Hojas de un diario...

cuento de Isabel Fraire 

Libreta Quinta, correspondiente al Año Luz 114, contado desde el año final de la era anterior. Luz por luminoso, en contraste con las tinieblas anteriores. En el año primero de esta era se hizo la luz. Quiero decir Esta, la nuestra, La Gran Luz.

Apuntes tomados diariamente antes de acostarme, de lo transcurrido en el día. Una manera fácil de ejercitar la memoria, la capacidad de recordar nombres, fechas, detalles, tan útil en el trabajo diario de un investigador como yo.

Hoy, aparte de los detalles rutinarios que ya no vale la pena apuntar, por haberse vuelto automática la tarea de recordarlos, quedaron inscritos en mi memoria pasajera, la que se convierte en palabras escritas cada noche, borrándose así de la cinta de la memoria viva para dejar lugar a nuevos datos útiles ("tan importante es olvidar como recordar"), los siguientes hechos:

Llegué al Centro de Investigación Científica y Recuperación de Datos como a las diez. Mi papel, como tantas veces he dicho antes, es simplemente el de observar, anotar, recordar, olvidar. (El olvido es importante, hay que olvidar todo lo inútil.) Los demás que se reúnen en el centro, a trabajar en sus respectivos campos de investigación y a hacer uso del complejo de computadoras Z que sólo ahí están a la disposición de los científicos que lo ameritan y para fines claramente especificados, previa aprobación.. .¿de quién?... a veces me atrevo a preguntarlo, pero, fuera de estos apuntes, no sabría a quién, en concreto, dirigirle semejante pregunta... todos tienen alguna tarea concreta. Ayer, por ejemplo, estaba el Dr. Zublovski, bioquímico que investiga la historia del cáncer, especialmente la etapa en que el cáncer no estaba aún dominado. Estaba también Zeller, el neurólogo, a quien parecen divertirle las historias clínicas acumuladas por Z, aunque, por supuesto, siempre tiene un buen pretexto de tipo científico para pedirle a Z que se las recobre. Estaba el paleontogeógrafo Smith, a quien no conocía yo y que, según la libreta en que se registran las solicitudes, andaba averiguando el significado de la palabra Iámbulo (¿¿??ü). Creo que debo escribir un informe especial a este respecto, ya que parece ésta una investigación enteramente inútil y un malgasto de las energías de Z. Yo, como siempre, fui aceptado sin preguntas, ya que todos comprenden que la curiosidad misma los vuelve sospechosos. Y además ya se imaginan a lo que voy. 

Yo hacía café, preparaba sandwiches, hojeaba revistas, estudiaba mi diccionario Zulú (uno de los ejercicios menos gratos que nos exigen es la memorización de un diccionario de una lengua extranjera, de preferencia que no entendamos... (me sospecho que es simplemente una trampa para comprobar nuestra lealtad), participaba en las conversaciones o comentarios que se dan en los ratos de espera. No es que Z se tarde para recobrar los datos, pero hay tal demanda... del centro de desarrollo energético, delprograma interestelar, del instituto de neurobioquímica aplicada, etc. etc., que siempre hay tiempo de relajarse y charlar un poco.

Hoy inició la conversación Zeller, preguntándole a Zublovski sobre un caso verdaderamente divertido que había localizado en los archivos del Sanatorio X...

Zeller y Zublovski son viejos amigos, ya que se conocieron durante sus estudios. "Quería consultarte sobre un caso extremadamente curioso que he encontrado; mira, aquí tengo la historia que me entregó ayer la infalible" (se refiere a Z, a quien llaman también "la papal", "la pitonisa", y varios otros pseudónimos que no alcanzo a distinguir si implican reverencia o un exceso sospechoso de familiaridad).

"Hmm..." Zublovski lee, luego comenta "parece un caso bastante común y corriente de alucinación." 

' 'Bueno, evidentemente, de alucinación sí. Lo que me ha pasado por la cabeza, algo injustificadamente, si tú quieres, es si no se trataría de una alucinación colectiva..." 

"¿Cómo colectiva? ¿A qué te refieres?" 

"¿De qué hablan?" preguntó Smith. 

"De un hombre que escribió un libro acerca de una isla inexistente, allá por el año 1970 D.C." 

"¡Hace más de 100 años!" 

"¿Y eso qué tiene de particular?" 

"Lo que tiene de particular" contestó Zeller "es que el señor... estaba convencido de que la tal isla en realidad existía... que escribió lo que en realidad era novela o ciencia ficción como si fuera reportaje! En 1990 se recogieron los ejemplares de En Cuba que andaban dispersos por el planeta, se le hizo un juicio para decidir si había estafado al público con objeto de aumentar sus regalías, o con algún propósito más oscuro... la conclusión, después de que se pidió asesoría psiquiátrica al insistir el Padre Cardenal -porque además se creía sacerdote, y según se deduce de sus declaraciones, poeta también -que el libro era en realidad un reportaje, que la isla sí había existido y él la había visitado y observado personalmente, y no sólo él sino muchos otros... bueno pues lo declararon... esquizofrénico... enfermedad muy común en aquel entonces... y lo enviaron a la Clínica Especial del Estado en donde acabó sus días convencido hasta el final de que su mítica Cuba había existido." 

Entretanto Smith, el paleogeógrafo , se había acercado y escuchaba con atención. 

"¿Y qué tiene de interés semejante historia?" preguntó Zublovski. "No le veo nada de particular. Un simple caso de delirio sistematizado con la única diferencia de que el

paciente escribió un libro y, dado el relajamiento de la censura en aquella época, nadie se ocupó de prohibir su publicación o venta..." 

"Lo que pasa es..." aquí el tono en que hablaba Zeller se modificó ligeramente, miró hacia abajo, parecía sentir cierta inseguridad... "Lo que pasa es que estoy jugando con la posibilidad de que se trate... fíjense bien... no de un delirio individual, sino de un delirio colectivo!"

"¿Cómo colectivo? ¿De quién y quién? Hasta ahora no has mencionado más que a un solo paciente..." 

"Un delirio colectivo... de todos los habitantes de la isla! Lo único que arruina mi hipótesis es... la inexistencia de la isla..." 

Hasta yo solté la carcajada. 

Smith, sonriendo, intervino por primera vez ."Bueno, sabemos que la isla de Cuba, en efecto, existió."

"¿Cómo? ¡Yo nunca, en todos mis años de estudio, la he oído mencionar!" "Ni yo." "Ni yo."

"Efectivamente", explicó Smith, "como desapareció sin dejar huella, a consecuencia de una erupción volcánica... aquella fue una época de erupciones catastróficas en todo el planeta... hace aproximadamente cien años que no aparece en los mapas, y no tiene, naturalmente, el menor caso referirse a ella en ninguna etapa de la instrucción común. Sólo los paleontogeógrafos conocemos la historia." 

"En ese caso se vuelve un poco más plausible tu hipótesis" le dijo Zublovski a Zeller, para añadir "aunque en ese caso no hay por qué hablar de alucinación colectiva, porque no hay alucinación, dado que la isla existió..." 

"Espera, espera, todavía no estás enterado de todo... El caso es que esta isla... no me atrevo todavía a llamarla Cuba, ya que habría que comprobar si la Cuba cuya existencia nos confirma Smith sería la misma Cuba descrita por Cardenal... tenía características verdaderamente absurdas, imposibles desde cualquier punto de vista científico... era, digamos, una especie de..." 

"¿Utopía?" preguntó Smith. 

"¿Qué es Utopía?" preguntó Zublovski. (1)

"Un lugar imaginario en donde se da una sociedad perfecta. Quiero decir una sociedad en donde las relaciones entre los miembros son cordiales y equitativas, y no hay hambre ni guerra, por ejemplo." contestó Smith.

"O sea como la nuestra" me atreví a decir yo, interviniendo por primera vez desde que me pueda yo acordar, para gran sorpresa de los tres. 

"Justo. Como la nuestra." dijo Smith, mirándome con una expresión que no alcanzo a interpretar. "Es decir, a un ser que no hubiera vivido en nuestra sociedad, esta sociedad le podría parecer utópica." 

"Imaginaria." 

"Mmmh..." 

"Supongamos, pues, que se trata de la misma isla." intervino impacientemente Zublovski. "No podrías hacernos favor de entrar un poco más en detalles, y decirnos cómo suponía tu loco éste que era su utopía! ¿Y qué fue lo que te indujo a pensar que podría ser una alucinación colectiva?" 

"Bueno, para empezar... parece que había un estricto racionamiento, de tal manera que comían exactamente las mismas cantidades de los mismos alimentos... y luego todos trabajaban, todos estudiaban, y, fíjense bien en esto, todos LEÍAN." 

"¿Qué tiene de raro que todos supieran leer?" 

"Lo que tiene de raro es que no sólo sabían leer, sino que leían grandes cantidades de libros. No tiras cómicas, ni manuales, ni revistas y periódicos... libros.'''' 

"Bueno, yo leo dos, tres libros al año... quiero decir, no relacionados con el trabajo, los leo por gusto. Aunque confieso que en nuestra era la literatura, los libros de recreo, ya no tienen sentido. Las grabadoras y las pantallas caseras suplen todas, pero todas las necesidades de información o descanso que pudiera uno tener." 

"Precisamente. Lo curioso es que Cardenal se imaginó una sociedad en que todos leían librosl Desde los dirigentes hasta los barrenderos, y leían tantos libros que las ediciones se agotaban el mismo día que llegaban a las librerías!"

 "¿Qué más?"

 "Los estudiantes trabajaban en las fábricas y en el campo. Los obreros y los campesinos y hasta los barrenderos estudiaban! Es más, el dirigente máximo del gobierno desperdiciaba cuatro horas diarias cortando caña de azúcar..."

 A estas alturas todos reíamos regocijados.

"¡Y se molestaron en hacerle un juicio!" dijo Zublovski "¿Para qué?" ¿Quién se iba a tomar en serio semejantes patrañas?" 

"Falta... falta... falta lo mejor... todo esto, fíjate bien, todo esto funcionaba por AMOR. Porque has de saber que todos trabajaban horas extras o turnos dobles y se quedaban con hambre y observaban los racionamientos, etc., etc., sin ningúin aliciente, sin ninguna remuneración... todos trabajaban como esclavos y vivían como santos, en una especie de locura colectiva..."

"Ya veo a dónde nos llevas..."

"No se nos olvida lo que sugeriste al principio, con tanta timidez..." "Hablaste de 'alucinación colectiva' y no individual."

"No hay que descartar posibilidades" dijo Zeller, como disculpándose, "No se te olvide que la ciencia avanza a grandes saltos gracias a tanta hipótesis descartada que alguien saca de un cajón y desempolva... o a una explicación que nadie había tomado en cuenta por descabellada, hasta que un ocioso como yo..." dijo Zeller, entre orgulloso y defensivo.

"Adelante. Adelante. Pero no hables de ocio. Recuerda que la ciencia no conoce horarios. Nosotros trabajamos hasta cuando soñamos..." 

"Nuestros menores pensamientos son valiosos... 

"Sólo así se justifican los privilegios y libertades de que gozamos, las comodidades que nos rodean..."

"Y el acceso fácil que tenemos a Z..."

"De modo que ni en broma..."

"Ni entre compañeros..."

"Te atrevas a..."

"Ya, ya. Entendido. Volvamos a nuestro asunto." "Venga tu hipótesis de la alucinación colectiva."

"Bueno. Mi mayor problema era la inexistencia de la isla misma. Pero ahora, según parece, Smith declara que existió efectivamente una isla llamada Cuba." 

"En la cual se cultivaba, efectivamente, la caña de azúcar..." agregó sonriendo Smith.

Según Cardenal" siguió Zeller "en esta isla no funcionaban las leyes básicas del comportamiento humano, como la que dice que el único móvil de la inversión de energía es la expectativa de compensación..." 

"Una ley que cualquier niño conoce." 

"Y que rige todas las relaciones humanas." 

"Bueno, pues en la Cuba de Cardenal ese principio fundamental no funcionaba. Mi tesis o hipótesis, estimados señores, es que efectivamente estaba suspendido su funcionamiento... por haber caído víctima la población entera de la isla de una alucinación colectiva por obra de la hipnosis 

Se oyeron exclamaciones de asombro, incredulidad, rechazo... 

"Sí señores. Los cubanos estaban hipnotizados. Estaban hipnotizados por su dirigente político - del cual hice mención antes - que los reunía en grandes aglomeraciones, los encandilaba con reflectores, fijaba su atención en imágenes simplificadas gigantescas con carga afectivo-simbólica y los "dormía" con discursos repetitivo-percusivos de larga duración de los cuales aparentemente despertaban para dispersarse a sus tareas, pero en realidad, en realidad, no despertaban, sino que seguían soñando, llevando una vida onírica a la par que realizaban su trabajo rutinario, convencidos de que vivían en un mundo en el que recibían toda clase de compensaciones... Esa es la única explicación posible de que dejara de funcionar la ley universal del único móvil que tan bien conocemos. ¡No había dejado de funcionar! Eran víctimas de una alucinación colectiva, inducida por la hipnosis, por la cual creían estar recibiendo las compensaciones estímulo-móvil de su trabajo. Como las compensaciones eran imaginarias eran infinitas, y eso explica el altísimo rendimiento de los trabajadores!"

"Preciosa tu teoría."

"Bonita."

"Hasta divertida."

"...¿Y Cardenal?"

"Cardenal, como cualquier visitante de la isla, caería en mayor o menor medida bajo la misma alucinación... sólo que incompleta: captaría la realidad de las privaciones, del trabajo excesivo sin remuneración, y cosas por el estilo, y se haría su propia explicación acerca de la motivación de la gente. Otros visitantes, por ejemplo, verían una dictadura totalitaria represiva como otras que existían en aquella época. Alguno que otro científico que visitara la isla adivinaría la verdadera explicación consistente en la hipnosis colectiva, reforzada por los medios de comunicación masiva y la publicidad... quizás también por alguna droga adicionada al agua potable. Y Cardenal, que no era precisamente un ser ecuánime y equilibrado - no hay que olvidar que era poeta y sacerdote - encontró una explicación proveniente de su propio mundo mental histérico: el Amor... nada más ni nada

menos... el Amor! O sea la única posibilidad realmente imposible... la única explicación descartable a priori por contravenir principios científicos fundamentales! Excuso decirles que cuando su libro empezó a circular fuera de las minorías cultas de la época, y a engañar a sectores crecientes de la población que no sólo creían su peregrina versión, sino que llegaron a aspirar a convertir a sus propios países en sendas Cubas, se recogieron las ediciones, se destruyeron las matrices, se le hizo un juicio por fraude, se le encontró incapacitado para responder a los cargos que se le hacían por estar mentalmente enajenado y carecer del sentido de la realidad (algo por lo demás, ampliamente comprobado por su libro) y se le recluyó en un sanatorio psiquiátrico estatal."

"¿Cuándo fue esto?" preguntó Smith.

"¿Dónde?" preguntó Zublovski.

"Por ahí de 1990 D.C., en Panamérica."

"O sea después de que Cuba había desaparecido del mapa..." comentó Smith.

"Si." Continuó Zeller. "Uno de los principales argumentos que se utilizaron para acusarlo de fraude, fue la inexistencia de la isla en cuestión. Si Smith tiene razón y Cuba, en efecto, existió, se había borrado de la memoria de los hombres en poquísimo tiempo." 

"Quizás gracias a la destrucción masiva de archivos" intervino Zublovski, "cuando se vertió la enorme masa acumulada de datos existentes en Z, y se adicionó al agua potable... este dato lo conozco por ser bioquímico ... una dosis muy bien calculada de antimnemosine, que induce un olvido selectivo. Algo por lo demás, agregó, volviéndose hacia mí, "no sólo útil sino indispensable, ya que la angustia producida por el exceso de datos alarmantes había afectado seriamente el rendimiento en los centros de producción." 

Hubo un breve silencio, luego habló Zublovski. 

"Veo una incongruencia en tu hipótesis. Si sostienes que Cardenal fue un observador fiel de los hechos, aunque mal intérprete de ellos, entonces tienes que conservar el dato de la lectura masiva de libros... que se contrapone, desde un punto de vista psicobioquímico, con tu hipótesis de la alucinación hipnótica masiva prolongada. Un individuo en estado hipnótico o semi-hipnótico no es capaz de la concentración mental y el estado de alerta que requiere la lectura." 

"Quizás creían leer, y hojeaban los libros en estado hipnótico!" contestó Zeller triunfalmente. 

"Mmmm..." 

"¿Qué otras objeciones tienes?"

"Déjame pensarlo con calma. Mañana te digo. Pero sea cual sea mi conclusión respecto a los méritos de tu hipótesis, tienes que admitir que no es la única que explica satisfactoriamente los hechos." 

"Claro. También puede haber sido una simple alucinación individual..." confesó Zeller.

 "O una más de tantas islas imaginarias..." agregó Smith. 

La conversación se suspendió al entrar el mozo con los resultados proporcionados por Z, y retirarse los interesados a las cabinas individuales para su estudio. Poco después me fui a casa.  

Debido a una inusitada e imperdonable falla en el sistema de comunicaciones, llegué tarde hoy al Centro de Investigación Científica y Recuperación de Datos. Esta vez estaban Zeller, Zublovski y Saunders, el matemático. Smith, por lo visto, había obtenido ayer la información requerida y no había vuelto. Zeller y Zublovski no hicieron en todo el día ninguna referencia a la isla perdida, y me dio la impresión de que la conversación había tenido lugar antes de mi llegada. Por desgracia, es imposible mantener un sistema de grabación de ningún tipo en estas oficinas, debido a que interferiría con el delicado funcionamiento de Z. Motivo, por lo demás, que explica la necesidad de mi presencia día tras día. 

Aburrido por el silencio y el ocio forzoso, y cansado de hojear las mismas revistas, que a pesar de servirme de ejercicios de olvido (las leo y olvido y releo como entrenamiento) y harto, hoy especialmente, no se por qué, del diccionario Zulú, tuve una idea genial. Pedirle a Z que me recobrara el significado de la palabra Iámbulo. He aquí el resultado: 

IÁMBULO - DIODORO SÍCULO 

Diodoro de Sicilia, historiador griego del primer siglo antes de Cristo, recogió en su Biblioteca Histórica el testimonio del viajero Iámbulo acerca de sus propias aventuras, que se sintetiza a continuación:

Iámbulo fue un mercader que cayó en poder de piratas en el curso de un viaje hacia la tierra de las especias. Los piratas lo llevaron a la costa de Etiopía en donde los naturales lo obligaron a embarcarse, junto con un compañero, y hacer vela hacia el sur, en donde deberían encontrar una isla feliz poblada por hombres buenos. El propósito del viaje era ritual y propiciatorio. Si llegaban felizmente a su destino comenzaría una época de prosperidad para Etiopía. Si, acobardados por las tormentas y la incertidumbre, se regresaban, serían inmediatamente ejecutados, como culpables de las calamidades que azotarían al país.

lambíalo y su compañero, en un pequeño barco de vela abastecido con provisiones suficientes para seis meses, se enfrentaron a tormentas y peligros durante cuatro, al final de los cuales llegaron a la isla, de 5 000 estadios de circunferencia. Los habitantes, de cuerpo enteramente flexible, lengua bifurcada, y apariencia extraña, aunque no desagradable, los recibieron con gran amabilidad. Su clima era placentero, ni demasiado caliente ni demasiado frío, siendo iguales los días y las noches, y ocupando el sol el centro del cielo al mediodía. Los isleños eran muy sabios, teniendo especial conocimiento de la astrología, y tenían su propio alfabeto. Gozaban de excelente salud y eran tan longevos que llegaban por común acuerdo a los 150 años, edad a la cual se suicidaban acostándose sobre un lecho de hierba soporífera. De la misma manera inducían la muerte en los casos de invalidez. La población estaba organizada en grupos de 400 miembros gobernados por el más anciano de cada grupo. Todos los habitantes de la isla vivían y trabajaban de la misma manera y tenían los mismos conocimientos. No conocían la propiedad privada, poseyendo en común todo, hasta las mujeres y los hijos. Preciaban ante todo la armonía y aborrecían la envidia, la incompetencia y la discordia. Cazaban, servían y hacían trabajo manual por turnos. La isla se bastaba a sí misma, habiendo en ella una abundancia de peces, pájaros y frutas, pero a pesar de la abundancia, la comida era sencilla, no gustando los naturales de salsas y refinamientos culinarios. 

Iámbulo y su compañero vivieron en la isla durante siete años, al final de los cuales fueron expulsados como malefactores irredentos, amantes de malos hábitos y conversaciones deshonestas. Al final de cuatro meses de navegar a la deriva llegó Iámbulo a la India después de perder, ahogado, a su compañero. Allí fue socorrido por los indígenas que lo llevaron ante su rey. Este, gran admirador de los griegos, lo retuvo algún tiempo en su corte, antes de enviarlo de regreso a Grecia, en donde escribió sus memorias, que contenían interesantes datos acerca de la India, país entonces prácticamente desconocido. 

La historia pertenece al campo de la geografía fantástica y jamás se le ha otorgado ninguna validez científica. 

Hoy se comentó un plan muy interesante que se ha puesto en marcha con el fin de desneurotizar a Z. Tal parece que la pobre comienza a mostrar síntomas graves de perturbación, a dar respuestas patentemente absurdas, o múltiples y contradictorias, o incluso, según me aseguró el celador en confianza, aunque esto no hay que tomarlo en serio, a reírse desaforadamente cuando se marcha el último investigador. 

El plan, que despertó en un principio cierta oposición entre algunos investigadores, ha terminado por aprobarse por motivos forzosos de economía y funcionalidad, y se asegura que siempre, desde la construcción misma de Z, se había visto como a la larga inevitable. Consiste simplemente en el olvido selectivo, o sea la eliminación selectiva de la información acumulada por Z. Las discusiones más acaloradas respecto al plan que, sin saberlo nosotros, se han prolongado ya durante años, se centraban alrededor del problema de la selección misma. ¿Quién había de decidir lo que sería eliminado de la memoria de Z? El problema era práctico, ya que sólo Z, por así decirlo, sabe lo que sabe, y, enconsecuencia, lo que puede olvidar. La solución que se ha dado es excelente: al mismo tiempo práctica, económica, e incuestionable. Basta con instalar un sistema paralelo con un índice de los datos acumulados por Z, conectado al almacén de material, que con base en la incidencia de las solicitudes de información, vaya eliminando automáticamente, a intervalos, regulares, los datos no solicitados. Esto bastará para desahogar a Z y permitirle volver a la normalidad. Después de todo, cuando se toma en cuenta el incremento constante y punto menos que infinito del número de datos que se alimentan a Z para su posible recuperación, salta a la vista que tarde o temprano se tenía que dar este paso. Tanto mejor. 

 

(1) "El vocabulario común se reduce en proporción inversa al incremento de términos especializados.", decía un artículo que leí hace unos meses en una revista que me encontré en CICREDA. Curioso que no se le hubiera olvidado a Smith lo que significa el término "Utopía".