Balas y votos...

BALAS Y VOTOS: LA GUERRA DE LAS MALVINAS

 

Un cuento de Isabel Fraire

 

No me pregunten cómo lo se, pero el hecho es que lo se. Sí, los conservadores van a ganar las elecciones. Todo se me hizo claro en estos últimos días. Días muy extraños. Llovía incesantemente, pero cada y cuando salía el sol y te hacía olvidar que había estado lloviendo. Todo brillaba, limpio. Es así en Inglaterra. Sol o lluvia, se pone y se quita, se quita y se pone, una y otra vez, otra, otra. La lluvia todo lo envuelve, empapándote con un fervor casi tropical, helándote con una llovizna interminable, hasta que, de pronto, sale el sol, haciéndote creer que tus sentidos te han estado engañando todo el tiempo. Llegas a pensar en pocas cosas que no sean el clima. 

Mis suegros habían venido a visitarnos. Son norteamericanos, viven en Florida, y nos caen periódicamente, llenos de buen humor y consejos amables. Y no se limitan a darnos conosejos. Hacen lo que pueden por ayudar. Nos prestan dinero en emergencias y nos regalan ropa, sábanas y proyectores. Jamás se han entrometido en nuestras vidas y parecen mantener su mente abierta respecto a todo. Hasta en política. No presumen de saber mucho pero al menos parece que les importa. La misma noche que llegaron de Estados Unidos comenzaron a llover las preguntas. Supongo que me consideran un experto, y quizás tengan razón, dado que trabajo en una organización defensora de los derechos humanos. En todo caso parecía que a mi suegra realmente le importaba el asunto: 

"¿Qué estás haciendo respecto a Nicaragua?", me preguntó, casi tumbándome con la intensidad de su emoción. "¿Sabes que justo antes de que saliéramos de Florida hubo un programa de televisión en donde nuestro gobierno admitió que la CÍA estaba involucrada en las incursiones de los contras en Nicaragua? ¿No puedes hacer algo?" 

Me preocupó un poco tener que confesar que no estaba haciendo nada en absoluto. Después de todo, me ocupo sólo de los derechos humanos, le expliqué, y lo único que puedo hacer respecto a Nicaragua es protestar contra las violaciones de los derechos humanos cometidas por el gobierno de Nicaragua. Si nos ocupáramos de todas las violaciones de los derechos humanos por quien fuera en todo el mundo, incluyendo cárceles, familiares, patrones, etc., no acabaríamos nunca ni haríamos, en definitiva, nada. Asuntos tales como invasiones extranjeras, el envío de mercenarios, los asesinatos y torturas que no son responsabilidad del gobierno de Nicaragua no me incumben. La verdad es que no puedo hacer absolutamente nada al respecto. Sólo rabiar en silencio. Como tantos lectores de periódicos y televidentes. Era difícil explicárselo. 

Mi esposa, que había bebido mucho vino tinto y además es su hija, le preguntó qué estaba haciendo ella por Nicaragua y, si no estaba haciendo nada, por qué no empezaba a hacer algo inmediatamente, ya que se daba cuenta de que era tan importante... entonces su padre y yo intervenimos, tratando de matar el tema y tranquilizar a mi suegra, 

defendiéndola de sentimientos desagradables que, supongo, temíamos que era incapaz de manejar.  

Al día siguiente mi suegra se fue a visitar los jardines botánicos de Kew y mi suegro al Museo Imperial de la Guerra. El peleó en la segunda guerra mundial y, aunque nunca habla de sus experiencias, me sospecho que lo afectaron profundamente. 

Ya no oímos hablar una palabra más de Nicaragua.

Unos días más tarde mi suegro comenzó a hacerme preguntas respecto a la política inglesa:

 "¿Qué está pasando? ¿Cuál es la posición de este gobierno? ¿Cuál es la situación política en Inglaterra?"

Buenas preguntas, hasta paara un entrevistador de televisión. 

Sabía que no podía meterme a fondo de modo que me referí, con estadísticas abreviadas, al desempleo, a la venta de empresas nacionales a empresarios privados por sumas irrisorias, al plan de reducir servicios y desmantelar grandes tramos de la red ferroviaria - espina dorsal del estilo de vida británico - a los drásticos cortes al presupuesto para educación que ponen en peligro el futuro del país, a la clausura de hospitales y demás servicios del seguro social británico, antes tan envidiado por otros países, y, esto es lo peor de todo, a la bancarrota de tantas fábricas en los últimos años que la antaño primera potencia industrial del mundo ahora importa más productos manufacturados de los que exporta. 

Todo esto le dio un tramendo sueño a mi suegro, quien se puso a cabecear y cayó profundamente dormido. Es posible que haya bebido demasiado whisky. 

Al día siguiente se fueron a Egipto. 

Desde Egipto recibimos una tarjeta postal en que contaban que entre sus compañeros de gira había dos ingleses de la Isla de Wight. Muy agradables. Tenían su domicilio y seguirían en contacto.

Regresaron impresionados por el lujo de los hoteles y deprimidos por la pobreza. Todo estaba cubierto de polvo. No había macetas en las ventanas. Un gran contraste cuando se piensa en Londres o en México. (Han ido a México muchas veces e incluso pensaron en irse a vivir allí cuando de jubilaron.) Para decirlo en pocas palabras, las pirámides les parecieron imponentes y todo lo demás triste y aburrido. Por otra parte algunos de sus compañeros de gira habían resultado sumamente amables, y muy buena compañía. Tenían pensado visitar la Isla de Wight.  

Antes de que partieran para la Isla de Wight tuvimos una tercera discusión política, esta vez mucho más perturbadora. Mi esposa, que ha vivido algún tiempo en Europa, cuestionó la convicción absoluta de su padre de que el sistema educativo norteamericano es la envidia del resto del mundo.

"¡Debes estar loco!", exclamó. "¡Los Estados Unidos no son el único país con educación primaria gratuita, y, además, la educación es mucho mejor en otros países!" 

A mi suegro por poco le dio apoplegía. Cualquier norteamericano cree a pie juntillas, como si fuera un artículo del Credo, que su sistema educativo es el mejor del mundo, y no hay datos ni estadísticas capaces de convencerlos de lo contrario. 

Mi trabajo me costó tranquilizarlos, discutiendo con ambos y convenciendo a cada quien que cediera en algún punto, calmar sus ánimos revueltos a profundidades no fácilmente previsibles, por ser padre e hija. Acostar luego a mi mujer y acariciarla hasta hacerla olvidar el asunto y dormirse en mis brazos. ¿Dios santo! Al menos mañana, espero, se irán a la Isla de Wight.  

"Sabes, hablamos con esa gente", comenzó mi suegro, unos días después de que regresaron de la Isla de Wight, "y no están de acuerdo contigo en absoluto respecto a Margaret Thatcher." 

Para entonces ni siquiera me acordaba de haber hablado de Margaret Thatcher, mucho menos lo que había dicho. 

"Este tipo nos contó", comenzó mi suegro, clavando sus ojos en los míos, "sus experiencias en Dunkirk en la segunda guerra mundial. Cómo siguieron luchando varios días sin dormir, para rescatar a los soldados que se habían quedado atrapados en la costa. Y me habló de los bombardeos, y de los refugios antiaéreos, y del sentimiento general, compartido por todos... era tan bueno, sabes... lo llamaría camaradería si la palabra cantarada no estuviera tan contaminada... pero ya sabes lo que quiero decir... era tan bueno.

... y se les había olvidado y lo habían perdido hasta que vino la guerra de Las Malvinas, cuando Maggie ..." 

"¡Ay no!", gemí, y como no me quedaba otra, le di a la botella de whisky más duro que la vez anterior, y traté de perder la capacidad de articular una sola palabra.  

Pero faltaba el broche de oro. Y no tardó. Una vez más me enredaron y me puse a explicarles por qué pensaba que sería un error votar por Margaret Thatcher otra vez. Esta vez fui más preciso. Hablé de los planes de vender las empresas estatales que estaban operando con ganancias a precios muy inferiores a su valor real. Malbaratarlas, en otras palabras. Mi suegra, una mujer práctica, tuvo una reacción inmediata:

"¿¡Qué?!", exclamó, "¡No pueden hacer eso! ¡Es criminal! ¡Los ingleses no lo soportarían!"

"¿Y por qué lo están haciendo?", interpuso con frescuera mi suegro, a quien le encanta discutir con ella, aunque con frecuencia pierda el debate.

Le expliqué que el razonamiento que justificaba la venta de las propiedades y empresas públicas (poseídas y manejadas por el gobierno en nombre y, supuestamente, en beneficio de los ciudadanos) era la creencia de que la libre competencia en el mercado producía mayores ganancias para todos, si no al principio, entonces a la larga, pero que había muchos argumentos en contra de esta posición, entre otros los de ... 

Para entonces ya no me estaban haciendo el menor caso. 

"¡No entiendo una palabra de lo que dices!", exclamó mi suegro, "Pero como que medio entiendo una sola cosa en todas las ideas que tratas de expresar. ¿Y sabes lo que es? Creo, francamente, que te has tragado todas esas patrañas socialistas. Creo que no te das cuenta de que si el estado se apodera de la economía la libertad queda hecha trizas. La perdiste. ¡¿Y qué si venden las empresas petroleras?! ¡¿O las minas de carbón?! ¡Qué bueno! ¿Después de todo, no fue la empresa privada la que hizo grande a Inglaterra? ¿El libre clambio y todo eso?" 

Mi suegra trató de interrumpir pero él se volvió, mirándola ferozmente: "Anda, Lizzie...¿¡ No me digas que tú no crees en el capitalismo?!" 

Para entonces, como dije al principio, ya sabía yo quién iba a ganar las elecciones, y por qué.