareció en diciembre de 1776, cuando los soldados de Was­hington estaban congelados y hambrientos y hubo mucha deserción. Estos panfletos fueron finalmente recogidos y publicados con el nom­bre de "Crisis", ya que cada uno de los escritos se proponía enfrentar una crisis durante la cual Paine exhortaba por ese medio al pueblo y a sus dirigentes a seguir luchando por la independencia a pesar de los obstáculos que se presentaban.

Es necesario admitir que la actitud del general Washington contri­buía al descontento y a las dudas de los alzados. A pesar de estar cons­tituido el ejército fundamentalmente por voluntarios, Washington imponía una disciplina férrea que, evidentemente, le parecía indis­pensable para lograr el triunfo. Lo malo es que añadía a las penalida­des de los soldados en el norte del país durante el invierno, golpizas y flagelaciones por faltas de disciplina y el fusilamiento de quienes in­tentaban desertar. Estos, sin embargo, eran muchos y cada vez en ma­yor número lograban escaparse y regresar a sus hogares. Además las asambleas, aunque habían firmado de común acuerdo la decisión de fot mar el ejército y conseguirle fondos, retrasaban los pagos y ade­más de friolentos y enfermos los soldados se morían de hambre. Tam­bién en esto ayudó Paine a Washington, organizando el envío de ví­veres gratuitamente. En todo caso Washington, aunque no era precisamente un Napoleón que inspirara lealtad y entusiasmo a sus tropas, persistió en la lucha y siguió fiel a la causa a pesar de las de­rrotas y dificultades, con lo cual se convirtió en un héroe nacional y era visto como tal en Europa.

La guerra proseguía, en efecto, año tras año, a pesar de que mu­chos de los colonos, sobre todo los más acomodados o temerosos, se declaraban fieles a Inglaterra e intentaban desanimar a los insurrec­tos. El hijo mayor de Franklin, por ejemplo, contrarió gravemente a su padre al enlistarse como voluntario en el ejército inglés. En enero de 1781 Jefferson, elegido gobernador de Virginia, tuvo que huir de Richmond, la nueva capital del estado cuando fue tomada por las fuerzas de Benedict Arnold, general independentista que había cam­biado de bando. En la primavera de 1780 el general realista Clinton, que ocupaba Nueva York, emprendió una expedición contra Charles-ton, el principal puerto de las colonias del sur. El general británico Cornwallis asoló el estado de Georgia, donde estableció un gobierno realista y luego invadió Carolina del Norte y Carolina del Sur. La gue­rra seguía sin definirse porque, a pesar de las deserciones y traicio­nes, seguían aumentando las huestes de los insurrectos debido a la crueldad de los ejércitos realistas.

De todos el más cruel de los americanos leales a Inglaterra fue Ba-nastre Tarleton, quien formó un cuerpo de soldados al mando de Cornwallis y peleó de manera tan salvaje que ganó muchos adeptos para los insurrectos. Entre otros que odiaron para siempre a los in­gleses después de estas campañas estuvo Andrew Jackson, futuro pre­sidente de Estados Unidos, que tenía 13 años cuando llegaron las tro­pas de Tarleton a Carolina. Su familia participó en la rebelión contra los invasores y Jackson mismo, a pesar de su corta edad, militó en las fuerzas rebeldes y fue encarcelado. En prisión contrajo la viruela y es­tuvo a punto de morir. Su padre y sus hermanos murieron durante las hostilidades, así como su madre, que contrajo una infección al atender como enfermera a los rebeldes presos en Charleston. El jo­ven fue puesto al servicio de uno de los oficiales, pero cuando éste le ordenó limpiar sus botas se negó a hacerlo y el oficial le asestó un gol­pe con su espada que le dejo una cicatriz en el rostro que le duró to­da la vida y de la cual se ufanaba como de una condecoración.

No sólo los estados del Sur sino toda la población costera sufrió las depredaciones de los ejércitos ingleses, de los cuales les era difícil de­fenderse, por la separación física y la fortuna tan dispareja de las tro­pas revolucionarias. Sin embargo, cuando Cornwallis en 1781 avanzó hacia el norte desde sus posiciones triunfantes en el sur, se topó cada vez con mayor resistencia y decidió esperar en la población costera de Yorktown a que pudiera rescatarlo la flota inglesa. Entre tanto Wash­ington, que había estado inmovilizado durante mucho tiempo sitian­do a los ingleses que ocupaban Nueva York, decidió aprovechar la oportunidad y se lanzó hacia el sur para combatir a Cornwallis. Por fortuna contaba ya no sólo con el apoyo de un ejército enviado por Francia para asistir a los insurrectos, al mando del conde de Rocham-beau, sino también con la ayuda de una escuadra naval francesa co­mandada por el almirante de Grasse, que se interpuso entre la flota inglesa y Cornwallis e impidió que lo socorriera.

Washington y Rochambeau marcharon hacia el sur y Cornwallis quedó atrapado en Yorktown antes siquiera de darse cuenta de lo que estaba pasando. El 18 de octubre de 1781 envió a sus oficiales a pre­guntar en qué condiciones podían concertar una tregua y dos días más tarde se rindió incondicionalmente. La victoria de Yorktown fue decisiva. La Cámara de los Comunes del Parlamento británico se re­beló, el primer ministro cayó y lo sustituyó el antiguo ministro, Rock­ingham, mucho más sensato y dispuesto a complacer a las colonias. Sin embargo no le dio tiempo más que de morirse y fue sustituido por Shelburne, que duró en el cargo apenas lo necesario para firmar, el de septiembre de 1783, el Tratado de París en el cual Inglaterra re­conocía la independencia de Estados Unidos de América y renuncia­ba al territorio de Canadá.

Washington pudo por fin retirarse a su mansión en Virginia y go­zar nuevamente los placeres de la paz, pero sus soldados estuvieron a punto de amotinarse ya que no se les había pagado. Los veteranos de tantas batallas y contratiempos regresaron a sus casas como un hato de mendigos andrajosos. Nunca recibieron un solo centavo, aunque un grupo numeroso de ex soldados amotinados le puso sitio al Con­greso en Filadelfia con el fin de exigir que les pagaran. Más tarde vol­verían a reclamar el dinero que se les debía sin éxito. Cuando por fin Hamilton, otro firmante de la Declaración de Independencia, con­vertido en el primer secretario de Hacienda, impuso un impuesto ge­neral para pagar la deuda del nuevo país, no tomó en cuenta sus que­jas cuando se les aplicó también a ellos el impuesto.

En cambio Washington entró triunfante y festejado públicamente en Nueva York en noviembre de 1783, al evacuar los ingleses la ciu­dad. Fue además colmado de honores, elegido primer presidente de Estados Unidos en 1789 y, con este cargo, vivió en dicha ciudad, que fue la primera capital de Estados Unidos.

Es significatívo el dato de que el conde de Saint-Simon formó par­te del ejército puesto a disposición de las colonias por Francia, y que su admiración por los insurrectos y su nuevo gobierno lo inspiró a proponer para su paüia un gobierno semejante. El plan "utópico" ela­borado por Saint Simón no sólo rechazaba la monarquía hereditaria, sino que llegó incluso a proponer el fin de la propiedad privada. La asistencia del gobierno francés había sido gesüonada por Benjamín Franklin quien, más tarde, apoyó plenamente la Revolución france­sa. Tom Paine, después del triunfo de la revolución en Estados Uni­dos, y de haber participado junto con Franklin en la redacción de la Constitución Política de Pennsylvania, la más adelantada de todas las constituciones de los nuevos estados, se integró a la lucha revolucio­naria francesa e incluso participó como miembro de la Asamblea Na­cional. Además defendió la Revolución francesa contra sus críticos in­gleses y redactó la Declaración de los Derechos del Hombre, texto que se convirtió en una de las glorias de la Revolución francesa y fue adoptado, ya en el siglo xx, por las Naciones Unidas.

iii. la constitución de estados unidos 

El primer resultado del triunfo de los insurgentes fue inesperado aun­que perfectamente lógico: como Inglaterra después de la "Guerra de los Siete Años", estaba peligrosamente endeudada. Por muchos mo­tivos el comercio del que antes gozaba se suspendió ya que Inglaterra comenzó a prohibirlo o bien a atraerlo por otras vías, como en el ca­so del comercio de pieles, que comenzaron a enviarse directamente de Canadá a Inglaterra en barcos ingleses en vez de ser comprados por mercaderes norteamericanos y vendidos al mejor postor. Las is­las caribeñas que seguían en poder de Inglaterra tenían prohibido comerciar con Estados Unidos. El gobierno inglés decidió no evacuar después de todo el fuerte que tenía en Detroit, ni los seis cuarteles que tenía en la frontera, argumentando que sus ex colonos no habían cumplido plenamente con las condiciones del tratado de paz. Tam­bién dieron marcha atrás respecto de su prometida renuncia al terri­torio de Canadá, y enviaron un ejército a defender allí sus posesio­nes, por lo cual los beneficios que habría obtenido la nueva república de su extensión territorial hacia el norte se esfumaron y perdió el de­recho que antes tenía de comerciar con Canadá.

Los norteamericanos leales a Inglaterra, que eran muchos, se habían refugiado al norte de los grandes lagos, en Canadá, de manera que los colonos franceses de Quebec se encontraron arrinconados por vecinos recién llegados que hablaban otra lengua y tenían otras costumbres. Esta profunda división y desconfianza entre los canadienses de habla inglesa y francesa ha perdurado hasta nuestros días. En cambio, el fu­turo estado de Oregon, colindante con Canadá, estaba siendo pobla­do por norteamericanos leales a la nueva república. De esta manera co­menzó a configurarse la frontera norte de Estados Unidos.

En Francia la revolución no triunfó abiertamente sino hasta la to­ma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. La abolición de los derechos feudales y la declaración de los Derechos del Hombre se dieron el 4 de agosto del mismo año. Fue entonces cuando comenzó la emigra­ción a Inglaterra de franceses realistas que fomentaron la desconfian­za y el odio hacia la Revolución francesa. El clima político en Ingla­terra se volvió extremadamente hostil, no sólo hacia la Revolución francesa con su terrible guillotina y sus turbas vengativas triunfales y desordenadas sino también hacia sus ex colonias norteamericanas, a las cuales había auxiliado el gobierno francés en su guerra de inde­pendencia. Se recnideció la guerra marítima contra los barcos nor­teamericanos que eran detenidos y revisados en busca de desertores de la marina inglesa e incluso de marineros norteamericanos a quie­nes se secuestraba y obligaba a trabajar a las órdenes de sus captores. Después de la ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, Ingla­terra participó en la primera alianza europea contra la Revolución francesa y el 27 de agosto de 1793 tomó el puerto de Toulon... sólo para perderlo en diciembre al reconquistarlo un ejército cuya artille­ría estaba a cargo del joven aprendiz de brujo Napoleón Bonaparte.

La hostilidad de Inglaterra contra sus ex colonias recrudeció, a pe­sar de la negativa del presidente Washington a prestar la ayuda soli­citada por los franceses. Desde el 5 de octubre de 1795 en que Napo­león, al frente del ejército, protegió a la Convención derrotando una revuelta realista y comenzó su ascenso al poder, se convirtió en el ene­migo personal de Inglaterra, quien lo temía y odiaba porque parecía capaz de implantar en toda Europa un régimen completamente dis­tinto del tradicional. Desde entonces, la guerra contra Napoleón fue llevada a cabo por todos los medios y cualquier asomo de ideas revo­lucionarias fue combatido ferozmente dentro de Inglaterra. Los nor­teamericanos, considerados como aliados de Francia, encontraron bloqueadas sus salidas al mar y prohibido su comercio con las pose­siones británicas caribeñas que habían sido sus mejores clientes.

A todos estos problemas se sumaba el de las deudas contraídas des­de la proclamación de la independencia. Para el año de 1783 a Fran­cia se le debían $6 000 000 por diversos préstamos contraídos desde 1777, a España $174 000 contraídos en 1781 y 1782, y a Holanda, pa­ra el año de 1789, se le deberían $3 600 000 de préstamos iniciados en 1782.

Aunque el Congreso de Estados Unidos había propuesto a los es­tados en tres ocasiones diferentes -febrero de 1781, abril de 1783 y abril de 1784- que se aprobaran medidas en común para cubrir el dé­ficit del erario y reglamentar la navegación, sus intentos se vieron frus­trados en cada ocasión porque, aunque la mayoría estuviera de acuer­do, siempre había un estado que se negaba a aceptar la propuesta común.

La dificultad para resolver los problemas del erario pronto conven­ció a Alexander Hamilton, experto en finanzas y uno de los firmantes de la declaración de independencia, de la necesidad de un gobierno central fuerte que pudiera imponer el orden en el interior, exigir el pago de impuestos y restaurar el crédito internacional de la nueva re­pública. Encontró un aliado en James Madison, docto en derecho in­ternacional e igualmente convencido de la necesidad de un gobierno central fuerte. Madison era amigo y colaborador de Jefferson, pero más joven y menos "revolucionario" que el redactor de la declaración de independencia. Hamilton, Madison y John Jay, próspero abogado que había redactado la constitución de Nueva York, fueron llamados "federalistas" porque argumentaban en favor de un poder federal lo suficientemente fuerte para imponerse a los estados. Quienes se les oponían fueron llamados "antifederalistas" y se atenían a la redacción original e interpretación estricta de la declaración de independencia y los acuerdos firmados por las colonias en su primera unión.

Washington, que se había retirado a la vida privada a atender su hacienda y sus negocios en el estado de Virginia, acariciaba desde ha­cía décadas el proyecto de construir un canal que conectara el río Ohio y el río James con el río Potomac para facilitar la implantación de nuevos asentamientos en el oeste del estado de Virginia. Tenía in­terés, además, en resolver los problemas comerciales relacionados con el tránsito fluvial. En 1785 organizó una reunión en su palaciega residencia de Mount Vernon con representantes de los estados de Vir­ginia y Maryland, directamente afectados por sus planes, para resol­ver estos asuntos.

Al finalizar esta primera reunión se procedió a citar a una segunda, a la cual debían asisür delegados de todos los estados, con el fin de po­nerse de acuerdo para facilitar el comercio y la navegación en toda la república. La segunda reunión tuvo lugar en Annapolis, Maryland, en septiembre de 1786.

A esta reunión sólo asistíeron representantes de cinco estados pe­ro James Madison, convencido de la urgencia de organizar un gobier­no central fuerte, la aprovechó para lograr que Hamilton argumenta­ra, en una larga carta a los asistentes, que los problemas comerciales jamás se podrían resolver si no se revisaban los "Artículos de Confe­deración" vigentes desde 1781; en la carta Hamilton propuso, además, que se realizara una convención con este fin. La iniciativa fue aproba­da por el Congreso, la convocatoria fue repartida y todos los estados, con excepción de Rliode Island, prometíeron enviar representantes a dicha convención que se celebraría el segundo lunes de mayo de 1787 en Filadelfia, capital del estado de Pennsylvania.

Pero antes de que se realizara esta convención hubo una rebelión en Masachusetts que influyó en sus resultados. Como hemos visto, la inflación, el desempleo y las dificultades económicas de todo tipo se habían extendido y muchos granjeros y artesanos estaban en inmi­nente peligro de ser encarcelados por no poder pagar sus deudas, ya que la escandalosa costumbre de meter en prisión a los deudores mo­rosos se siguió aplicando en las recién liberadas colonias. En 1786 y los primeros meses de 1787 se dio la más fuerte de las reacciones vio­lentas contra el cobro sin miramientos de ninguna especie de los im­puestos necesarios para pagar las deudas y cubrir otros gastos indis­pensables de la república. Los pequeños agricultores, negociantes y trabajadores desempleados -muchos de ellos ex soldados reintegra­dos a la vida civil sin pagarles lo que se les debía- se unieron para ro­dear a las cortes e impedir por la fuerza que los jueces condenaran a sus miembros a la cárcel por no poder pagar los impuestos. Finalmen­te acabaron por tomar las armas o, al menos, intentarlo.

Esta fue la rebelión de Shay, un movimiento insurgente del que na­die habla y que casi ha desaparecido de los libros de historia. Daniel Shay era un patriota revolucionario que había luchado en las históri­cas batallas de Lexington, Bunker Hill y Saratoga. Los nuevos rebel­des no tenían otras armas que sus instrumentos de labranza, pero marcharon, encabezados por Shay, contra el arsenal federal que ha­bía en Springfield con la idea de asaltarlo y obtener armas. Fueron traicionados y sometidos por las milicias después de prometerles que todo se arreglaría. Después de la fallida rebelión de Shay los norte­americanos más acomodados se alarmaron al pensar que era posible que hubiera una segunda revolución, mucho más radical que la an­terior, y vieron a Shay como un peligroso revolucionario que hubie­ra dado al traste con la posibilidad misma del orden y la prosperidad. Este fue el clima en que se inauguró la convención reunida en Fila­delfia en mayo de 1787.

La convención convocada para revisar los Artículos de Confedera­ción estaba citada para el 14 de mayo de 1787, pero los asistentes fue­ron llegando a cuentagotas. Entre los que jamás se presentaron estuvo el brillante orador Patrick I Ienry quien fue elegido como miembro de la convención pero se negó a asistir porque le parecía "percibir el tufo de una rata", y el radical Samuel Adams, de Boston, que no había sido invitado por temer los organizadores su presencia. Jefferson seguía en París en calidad de embajador y John Adams tenía el mismo cargo en

Inglaterra. Benjamín Franklin asistió, pero se encontraba tan enfermo que lo tuvieron que cargar en andas: tenía ya ochenta y un años.

Antes de inaugurarse la convención los delegados afines a los fede­ralistas se reunieron en uno de las muchos refectorios públicos de la ciudad, a discuúr y ponerse de acuerdo para presentar su posición. En­tre los partícipes estaban: Alexander Hamilton, delegado por Nueva York; Edmund Randolph, gobernador de Virginia; James Madison, miembro de la asamblea de Virginia, y el pulido aristócrata Gouver-neur Morris, quien colaboró más tarde encargándose de la redacción final de la constitución.

Durante toda la convención hubo un ambiente de secreto y una vi­gilancia continua para impedir la entrada en la cámara de deliberacio­nes a nadie que no fuera un delegado oficial. Aunque había muchos periodistas, tampoco a ellos se les permitía la entrada, y no se entera­ban de nada porque los delegados se negaban a informarles lo que pa­saba en esa cámara. Resulta extraño el hecho de que, aunque la con­vención fuera tan importante, los debates fueron secretos... lo cual indica que se temían las críticas de quienes no estuvieran de acuerdo o no hubieran asistido. No hubo, pues, oportunidad de considerar más opiniones que las de los delegados presentes.

No se pudo constituir un quorum sino hasta el 25 de mayo. Se eli­gió a Washington presidente de la convención por unanimidad. El papel de Franklin, dada su mala salud, su fatiga y su avanzada edad, se redujo a mantener el buen humor de los concurrentes con sus anécdotas y chistes. Madison, en cambio, se constituyó en cronista extraoficial, sentándose en primera fila y directamente enfrente de Washington. Gracias a sus esfuerzos se sabe lo que pasó, aunque sus notas no se publicaron sino varias décadas después. Hay que recor­dar que no se llamó a aprobar una constitución, sino sólo a encon­trar una forma de organizarse en común para resolver los problemas comerciales, y revisar con ese fin los Artículos de Confederación.

El 29 de mayo, el gobernador de Virginia, Edmund Randolph, le­yó a los asistentes la resolución de su estado en la cual se proponía el plan de una nueva constitución que resolvería los problemas comer­ciales de los estados. La dificultad planteada por los Artículos de Con­federación era que nada se podía hacer sin la aprobación de todos los estados. La solución era un gobierno nacional en el cual el poder estuviera dividido en legislativo, ejecutivo y judicial. El nuevo gobier­no central podría vetar las leyes promulgadas por los estados. Esta proposición produjo un revuelo y múltiples objeciones de parte de los delegados, a los cuales no contentaba la idea de la extrema debi­lidad de los estados que sería la consecuencia.

El 13 de junio, los delegados del estado de Nueva Jersey y de otros estados pequeños, alarmados por la idea de que un gobierno central acabara con la soberanía de los estados, propusieron un plan por el cual simplemente se revisarían los Artículos de Confederación para permitir al Congreso reglamentar el comercio y cobrar impuestos con mayor facilidad y eficiencia. También proponía que las leyes emana­das del Congreso unicameral anterior y los tratados ratificados por los estados se convirtieran en "ley suprema de Estados Unidos". Este plan, que cumplía con el propósito expreso para el cual habían sido convocados por los federalistas, fue discutido durante dos días antes de ser desechado. Los federalistas estaban bien representados en la convención y no dejaban prosperar ningún plan que no cumpliera con su propósito de obtener un gobierno central fuerte al cual estu­vieran supeditados los estados.

La tercera intervención importante fue la de Alexander Hamilton, el 18 de junio, quien expuso su idea de un gobierno fuerte, que ten­dría a la cabeza un individuo que encarnaría ese poder, podría apro­bar o vetar todas las leyes y duraría en funciones un tiempo ilimitado (o vitalicio). En la cámara alta del Poder Legislativo los designados también podrían ejercer sus funciones sin límite de tiempo.

Una de las mayores innovaciones propuestas durante los debates, que fue discutida con ahínco, fue la división del Poder Legislativo en dos cámaras: una cámara baja, de diputados, y una cámara alta, o se­nado, que haría el papel que hacía en el parlamento inglés la cáma­ra de los lores, y sin cuya aprobación no se promulgarían las leyes aprobadas en la cámara baja. Esto contrarió a muchos, ya que pare­cía un regreso al sistema parlamentario inglés, elitista, que frustraba el voto de las mayorías.

Otro motivo de disensión fue la cuestión de las elecciones. Los es­tados grandes querían que, por principio republicano, las elecciones fueran directas y se decidieran contando los votos de todos los ciuda­danos que tuvieran derecho a votar; pero esto les daba un peso ma­yor a los estados más densamente poblados. Los estados más chicos o menos poblados no estaban de acuerdo porque se verían en desven­taja.

Los debates siguieron durante todo junio y parte de julio. A prin­cipios de julio estaba en duda que pudieran ponerse de acuerdo los delegados, pero, finalmente, sí lo hicieron: cada estado tendría cuan­do menos un representante en la cámara baja (de diputados) y el se­nado (cámara alta) sería elegido por las asambleas estatales, tenien­do cada estado un número igual de senadores. Las decisiones de la cámara de diputados no serían definitivas puesto que necesitaban la aprobación del senado para convertirse en ley. Si los delegados no se ponían de acuerdo sobre este tema la constitución no sería aproba­da. El 16 de julio se llegó finalmente a un acuerdo aceptándose la pro­puesta de las dos cámaras.

Seguiría la discusión de los detalles. Se propuso limitar el tamaño del ejército nacional, pero Washington acabó fácilmente con seme­jante propuesta al comentar que en ese caso había que declarar que el enemigo no podría presentarse con mayor número de soldados que los norteamericanos.

Pero no tardó en aparecer otra manzana de la discordia: la escla­vitud. También en este punto se acabó por ceder a las pretensiones esclavistas de los estados del sur, y permitir la esclavitud en las colo­nias que juzgaban indispensable la institución. Finalmente, y como sucedería más tarde una y otra vez, se resolvió el asunto mediante un intercambio: se permitiría el comercio de esclavos si los estados que se oponían a dicho comercio con mayor violencia abandonaban la propuesta de que las leyes de navegación sólo podían ser aprobadas por las dos terceras partes de los votos de ambas cámaras del Congre­so nacional. Lo único que obtuvieron los antiesclavistas fue que des­pués de 1808, pero no antes, el Congreso podría prohibir el tráfico de esclavos en el océano Atlántico. Este tipo de acuerdo mediante el cual se accede en un área si se obtiene algo en otra área que no tie­ne relación alguna con la anterior se ha vuelto característica de las conciliaciones claudicantes indispensables en el sistema norteameri­cano.

Las concesiones se apoyaron también en la cuidadosa omisión de la palabra esclavos en la redacción final de la reglamentación de im­puestos y derechos de ciudadanía.

George Masón objetó el resultado final apasionadamente ya que luchaba desde hacía tiempo por que se educara a los esclavos y luego se les pusiera en libertad, pagando una compensación a los dueños. También proclamó su disgusto porque la constitución no amparaba los derechos de los ciudadanos contra las exacciones y abusos del go­bienio nacional (semejantes derechos individuales -que él mismo ha­bía redactado- se habían incluido en la Constitución del estado de Virginia y los habían copiado otras constituciones estatales). Pero ya todos estaban hartos, cansados y aburridos de tanta discusión. Se afi­nó la propuesta redacción de la constitución, y esta constitución, con las enmiendas que se le hicieron durante la convención, fue aproba­da y firmada el 17 de septiembre.

Antes de la votación final tres de los delegados: George Masón, Ed-mund Randolph (quien había cambiado de bando) y Elbridge Gerry, propusieron que el documento se sometiera a las asambleas estatales para que éstas propusieran enmiendas, y que luego se convocara a una nueva convención para considerar y aprobar la constitución resultan­te. No les hicieron el menor caso y los tres se negaron terminantemen­te a firmar el documento, pero los demás delegados sí lo hicieron. Ma-dison, de hecho, animó a firmarla a los renuentes, prometiendo que se tomarían en cuenta las enmiendas propuestas por los estados.

La Constitución, sin embargo, sólo había sido firmada por los re­presentantes de los estados y faltaba la ratificación de sus asambleas.

Los panfletos en pro y en contra y el debate de los distintos puntos continuaron pero, finalmente, uno por uno, fueron ratificándola los estados disidentes por temor a fracturar la unión de la república o te­mor a quedarse fuera y perder su protección. New Hampshire y Virgi­nia firmaron el 25 de junio, y con ésos ya eran diez los que la habían ratificado, número suficiente para que entrara en vigor. Nueva York, que se oponía tajantemente, fue casi el último estado en confirmar su asentimiento y lo hizo el 26 de julio de 1788. Quedaban Carolina del Norte y Rliode Island, que no lo hicieron sino hasta el 21 de noviem­bre de 1789 y el 29 de mayo de 1790, respectivamente.

Lo cierto es que la Constitución de Estados Unidos, tan admirada y copiada, era sumamente discutible y tenía grandes lagunas: se de­batió en secreto, muchos de los estados más importantes se resistie­ron a ratificarla y, finalmente, lo hicieron a regañadientes. Todo el largo proceso, con las apasionadas discusiones de su bondad o mal­dad, duró desde septiembre de 1786 en que empezó a gestarse, has­ta su aprobación unánime el 29 de mayo de 1790, y aun así dejó in­deciso el lema crucial de la esclavitud que llevaría a la guerra civil a mediados del siguiente siglo.

iv. la defensa de los derechos del individuo

 

La Constitución de 1788 defendida por sus promotores federalistas y aceptada a regañadientes por sus opositores, después de modificarla y discutirla durante cuatro meses, produjo una abierta pugna entre ambos bandos que se prolongó durante años, dando origen a los pri­meros partidos políticos en Estados Unidos. No sólo eso, sino que el proceso subsiguiente estableció la forma en que los ciudadanos, a tra­vés de sus partidos, influyen en el Congreso, el Senado, las elecciones presidenciales y el poder jurídico hasta nuestros días.

El enfremamiento de los disidentes con los federalistas era de es­perarse y se dio desde el principio de la convención. ¿No les había di­cho a los delegados Edmund Randolph, quien les propuso el plan fe­deralista al iniciarse los debates de la convención: "nuestro mayor peligro surge de las partes democráticas de nuestras constituciones... los poderes gubernamentales ejercidos por el pueblo se tragan a to­das las demás ramas del gobierno. Ninguna de las constituciones (es­tatales) ha provisto controles suficientes contra la democracia"? ¿No había confesado que el plan "significa una unión fuerte y consolida­da en la cual la idea de los estados habrá sido casi aniquilada"?

Hamilton, por su parte, al dirigirse a la convención, comenzó por alabar al gobierno británico, diciendo que era sin duda, "el mejor del mundo", y como parte de su plan propuso que el Poder Ejecutivo re­sidiera en una sola persona, que podría retenerlo indefinidamente, y tendría poder de veto contra las decisiones de las asambleas o par­lamentos, y una cámara alta cuyos miembros también podrían seguir en funciones sin límite de tiempo.

Otro de los delegados, un médico acomodado, declaró que "tarde o temprano, tendremos un rey", y en la prensa se publicaron rumo­res de que se estaba tramando invitar al duque de York, hijo de Jorge III, a convertirse en rey de Estados Unidos.

Poco a poco se había encontrado la manera de conciliar las opi­niones, como por ejemplo, en la forma de elegir las cámaras y de ele­gir al presidente. Se redactaron los artículos de la constitución pero, habiéndolos leído los delegados, estalló otra vez la discordia y varios de ellos se retiraron disgustados.

El 16 de septiembre de 1787, después de casi cuatro meses de de­bates, y gracias a que la mayoría de los delegados estaban hartos de tanta discusión, renunciaron a seguir discutiendo y acabaron por fir­mar la Constitución. Para entonces ya sólo quedaban 42 delegados de 55 que se habían presentado, aunque 77 habían sido elegidos co­mo delegados; la asistencia a las sesiones diarias había sido de 30 de­legados en promedio (las cifras varían ligeramente según las fuentes). Quien, como sabemos, no faltó nunca fue James Madison, que apun­taba diligentemente todo lo ocurrido en cada sesión.

Entre los opositores más ardientes estaba George Masón, quien había participado en la redacción de la constitución del estado de Virginia, que garantizaba satisfactoriamente los derechos de los ciu­dadanos y había sido copiada por otros estados. Masón declaró ter­minantemente: "primero me cortaría la mano derecha que usarla pa­ra firmar la Constitución en su actual estado".

Masón y otros descontentos habían propuesto que se convocara a una nueva convención para reconsiderar todo el asunto y siguieron proponiendo la idea de una nueva convención constituyente duran­te los siguientes años, pero ésta nunca se realizó.

De hecho la Constitución que no quisieron firmar sigue vigente en la actualidad, aunque sí fue enmendada para satisfacer la exigencia de una ley que dictaminara los derechos del individuo y la forma en que podría enmendarse la constitución misma, así como la forma de elegir al presidente y al vicepresidente. En cambio la enmienda 130a. que prohibía la esclavitud tuvo que esperar hasta el primer día de ene­ro de 1863, en medio de la guerra civil que emprendieron los estados del norte para impedir la separación permanente de los estados es­clavistas, incluido el de Virginia (!), del resto de Estados Unidos. Las primeras diez enmiendas no tomaron en cuenta los derechos de los indígenas, ya que se les consideraba como naciones extranjeras y, ade­más, enemigas, y no fue sino hasta el siglo xx que se reconoció por fin que se les había tratado injustamente y se les incluyó entre los ciu­dadanos.

Pero en 1787, año en que tuvo lugar la convención, lo que parecía más urgente era lograr una declaración de los derechos del individuo. Yajefferson, escribiendo desde París el 20 de diciembre de 1787 aja­mes Madison, quien le había enviado el texto de la Constitución, le aclaró que, aunque aprobaba la constitución de un gobierno central fuerte, le parecía indispensable que se especificaran claramente y sin ambages los derechos del ciudadano, sin los cuales éste quedaba de­samparado y a la merced del gobierno central. Semejante legislación ya se había consagrado en la constitución de Virginia y en la de otros estados, y no aprobarla sería retroceder respecto de lo que se había ganado durante la guerra de independencia. También le sugirió que se consultara a los ciudadanos y se les permitiera discutir el texto de la constitución durante un año, después del cual se les llamaría a vo­tar otra vez, habiendo tomado en cuenta las opiniones de la mayoría.

Una vez firmada la Constitución por los delegados era necesario, de acuerdo con los artículos de la misma, que cuando menos nueve de los trece estados la ratificaran, pero muchos se resistían a hacerlo si no se les prometía que se le agregarían las enmiendas que juzgaran necesarias. Esto sucedió una y otra vez. Entre los estados que tardaron más en ratificar la constitución estaba el de Virginia, que se pensaba que sería el noveno estado en ratificarla. Aceptó por fin hacerlo pero la votación fue muy cerrada: 89 en favor y 79 en contra. James Madi-son, que era quien se ocupaba de hacerla ratificar, se dio cuenta de que, dada la poca voluntad de los estados, la constitución no tendría fuerza si no les parecía satisfactoria, y se comprometió a luchar por las enmiendas que le fueran proponiendo en el tercer Congreso del cual sería miembro. Cumplió su palabra, y logró tramitar, una tras otra, la aprobación de las enmiendas por las dos cámaras del Congreso. Final­mente fueron aprobadas diecisiete enmiendas, que luego se reduje­ron a quince, y finalmente a diez. Ése fue el motivo de que se tardara tanto la firma, ratificación y promulgación de las diez primeras en­miendas a la Constitución, conocidas por el público norteamericano como la Ley de Derechos (Bill of Rights). Los derechos amparados eran los del ciudadano, y, además, los del individuo, fuera o no ciuda­dano, ya que se protegían los derechos de los extranjeros que vivieran en Estados Unidos cuando estaban en peligro de deportación o juicio por algún crimen. Una de las enmiendas que no se aprobó fue el de­recho a rebelarse contra el gobierno, pero éste, después de todo, es un derecho que el pueblo se toma aunque no se lo den.

 

 

Primeras diez enmiendas a la Constitución

 

El 3 de noviembre de 1791 se promulgaron, por fin, las diez prime­ras enmiendas a la Constitución de Estados Unidos que garantizan los derechos de los individuos, sean o no ciudadanos norteamerica­nos, en contra de actos del gobierno que limiten su libertad de pensamiento, expresión, reunión, religión protesta que reglamentan lo que puede o no puede hacer el gobierno al proceder legalmente en su contra en caso de infracción de las leyes: 

Artículo I 

Libertad de religión, palabra y prensa; libertad de reunión: 

El Congreso no hará ninguna ley respecto del establecimiento de la religión, ni que prohiba el libre ejercicio de la misma; ni que coarte la libertad de palabra o de prensa; o el derecho del pueblo a reunir­se pacíficamente y demandar al gobierno la satisfación de sus quejas. 

Artículo II 

Derecho a tener y portar armas: 

Siendo necesaria para la seguridad de un estado libre una milicia bien reglamentada, no se coartará el derecho del pueblo a tener y portar armas. 

Artículo III 

Acuartelamiento de tropas: 

En tiempo de paz ningún soldado será alojado en ninguna casa sin consentimiento del dueño, ni tampoco en tiempo de guerra sino en la forma prescrita por la ley. 

Artículo IV 

Limitación del derecho de cateo: 

No se violará el derecho del pueblo a la seguridad de sus personas, casas, papeles y bienes personales por búsquedas y confiscaciones ar­bitrarias, y no se expedirán órdenes de cateo sino por causa probable y apoyada por prueba o testimonio bajo juramento, y con descripción precisa del sitio a catear y de las personas u objetos a aprehender o tomar.

Artículo V 

Derecho a ser juzgado por jurado; respeto a la propiedad privada:

A ninguna persona se le obligará a responder por un delito capital o infamante sino por presentación o acusación justificada de un gran jurado, salvo en casos ocurridos en las fuerzas militares de tierra o navales, o en las milicias, cuando estén en servicio y sea tiempo de guerra o peligro público; tampoco se juzgará dos veces por la misma causa a una persona, poniéndola por segunda vez en peligro de su vida e integridad física, ni se le obligará en ningún juicio criminal a atestiguar contra sí misma, ni se le privará de su vida, libertad o pro­piedad sin cumplir con los procedimientos estipulados por la ley; ni se tomará la propiedad privada para uso público sin justa compen­sación. 

Artículo VI 

Derechos de los acusados:

En todos los casos criminales el acusado gozará del derecho a un jui­cio rápido y público por un jurado imparcial compuesto de residen­tes del estado y distrito en donde se haya comeúdo el crimen; los dis­tritos habrán sido identificados previamente por la ley; y el acusado gozará del derecho a ser informado de la naturaleza y causa de la acu­sación, a ser enfrentado a los tesügos en su contra, a que legalmente se obligue a comparecer a los testigos que pueda haber en su favor, y a tener los servicios de un abogado defensor. 

Artículo VII 

Reglas a seguir en el derecho consuetudinario:

En los casos de delitos comunes, cuando exceda de veinte dólares el objeto en disputa, se conserva el derecho al juicio por jurado, y nin­gún hecho juzgado por jurado se examinará de nueva cuenta por nin­gún tribunal de Estados Unidos sino de acuerdo con las reglas del de­recho consuetudinario.

Artículo VIII

 

Se prohiben las fianzas, multas y castigos excesivos:

 

No se exigirán fianzas excesivas (para la libertad condicional) ni se impondrán multas excesivas, ni se impartirán castigos crueles y desa­costumbrados. 

Artículo IX 

Los derechos retenidos por el pueblo:

No se entenderá que la enumeración en la Constitución de ciertos derechos niegue o disminuya otros retenidos por el pueblo. 

Artículo X 

Se reservan los poderes a los estados y al pueblo: 

Los poderes no delegados por la Constitución a los estados ni prohi­bidos por ella a los estados se reservan a los estados respectivamente, o al pueblo. 

Los primeros partidos políticos

Entre tanto la lucha de palabras y panfletos siguió y enardeció los áni­mos. Los federalistas, una vez terminada la convención, comenzaron a publicar sus opiniones en folletos y periódicos y a esgrimir sesudos argumentos para defenderla, firmando sus escritos con el seudónimo de Publius. Por otra parte financiaban un periódico que escandaliza­ba, atacando a sus contrincantes y acusándolos de traición, malversa­ción y demás infundios. Hamilton escribió la mayoría de los artículos pero algunos los escribió John Jay, y otros James Madison quien, a pe­sar de estar promoviendo las enmiendas, había sido uno de los más importantes promotores de la nueva constitución.

Los antifederalistas, por su parte, se agruparon en torno a la figu­ra de ThomasJefferson. Aunque él negó siempre pertenecer a un par­tido político seguía en contacto con las figuras más destacadas que lu­chaban en contra de lo que representaban los federalistas. En sus car­tas a estos amigos defiende sus ideales con argumentos claros y con­vincentes y ante todo confía, sobre todas las cosas, en el buen juicio de lo que llama pueblo. Una de sus principales recomendaciones es que el gobierno se encargue de promover la educación a todos los ni­veles, incluso gratuitamente cuando fuera necesario, ya que era indis­pensable para el ejercicio de una auténtica democracia. No pudo lo­grar esta ambición ni siquiera en su propio estado de Virginia, cuando era gobernador del mismo durante la guerra de independencia, ni siendo presidente de la república de 1801 a 1809. Cuando por fin se impuso la educación primaria gratuita y obligatoria fue cuando resul­tó necesaria para tener obreros calificados que pudieran leer y seguir instrucciones en las fábricas del siglo xx, pero ni siquiera entonces se promovió la educación realmente gratuita en los niveles superiores, que quedaron reservados al mérito suficiente para obtener becas que pagaban instituciones filantrópicas.

Los antifederalistas, por supuesto, también producían artículos y panfletos, y hablaban en público y defendían sus ideas en asambleas. Se les llamó Republicanos y, después del triunfo de la Revolución francesa, Republicanos Demócratas. El adjetivo "demócratas" era co­rrecto, pero lo utilizaban como insulto los federalistas, ya que se su­ponía que la peligrosa Revolución francesa, cuya infección se temía como la de una plaga, era obra de la plebe analfabeta y desenfrena­da a quien encabezaban hombres ambiciosos y sin escrúpulos.

A la larga los federalistas desaparecieron del mapa, pero no fue si­no hasta 1815, después de un periodo en el cual los estados norte­ños donde tenían más influencia estaban tramando separarse de los demás estados y convertirse de nuevo en subditos de Inglaterra. En cambio el Partido Republicano Demócrata siguió vigente, aunque cambió de significado dividiéndose semánticamente en dos. Actual­mente se puede considerar que el Partido Republicano es descen­diente indirecto, no del parúdo de Jefferson precisamente, ni siquiera del partido de Abraham Lincoln, que abolió finalmente la esclavitud en 1863, sino de los estados del sur y del oeste de un Estados Unidos gigantesco. El Partido Demócrata, hoy en día, se identifica más bien con el Republicano de Jefferson, y persigue más o menos los mismos fines, al abogar por las clases más desprotegidas, los impuestos de ti­po progresista, la salud para todos, etcétera.

James Madison, por cierto, fue cambiando de opinión y se convir­üó en colaborador de Jefferson. Cuando Jefferson fue elegido presi­dente, después de la segunda gran contienda electoral entre federa­listas y republicanos, Madison fue su vicepresidente, siendo elegido presidente después de los dos periodos de Jefferson, que no quiso pre­sentarse una tercera vez como candidato a la presidencia para no dar el mal ejemplo, ya que pensaba que había que evitar que los presiden­tes duraran demasiado tiempo en el poder y acabaran por convertir­se en dictadores. Fue, pues, Madison, quien ganó las elecciones y go­bernó al país durante los dos periodos siguientes, aunque sin la fuerza y popularidad de Jefferson. Los periodos presidenciales duraban cua­tro años, y generalmente el presidente era reelegido, como en la ac­tualidad. Pero ésa ya es otra historia, que se inicia con la guerra victo­riosa contra México y la apertura del Gran Oeste, llamado también Oeste Salvaje (Wild. West), que produjo nuevos problemas y nuevas so­luciones, contradicciones y divisiones que se siguen perpetuando.

 

epílogo 

 

Entre las ideas que influyeron en los descendientes de las trece colo­nias inglesas originales hay que destacar la convicción calvinista de que el hombre de bien no sólo podía, sino debía prosperar económica­mente, y que la prosperidad era una prueba de su virtud. El hombre que aspiraba al éxito debía guardar la apariencia de un comporta­miento moral estricto, exigírselo a sus empleados, y trabajar sin des­canso en sus negocios, confiado en que, tarde o temprano, el éxito co­ronaría sus esfuerzos y ésta sería la prueba de que estaba predesünado por Dios a salvarse y tenía ya un lugar seguro en el reino celesúal.

A los iberoamericanos tan peregrina idea nos parece una hostia di­fícil de tragar, sin embargo, este precepto calvinista influyó no sólo en los seguidores de Calvino sino en el espíritu general de la coloni­zación, quizá porque embonaba perfectamente con su realidad co­tidiana: después de todo habían venido a trabajar duro y ahorrar, con la esperanza de poder, algún día, vivir como reyes, si no ellos, al me­nos sus hijos y si no, de perdida, sus nietos. Los colonos puritanos es­taban, pues, tan convencidos como los anglicanos o los cuáqueros de la santidad del trabajo y de la propiedad privada.

Por otra parte, la religión misma era vista como una institución útil para mantener el orden en la sociedad. Benjamin Franklin, que era más bien un librepensador cuyo comportamiento no se apegaba a las reglas, recomendaba tener alguna religión, la que fuera, ya que la re­ligión suaviza las costumbres y civiliza la sociedad. Al mismo tiempo, recomendaba a su prójimo que trabajara diligentemente en sus ne­gocios, ya que ésta era la única manera de hacerse rico, dando por descontado que la obtención de riquezas era una ambición legíúma y respetable. Es así como este altruista, que pasó gran parte de su vi­da en procurar seguridad, educación, salud, comodidad y paz para los demás, recomendaba el egoísmo como móvil a sus compatriotas. Era, después de todo, un político práctico, y su renuncia a patentar sus invenciones es la prueba de que era también un visionario.

Un siglo más tarde, los potentados norteamericanos, dispuestos a tratar como esclavos a sus obreros, se volvían filántropos y ganaban la gratitud de la sociedad con sus generosos donativos para fundar uni­versidades, galerías de arte o compañías de ópera. En algunos casos, incluso, edificaban iglesias suntuosas o fundaban seminarios con los cuales contribuían a controlar y civilizar a la sociedad.

La utilización de la religión para controlar políticamente a los fie­les fue analizada por algunos de los periodistas irrespetuosos que flo­recieron a fines del siglo xix y principios del xx. Upton Sinclair rela­ta que John D. Rockefeller le pagó al predicador de masas Billy Sunday $200 000 para que arengara a sus obreros en 187 sesiones a las que asistieron en total unos cincuenta mil obreros. El escritor de­clara, sarcásticamente, que fue dinero muy bien invertido y es de presu­mir que contribuyó a reducir la combatividad sindical de los obreros. Anteriormente, los esclavos eran evangelizados con objeto de que so­portaran cristianamente sus sufrimientos en vez de rebelarse, con la esperanza del descanso final en el paraíso como premio de su buen comportamiento.

La otra idea fundamental que influyó en las tradiciones norteame­ricanas fue la teoría económica del laissez-faire o dejar hacer, según la cual había que dejar en plena libertad a los industriales porque la riqueza que acumularan sería invertida en aumentar y mejorar la pro­ducción, serviría para pagar los sueldos de los trabajadores, o bien se gastaría en consumo suntuario o con fines filantrópicos. En todo ca­so, era el motor que hacía progresar a la sociedad con lo cual todos se beneficiaban. La ley de Jean Baptiste Say, según la cual las depre­siones cíclicas eran simplemente una forma de corregir automática­mente los excesos y reiniciar la acumulación de capital inmovilizó, se­gún John Kenneth Galbraith, el pensamiento económico tanto en In­glaterra como en Estados Unidos y sirvió para justificar la resistencia de los empresarios a que se les cobraran impuestos destinados a ga­rantizar pensiones para los trabajadores, servicios de salud, educación gratuita, seguro de desempleo, etcétera.

Actualmente el Partido Republicano sigue promoviendo, y en for­ma exagerada, esta posición, mientras que el Partido Demócrata de­fiende el gasto social del gobierno, el sindicalismo, el seguro de de­sempleo y los impuestos progresivos o progresistas, que cobran una tasa más alta mientras más ingresos tenga la persona, con el fin de cu­brir adecuadamente las necesidades de la mayoría.

Hay que aclarar algunas diferencias notables entre la Constitución norteamericana y la mexicana. En primer lugar, los juicios y alegatos se fundan con frecuencia, como en Inglaterra, en juicios preceden­tes. El juicio por jurado se considera un beneficio, aunque no es, es­trictamente hablando, el jurado el que decide, ya que el juez instru­ye al jurado y éste tiene que respetar las instrucciones del juez.

La votación indirecta, por los estados, en las elecciones presiden­ciales es otra consecuencia de la Constitución, redactada en una épo­ca en que sólo había üece estados de muy distinto tamaño y población y muy distintas convicciones y medios de vida, que se comportaban en realidad como pequeños reinos y luchaban por su independencia den­tro de la federación. Gracias al hecho de que la votación es indirecta, no es la mayoría simple de votantes la que decide el resultado de las elecciones. Esto explica por qué, aunque Gore ganó varios miles de votos más que Bush, fue Bush quien fue declarado ganador, a pesar de las dificultades para esclarecer el conteo final, en muchos casos tur­bio. Sin embargo, turbia o no, la elección y la inauguración de Bush lo convirtió en presidente de facto y, ya en la práctica, incuestionable. Además, desde el ataque a las torres gemelas, la mayoría de la pobla­ción se siente a la defensiva, por lo tanto aprueban medidas de segu­ridad que, aunque violen sus derechos individuales, los defienden de imprevisibles ataques terroristas.

La defensa de la propiedad privada, sin que importaran los medios utilizados para adquirirla, fue uno de los principales argumentos en favor de mantener la institución de la esclavitud. La ley del 18 de ju­nio de 1850, conocida como Ley de Esclavos Fugitivos, fijaba penas para quienes intentaran ayudar a escaparse a los esclavos, puesto que, habiendo sido comprados por su amo, le pertenecían absolutamen­te: el amo podía hacer lo que quisiera con su propiedad y el esclavo tenía el deber de obedecer y someterse. La propiedad privada era, pues, un derecho inviolable... mucho más inviolable en la práctica que los derechos del hombre o del ciudadano.

La idea de que la educación debe costar dinero tiene, seguramen­te, su origen en la percepción de que la educación libera, conduce a pensar por sí mismo al educando, y puede redundar en la resistencia y rebelión de las clases que se sienten oprimidas. No es, por lo tanto, deseable que los esclavos, los obreros, los sirvientes, las minorías ra­ciales, tengan una educación que no necesitan para su trabajo. Re­cuérdese que en Inglaterra no fueron los amos ni el gobierno sino los trabajadores los que iniciaron bibliotecas por suscripción, donde po­dían leer libros que no podían comprar, pagando una cantidad fija mensual. En Estados Unidos no fue sino hasta el siglo xx que se ge­neralizó la educación primaria y secundaria pública, gratuita y obli­gatoria. En cambio la educación superior sigue restringiéndose a las clases económicamente privilegiadas. Aunque es cierto que se otor­gan becas a los estudiantes destacados cuyas familias no pueden pa­gar su educación superior, la mayoría de los becarios proviene de fa­milias que están en condiciones de facilitar su dedicación a los estudios. En otras palabras es hasta cierto punto un lujo enviar a los hijos a la universidad. Por desgracia en los países que están bajo la in­fluencia económica de Estados Unidos está avanzando la privatiza­ción de la educación, que reduce el acceso de los estudiantes a la edu­cación superior.

Entre otras leyes vigentes en los estados esclavistas estaba la que prohibía enseñar a leer a los esclavos. Algunos, sin embargo, apren­dieron a leer: en el caso de Frederick Douglas fue su ama quien le en­señó y, además, le prestó libros. Douglas logró escaparse y se instaló, amparado por una falsa identidad, en un estado no esclavista, donde se dedicó a proteger a esclavos fugitivos y a promover la abolición de la esclavitud con tanto éxito que fue invitado a dar conferencias en Escocia. Fue allí donde lo escuchó el joven Alian Pinkerton, quien lu­chaba en Inglaterra por los derechos de los obreros y el sufragio uni­versal. Posteriormente Pinkerton emigró a Estados Unidos donde ejerció su oficio de fabricante de barriles y trabajó en el "ferrocarril subterráneo" que ayudaba a huir a los esclavos en busca de la liber­tad. Finalmente se convirtió en detective policiaco y se hizo cargo de la seguridad de Abraham Lincoln, recién elegido presidente, logran­do frustrar un intento de asesinar a Lincoln antes de su toma de pose­sión.

Todos los habitantes de Estados Unidos tenían prohibido socorrer a los esclavos fugitivos, a quienes debían entregar a las autoridades pa­ra que se los regresaran a sus amos. La Ley de Esclavos Fugitivos, pro­mulgada el 18 de septiembre de 1850, no contravenía la Constitución y los ciudadanos estaban obligados a respetarla; si la transgredían po­dían verse condenados a pagar una cuantiosa multa o pasar varios me­ses en la cárcel. Esta ley formaba parte del Compromiso de 1850, un grupo de leyes en que se admitía como candidatos a formar parte de Estados Unidos a los territorios adquiridos al final de la guerra contra México, sin definir de antemano si los futuros estados serían o no es­clavistas. El Compromiso de 1850 era, en la práctica, una extensión sin fecha ni límite del territorio en que se protegía la esclavitud. Era, pues, una ley fundamentada en la Constitución de 1788 que, sin embargo, contrariaba los derechos del hombre y los derechos individuales de los habitantes de Estados Unidos. (Se recomienda al lector interesado en este tema la traducción del Discurso de Peoría de Abraham Lin­coln, que encontrará en este libro.)

Para cambiar esa situación fue necesario ganar una guerra feroz y autodestructiva, y pasaría otro siglo antes de que, gracias a nuevas in­terpretaciones de la Constitución y a la promulgación de nuevas en­miendas, los descendientes de los esclavos pudieran estudiar, votar y convivir con los demás norteamericanos.

Este hecho nos remite nuevamente a la fe de Jefferson en la demo­cracia, siempre y cuando el pueblo en general tuviera acceso a la edu­cación en todos los niveles. Esa advertencia resultó clarividente. Por algún oscuro motivo, no necesariamente tan oscuro, sigue insistién-dose en que para alcanzar la educación superior, salvo los casos en que el aspirante sea lo suficientemente excepcional para ganar una beca, tiene que pagar sus estudios, quedarle a deber el costo de su educación a la institución y pagar su deuda después de comenzar a trabajar, o ser miembro de una familia que esté en condiciones de pa­garle su educación. Una anécdota reciente que ilustra esta situación es el caso de una lavandera negra que ahorró durante toda su vida y, ya anciana, utilizó todo su capital para fundar una beca para costear los estudios universitarios de un miembro de su raza.

La discriminación educativa redunda, naturalmente, en una gran dificultad para las clases bajas, sobre todo si son afroamericanas o his­panohablantes, para ascender en la escala social y conseguir trabajos bien pagados. La frustración continua del miembro de una de estas "minorías" se traduce casi automáticamente en la drogadicción, el al­coholismo y el pandillerismo. Así se confirma el prejuicio según el cual los miembros de las minorías son inmorales, desordenados y cri­minales por naturaleza. Esto les gana la animadversión de otras mi­norías y de los ciudadanos honrados, trabajadores y exitosos. Esta afir­mación es simplista, y no puede tomarse al pie de la letra, ni mucho menos, sin embargo, es un indicio de la forma en que una minoría se convierte en problema disciplinario que sólo se resuelve median­te la cárcel y la policía.

Uno de los puntos débiles de la Constitución de Estados Unidos es que otorga a los jueces el derecho a decidir qué es o no lícito se­gún la Constitución, y otorga al presidente de la república el derecho de nombrar a los magistrados de la Suprema Corte de la Federación y de las Cortes de Apelación, aunque es el Senado el que debe ratifi-car el nombramiento. En la práctica este derecho se convierte en un arma mediante la cual el presidente obtiene la Suprema Corte que desea y puede impedir que, si el siguiente presidente es del partido contrario, obtenga la aprobación de la Suprema Corte para las leyes que prometió promulgar durante su campaña electoral. Esta prácti­ca nefasta se inició desde la presidencia de Jefferson (1801-1809); mu­chas de sus iniciativas se frustraron por presidir la Suprema Corte un juez nombrado por el presidente anterior, el conservador John Adams, quien nombró además a otros ocho jueces conservadores, al­gunos abiertamente desdeñosos de Jefferson y sus seguidores a quie­nes vilipendiaban sin que pudieran hacer nada para evitarlo.

El presidente George W. Bush, del Partido Republicano, ha insis­tido incansablemente en que el Senado acepte a sus candidatos a jue­ces de apelación que podrían formar parte más tarde de la Suprema Corte, sin embargo los senadores demócratas se resisten a ratificarlos por considerar que sus veredictos son sistemáticamente partidaristas, antisindicales, e injustos con las minorías o los criminales de bajos re­cursos.

Una consecuencia del crecimiento territorial de Estados Unidos es que el dinero influye de manera importante en las elecciones, da­da la inmensidad del territorio norteamericano y la importancia de las campañas publicitarias necesarias para dar a conocer al votante los méritos del candidato. En efecto, para producir un impacto en la opinión del público, habituado a leer periódicos o ver las noticias por televisión, hay que anunciarse en esos medios, y el costo de los anun­cios es estratosférico. Es cierto que hay fondos públicos para ese ob­jeto, pero no por eso se limita la cantidad de anuncios extra que pue­da pagar con su propio dinero. Como la gran mayoría de los norteamericanos no suele leer periódicos serios en que se analicen los asuntos políticos y se den datos fidedignos, la opinión de la mayo­ría depende de lo que oye en la radio o ve por televisión. Actualmen­te la cantidad de dinero que tenga un candidato para hacerse propa­ganda determina sus posibilidades de triunfar en una elección. Por eso nadie que no tenga una gran fortuna personal, o acceso a las for­tunas personales de un número respetable de convencidos, puede si­quiera pensar en lanzarse como candidato.

Finalmente, hay que señalar la influencia determinante que tuvo en el espíritu de los norteamericanos la adquisición, en 1848, de un territorio que se extendía hasta el océano Pacífico. Este inmenso te­rritorio nuevo, de ninguna manera despoblado, pero menos densa­mente poblado que las primeras colonias, se abrió en una forma sú­bita y desordenada a la invasión de nuevos pobladores, llegados de muy diversos países, que no tenían los mismos ideales que los colo­nos británicos originales. El suroeste era un territorio donde, además, se habían descubierto yacimientos de oro en California el 24 de ene­ro de 1848, nueve días antes de firmarse el tratado de Guadalupe Hi­dalgo, en que se consumaba la "compra" de California, Nuevo Méxi­co, Arizona, Colorado y demás estados cuyo nombre delata el origen de sus primeros pobladores. El oro atrajo una ola de migración aven­turera hacia California, con el consiguiente crecimiento desordenado de la población. Este hecho, la lucha contra los indígenas norteame­ricanos, la lucha por establecer nuevos asentamientos en las partes más prometedoras del nuevo territorio, sin que hubiera en la prácti­ca un aparato legal y policial que controlara el nuevo territorio, pro­pició un ambiente en que la fuerza se imponía con mayor facilidad que el derecho. Es entonces cuando nace la mitificación del "oeste", entendiéndose por oeste, el oeste que retratan las películas de vaque­ros: un mito que ensalzaba la lucha entre buenos y malos, fuertes y débiles, sherifes y forajidos, valientes y cobardes, el culto a las armas de fuego, el panorama cinematográfico de los grandes espacios abier­tos, montañas y desiertos. Pero, sobre todo, el culto a la libertad en­tendida como rechazo a cualquier restricción.

Sólo así se entienden muchos de los mitos actuales de los nortea­mericanos. Entre otros el culto a la movilidad, la actitud de "si no me gusta este pueblo, puedo agarrar mis cosas e irme a otro terre­no virgen o a cualquier lugar que me acomode". El culto a la fuer­za y el culto a los fusiles, tan caro al Partido Republicano que la "Na­tional Rifle Association" o Asociación Nacional de Dueños de Rifles, que defiende como derecho constitucional el derecho a portar ar­mas (aunque tal derecho se refería a las milicias y sólo por eso se justificaba), fue uno de los grupos que respaldaron la candidatura del actual presidente de Estados Unidos con aportaciones fuertes de dinero.

La convicción de que el estilo de vida y los valores norteamerica­nos son los mejores del mundo, si bien pueden tener algunas raíces en las colonias originales, sufrieron una inevitable deformación al convertirse Estados Unidos en un país imperialista. Y no se puede ne­gar, hoy en día, que este país es una potencia mundial cuyas tenden­cias imperialistas son indiscutibles. Tampoco se puede negar que pro­mueven la extensión de su propia forma de vida, insistiendo incluso, en que los demás países adopten sus políticas respecto de la educa­ción (que debe ser no gratuita), a la agricultura (que debe utilizar se­millas alteradas genéticamente y métodos masivos de producción), a la libre competencia en el comercio, etc. Aun viendo las consecuen­cias de este proselitismo "globalizante", es difícil para los gobiernos débiles resistirse a su voluntad.

Uno se pregunta qué diríaJefferson, qué diría Franklin, qué dirían Tom Paine, o Thorstein Veblen, o Thoreau de lo que estamos viendo ahora. Afortunadamente muchos norteamericanos se están hacien­do la misma pregunta.

 

bibliografía consultada

 

Webster's New International Dictionary, Unabridged, 2a. edición, 4o. volumen. La sección histórica, de 360 páginas abarca la historia universal desde la Antigüedad y la historia de Estados Unidos, año por año. Incluye, además, las biografías de los presidentes norteamericanos, el texto de la Constitu­ción, etc. La edición es de 1949.

Chambers' Twentieth Century Dictionary, en su reimpresión de 1948, publicado por W. y R. Chambers, Ltd., de Edimburgo y Londres. Útil por dar las raí­ces, variantes de los verbos y significado de términos de uso coloquial, co­mo en el caso de copperhead, que es al mismo tiempo una víbora peligro­sa, y una persona que, viviendo en un estado antiesclavista, simpatiza y trabaja para los esclavistas durante la guerra civil de Estados Unidos.

Pequeño LarousseIlustrado, edición del 2001. La sección histórica y geográfica incluye datos biográficos en forma condensada. Personas con quienes ten­go amistad ya se encuentran inmortalizadas en este diccionario.

Sluart England, dej. P. Kenyon, ©J. P. Kenyon, 1978. Publicado por Penguin Books en 1978 y reimpreso en 1979.

"Puritanism and Liberty, Being the Army Debates (1647-1649)", en The Clar-keManuscripts, with Supplementary Documents. Selección, edición e introduc­ción de A. S. P. Woodhouse y prefacio de Ivan Roots. Publicado en 1938 por J. M. Dent and Sons Ltd. en Londres. Segunda edición publicada por la Chicago University Press en 1974.

Micah Clarke, una de las novelas históricas hoy olvidadas de Conan Doyle, fue publicada por T. Nelson and Sons, de Londres, Edimburgo, París y Leip­zig. No trae fecha de publicación, pero es evidente que la edición, que se presenta como parte de Nelson's Library, es de las primeras décadas del siglo xx, ya que autores como Booth Tarkington y H. G. Wells también fi­guran en la lista de libros publicados en la misma colección que se da en las últimas páginas. El apéndice contiene información importante que comprueba que el libro es fruto de las investigaciones históricas del autor. Es de interés especial la información contenida en la nota A, respecto del rechazo de la educación universitaria que profesaban los puritanos y de­más sectas disidentes, a pesar de figurar entre sus filas intelectuales nota­bles, como John Milton. Conan Doyle cita como prueba una de las mu­chas baladas del republicano de mediados del siglo xvii, reimpresas en 1731: "Acabaremos con las universidades/en donde se profesa la sabidu­ría..."

The Penguin History of the United States of America, de Ilugh Brogan, edición de 1990. © Longman Gi *oup Limited, 1985. Publicado por primera vez bajo el título de Longman History of the United States of America.

Rights ofMan, de Thomas Paine, con introducción biográfica de Philip S. Fo-ner, publicado por Citadel Press, Inc., en Secaucus, Nueva Jersey, EUA, © 1948 y 1974 por Citadel Press.

Common Sense, por Thomas Paine, con una introducción histórica y biográfi­ca de Isaac Kramnick, editor. Publicado en 1976 por Penguin Books en su colección Pelican, en Londres. El texto de Paine que se reproduce es el publicado el 14 de febrero de 1776 por William Thomas Bradford en Fi-ladelfia, Pennsylvania, y es más largo que el publicado el 10 de enero de 1776 por Robert Bell. No se indican derechos de autor, probablemente poique Paine renunció a ellos, o reinvirtió su parte de las ganancias para darle mayor difusión al texto. Al parecer tampoco el autor de la introduc­ción registró sus derechos de autor.

Benjamin Franklin: Autobiography and Other Writings, publicado por New Ame­rican Library, en su colección Signet Classics. Le faltan al ejemplar con­sultado las primeras páginas con la fecha de publicación, etcétera.

The Portable Thomas Jefferson, publicado por Penguin Books, Ltd., Londres, Nueva York, Victoria, Ontario, Auckland, © de Viking Press, Inc. 1975, reimpresión de 1979.

The Federalist Papers, de Alexander Hamilton, James Madison John Jay, con introudcción de Clinton Rossiter, publicado por New American Library, © 1961 The New American Library of World Literature, Inc.

The United States: the Presidents, the Parties and the Constitution, de Herbert Agar, publicado por Eyre and Spottisvvoode en Londres en 1950, la. edición. No se indican derechos de autor.

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Waterloo toPeterloo, de R.J. White, © del autor. Publicado por primera vez por William Heinemann Ltd. en 1957, por Mercury Books en 1963 y por Pe­regrine Books en 1968. Relata las luchas por obtener el sufragio universal en Inglaterra, en las cuales tomó parte Alian Pinkerton, jefe de seguridad del general McClellan en la primera parte de la guerra civil norteameri­cana.

Alian Pinkerton, theFirst Prívate Eye, de James Mackay, © del autor, 1996, publi­cado por John Wiley and Sons, Inc., de Nueva York, Chichester, Weinheim, Brisbane, Singapur, Toronto. Impreso en Nueva York, EUA.

Únele Tom's Cabin, de Harriet Beecher Stowe (con nueva introducción de Darryl Pinckney © 1998 solamente de la introducción) publicado en su colección Signet Classics por Penguin Putnam Inc., Nueva York, EUA.

American Notes, de Charles Dickens, publicado por Chapman and Hall, Lon­dres, 1874, junto con otros textos del mismo autor, no cita la edición ori­ginal. En este texto Dickens relata el segundo viaje que hizo para dar con­ferencias en Estados Unidos, antes o durante la guerra civil. Señala el trato cordial que recibe de los norteamericanos, pero también critica la importancia que dan al dinero y las fallas de su sistema político, que se pliega a los dictados de la mayoría por absurdos que parezcan. Al argu­mentar en contra de la esclavitud, cita la transcripción que hizo de abun­dantes anuncios publicados en la prensa por dueños de esclavos fugiti­vos, en que los describen físicamente para que la policía los detenga y se los entregue como ordena la ley promulgada en 1850. Los dueños deta­llan mutilaciones, cicatrices de azotes, heridas de bala en la espalda, pér­dida de dedos y dientes, cuellos de hierro de los cuales tienen la llave, nombre del dueño marcado con hierro candente en la mejilla o en el bra­zo, etcétera.

The Negro in 20th Century America, A Reader on the Struggle for Civil Rights, © 1967 por Random Ilouse, Inc. publicado por Alfred A Knopf, Inc. y Random House, Inc. en la colección de Vintage Books, Nueva York, EUA.

The Worldly Philosophers, de Robei t L. Heilbroner, © 1953 y 1981 del autor, 7a. edición, de 1995, publicada por Simón and Schuster, Nueva York, EUA. Da un panorama de los economistas que influyeron en las ideas de los pri­meros norteamericanos.

Religión and the Ri.se of Capitalism, de Richard Henry Tawney, publicado origi­nalmente por Harcourt, Brace and Co. en 1926, nuevo material para la edición de 1998 © de los editores, Transaction Publishers de New Bruns­wick, Nueva Jersey, EUA.

Revolutionary Polines and Locke's Two Treatises of Government, por Richard Ash-craft, © 1986 Princeton University Press, Nueva Jersey, EUA.

The RobberBarons de MatthewJosephson, © 1934 y Í962, del autor; publica­do por Harcourt Brace and Co., San Diego, Nueva York, Londres.

TheHistory ofthe Standard Oíl Company, de Ida M. Tarbell, en edición abrevia­da por David M. Chalmers, © 1966 de David M. Chalmers, publicada por Dover Publications Inc., Mineóla, Nueva York, EUA. (Es prácticamente imposible conseguir el texto original, aunque se podría consultar por com­putadora en la Biblioteca Pública Central de Nueva York.)

The Era of the Muckrakers, por C.C. Regier, © 1932 de la North Caroline Uni-versity Press (EUA), reimpreso en 1957 por Peter Smith, de Gloucester, Massachusetts, EUA.

The Autobiography of Lincoln Steffens, © Harcourt Brace and Co., 1931. la. edi­ción. Lincoln Steffens fue uno de los principales periodistas que investi­garon la corrupción en Estados Unidos, sobre todo en cuestiones políti­cas, hacia fines del siglo xix y principios del xx. Ida Tarbell investigó en la misma época a los grandes consorcios, sobre todo Standard Oil, para la revista McClure's. A estos periodistas se les conoció como "Muckrakers", o rastrillado res de inmundicia.

American Capitalism, the Concept of Countervailing Power, de John Kenneth Gal-braith, publicado por Penguin Books en asociación con Hamish Hamil-ton. ©John Kenneth Galbraith, 1952, 1956. Edición de 1970. Este lúcido libro de divulgación explica la actitud antigubernamental del norteame­ricano como consecuencia de la teoría económica imperante en la época de la independencia, que se erigió en dogma y contra la cual hay que lu­char continuamente si ha de haber progreso para todos, y no sólo para las clases privilegiadas.

Ambassador's Journal, A Personal, Account ofthe Kennedy Years, de John Kenneth Galbraith, © 1969 del autor. Publicado por The New American Library, Inc., en octubre de 1970, en su colección Signet Books. Este diario abar­ca del 7 de diciembre de 1960, poco antes de ser nombrado embajador en la India, hasta el 26 de noviembre de 1963, cuatro días después del ase­sinato de Kennedy. Describe las dificultades continuas que tenía con re­presentantes de distintas agencias del gobierno, del Congreso, del Sena­do, etc., y que obstaculizaron su labor difusora del sistema norteamericano de gobierno mediante la asistencia económica. The Rolhschilds, A Family Portrait, de Frederic Morton, © Frederic Morton, pu­blicado por The Curtis Publishing Company en 1961. 6a. edición, 1962. Absolutamente fascinante, retrata la influencia que puede llegar a tener sobre la política internacional una familia de banqueros.

México desde 1808 hasta 1867, por Francisco de Paula de Arrangoiz, (la. edi­ción, Madrid, 1871-1872) con prólogo de Martín Quirarte. la. edición de Editorial Porrúa, en 1968. Publicado por Editorial Porrúa en su colección

Sepan Cuántos, en México, D.F. © 1985. Contiene datos importantes res­pecto a la correspondencia entre representantes del gobierno mexicano y el norteamericano.

A Short History of the Philippines, de Teodoro A. Agoncillo, publicado por The New American Library, Nueva York Toronto, © 1969 de Teodoro A. Agoncillo.

Philippines, Repression and Resistance, © Komite ng Sambayanang, Filipino, 1980, impreso en Londres, en 1981.

Guerrilla and Counter Guerrilla Warfare, de William J. Pomeroy, © de Interna­tional Publishers, Nueva York, 1964.

The Bases of Our Insecurity. A Study of the US Military Bases in. the Philippines, de Roland G. Simbulan, publicado por balai Fellowship, Inc. Metro Manila, Filipinas, 2a. edición, 1985.

American Neo-Colonialism, Its emergence in the Philippines and Asia, de William J. Pomeroy. © 1970 de International Publishers Co. Inc., Nueva York. la. edi­ción. El primer capítulo, "Impetus to Empire", es de gran interés ya que atribuye el renovado imperialismo norteamericano a la influencia ejerci­da por la Armada de Estados Unidos, los industriales norteamericanos y los políticos como Henry Cabot Lodge, John Hay, Henry Adams, Brooks Adams que, con sus campañas periodísticas, lograron popularizar la idea de que era indispensable extender la influencia internacional del gobier­no con el fin de que los europeos no les ganaran los mercados internacio­nales. El senador Henry Cabot Lodge, por ejemplo, era hijo de dos fami­lias que habían adquirido sus riquezas gracias al comercio con China, y estaba aliado con compañías ferrocarrileras que deseaban construir un fe­rrocarril en el norte de China.

On Colonialism, de Marx y Engels, recoge artículos periodísticos sobre el co­lonialismo mundial, muchos de ellos publicados en el Neto York Daily Tri­bune entre 1850 1870. Contienen mucha información interesante y co­herente sobre las actividades de la East India Company y el imperio británico. Fue publicado en la URSS en 1959. La sexta reimpresión, de 1976, fue adquirida en una librería de Londres.

The Rockefeller Report on the Americas, de Nelson A. Rockefeller (© 1969, Qua­drangle Books), es el informe presentado por Rockefeller, gobernador de Nueva York, quien presidió la comisión enviada por el presidente Nixon a recabar informes sobre América Latina. El informe sirvió de base para la política norteamericana posterior. Lleva una introducción de Tad Szulc, del periódico The New York Times y fue publicado en 1969 por Quadrangle Books en Chicago, III., EUA.

 

Jackboot, the Story of the Germán Soldier, de John Laffin, ©John Laffin, 1965, 1966 y 1989, edición de 1989 publicada por David and Charles, Publishers, en Newton Abbot, Devon, Inglaterra. El autor recorre el desarrollo mili­tar del soldado alemán y su contorno civil desde sus orígenes en 1713, cuando ascendió al trono Federico Guillermo de Prusia, pasando por su intervención en sucesivas guerras europeas hasta llegar al nacional-socia­lismo o nazismo.

Tlie House of Morgan, an American Banking Dynasty and the Rise of Modern Finan-ce, de Ron Chernow, © 1990 por Ron Chernow. Publicado por Simón and Schuster, Nueva York, en su colección Touchstone en 1991. De especial interés son las páginas que se refieren a la influencia de estos "magos" de las finanzas en la política de Inglaterra y Europa y el impacto que tuvie­ron en la política mexicana en el siglo xx, aunque parece probable que este último haya sido exagerado por el autor.

The Awakening of a Nation, México of Today, de Charles F. Lummis, © 1898 Har-per and Brothers. El libro es un panegírico de Porfirio Díaz, a quien se considera como el modernizador de su patria. El periodista recorre el país y en todas partes ve orden, progreso, paz y felicidad.

The Black Jacobins, Toussaint L' Ouverture and the San Domingo Revolution, de C. L. R. James, 2a. edición, © 1963 de Random House, Inc. No especifica quién publicó este libro por primera vez, pero el prefacio del autor aclara que lo terminó de escribir en Í938. Esta segunda edición, revisada y corre­gida por el autor, fue publicada por Alfred A. Knopf Inc. y Random Hou­se, Inc. en la colección Vintage Books. La obra explica, entre otras cosas, el motivo por el que Napoleón estuviera dispuesto a venderle a Estados Unidos no sólo la Luisiana, sino también la colonia española de la Florida, en 1804, por haber perdido la batalla por recuperar la isla de Santo Do­mingo con un elevado costo en vidas y consiguiente merma de su ejército.

Caudillo sonorense: Ignacio Pesqueiray su tiempo, de Rodolfo Acuña, la. edición en inglés de f974, de Arizona University Press, Tucson, Arizona, EUA. Publica­do en México por Editorial Era, © 1981, traducción de Isabel Fraire. Esta obra relata una de tantas invasiones intentadas por los norteamericanos del territorio mexicano. En esta ocasión por Henry Alexander Crabb, amigo de William Walker, quien lo había invitado a invadir Nicaragua, prefiriendo Crabb lanzarse a invadir Sonora con el propósito de pedir luego la incor­poración de Sonora a Estados Unidos como nuevo estado esclavista.

California y sus relaciones con Baja California (Síntesis del desarrollo histórico de California y sus repercusiones sobre Baja California), de Ángela Moya-no Pahissa; la. ed. 1983. Publicado por el Fondo de Cultura Económica para la Secretaría de Educación Pública, en la colección Sep 80, en Méxi­co, D.F. © fce sep, 1983. La autora, miembro del Centro de Investigacio­nes Históricas unam/uabc en su sede de Tijuana, consulta tanto fuentes norteamericanas como mexicanas, para dar una idea de la historia de am­bas Californias y de sus intrincadas y conflictivas relaciones así como de su contexto histórico más amplio.